La cosmovisión maya del Popol Vuh enseña que los humanos fuimos creados de maíz: una lección ancestral sobre la reciprocidad con la naturaleza que nos sostiene.
Viernes 21 de agosto | La Sabiduría del Mundo
"Ri qawinäq are ri ixim" (k'iche') "Nuestra carne es de maíz"
La idea del proverbio proviene del Popol Vuh, el texto sagrado del pueblo maya k'iche' de Guatemala, compilado tras la conquista, pero basado en tradiciones orales precolombinas. Según su relato de la creación, los dioses intentaron formar a los seres humanos con barro y luego con madera, pero ambos intentos fracasaron: el barro se deshacía y la madera carecía de alma y memoria.
Solo cuando modelaron a los primeros hombres y mujeres con masa de maíz blanco y amarillo, la humanidad adquirió la capacidad de pensar, sentir y honrar a quienes la crearon. Desde entonces, el maíz no fue solo alimento para los pueblos mesoamericanos, sino sustancia constitutiva de la identidad humana.
La idea de "ser de maíz" invierte la relación jerárquica entre humanidad y naturaleza que domina buena parte del pensamiento occidental: aquí no somos dueños de la tierra que nos alimenta, sino su misma sustancia.
Este vínculo implica una obligación de cuidado recíproco, no de explotación: dañar la tierra equivale a dañar el propio cuerpo. Es una ética ecológica que precede en siglos al concepto moderno de sostenibilidad.
Esta cosmovisión resulta especialmente relevante en momentos de crisis alimentaria y ambiental global, pero también aplica a escalas más cotidianas: ¿qué "maíz" nos constituye hoy —qué recursos, personas o entornos nos sostienen sin que lo notemos— y cómo los estamos cuidando?
En el trabajo, en la salud o en los vínculos cercanos, solemos dar por sentado aquello que nos nutre hasta que escasea. Recordar que somos, literalmente, hechos de lo que consumimos y de quienes nos rodean invita a una relación más consciente y recíproca con las fuentes reales de nuestro bienestar, en lugar de una extracción sin devolución.