{# #} {# #}
En los peladerales rocosos del sureste de España y algunas otras regiones del mundo, crecen rozagantes y llenas de energía las viñas de este varietal.
El agua es —y será— uno de los recursos más escasos para la vitivinicultura. La crisis climática no solo redujo lluvias y nevadas en muchas regiones del mundo: también obligó a replantear, desde el viñedo, cómo producir uva de calidad con cada vez menos disponibilidad hídrica.
En el sureste de España esa pregunta ya tiene respuestas visibles. En Jumilla, Murcia o Alicante, el paisaje es casi lunar: suelos blancos, pedregosos, roturados hasta la profundidad, viñedos aislados y precipitaciones que apenas alcanzan los 300 milímetros anuales. En ese contexto extremo, la combinación del Monastrell con suelos calcáreos resulta no solo viable, sino sorprendente.
He visto múltiples estrategias de manejo del agua tanto en el Nuevo como en el Viejo Mundo. En la costa de Chile, por ejemplo, algunos productores cosechan el agua de lluvia invernal mediante sistemas de key line, plantando la vid sobre curvas de nivel para evitar escorrentías y aprovechar cada milímetro. Pero pocas gestiones hídricas me impactaron tanto como la del Monastrell en estas zonas secas del Mediterráneo.
Conocida como Mourvedre o Mataró, la Monastrell está notablemente adaptada al sol y temperaturas del mediterráneo. ¿El secreto? Gestiona una producción aceptable con poca agua, a la vez que preserva una acidez y color elevados en esas condiciones. Verla crecer lozana en esos peladerales rocosos, para mí resultó algo inesperado.
La combinación de suelos roturados y pedregosos, con matriz calcárea, permiten que el Monastrell crezca en secano, sin otro aporte de agua que la lluvia, plantadas sí en un marco de tres metros por lado conocido como Marco Real. En ese contexto, cada planta da unos dos kilos de uva, lo que se traduce en bajos rendimientos por hectárea. Sin embargo, hay un dato aún más relevante: las plantas están rozagantes, llenas de energía con unas precipitaciones anuales de 300 mm.
En esas condiciones de las que estoy hablando, viñedos como los de la familia Gil, Casa Castillo, Sylarion o Bodega Cerrón, se las apañan para crecer con la mitad del requerimiento anual y dar buenos vinos. Como camellos, las plantas resisten la canícula e incluso, sin estar jorobadas, el Monastrell se reconoce por estar algo encorvado.
El punto es que la labranza del suelo permite a las raíces profundizar, el terreno libre de hierbas y el marco amplio de plantación, hacen que el Monastrell alcance buen equilibrio.
De hecho, los vinos más interesantes que probé son justamente aquellos que parten de “uvas gordas”, como dicen algunos productores, que están lejos de estar deshidratadas.
En ese caso conservan un perfil de fruta nítido, entre frutilla y cereza, con notas especiadas, de pimienta blanca y un paladar de taninos flexibles.
Lejos de esta región y variedad sorprendentes, uno de los grandes desafíos para los productores de uva en el mundo es poder gestionar el riego de acuerdo a los climas y vinos que quieren conseguir. Para hacerlo, además de gestionar el agua en la bodega –donde suele derrocharse mucho en limpiezas–, es fundamental conseguir una escala de planta que se adapte bien a las condiciones de crecimiento y disponibilidad de agua.
En climas como el de Mendoza he visto cómo gestionando el riego en el momento indicado y midiendo el estado de las plantas, algunos productores logran bajar a unos 750 mm por planta (que es muchísimo para las condiciones de la zona). Ajustando la producción a unos 2 kilogramos por planta, pero con más plantas por hectárea, llevan los rendimientos totales a la zona azul de los buenos rendimientos.
Y si el agua es un bien cada vez más escaso, la vitivinicultura tendrá que adaptarse en materia de equilibrio para sus plantas y vinos. En el caso de Argentina, donde además se establece una competencia directa con otros usos –como la megaminería para lixiviación de metales– ese ajuste hacia la precisión es fundamental. El ejemplo del Monastrell es una perfecta adaptación de la que se puede aprender mucho.
Como suele suceder, hacia finales de enero se incrementó la humedad en el oeste argentino. Con lluvias de elevada intensidad, granizo localizado y vientos fuertes por tormentas, hasta el 30 de enero aún no se registraba riesgo de oído o peronóspora, según la información compartida por el Observatorio Vitivinícola en su red de estaciones meteorológicas.