{# #} {# #}
En los orígenes de toda ciudad se gestan instituciones que representan los aspectos más destacados de su desarrollo como así también los más terribles, aunque no así dignos de olvido ya que han llegado hasta nuestros días y merecen una mirada atenta. Como dijo José Saramago; “somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad, quizás no debamos existir”.
La memoria individual y colectiva se construye, de recuerdos, de silencios y de objetos que han quedado de momentos históricos precisos. El museo es una de las instituciones que permite recuperar, reconstruir y preservar esa memoria colectiva que es parte de nuestra identidad y nos da el sentido de pertenencia.
El Museo Paraje Confluencia, por ejemplo, nos brinda la posibilidad de acceder a través de su muestra permanente y de la investigación y charlas que realizan sus guías a una parte de esa memoria colectiva que forma parte de nuestro pasado.
Recorriendo la galería fotográfica del Museo, sus directivos y guías actuales advirtieron en algún momento que la presencia de la mujer en los registros fotográficos se limitaba a aparecer rara vez y en los pocos casos detrás de un mostrador o bien ocupando un segundo plano en relación al resto de la familia.
Al respecto una de las guías explicó: “Rastreando la presencia de la mujer en la historia de Neuquén podemos ver que la impronta de aquellas primeras mujeres que llegaron al territorio se hallaba casi siempre en roles secundarios. Desde una mirada en perspectiva de género, observamos que los roles que ocupaba eran los de acompañar, de sostener, de servir a la familia en la mayoría de los casos”
Conocemos los nombres de las mujeres pioneras de nuestra región por las crónicas, fundamentalmente en relación a las familias destacadas a las que pertenecían, aunque existe por cierto un vacío u olvido en el registro de aquellas primeras mujeres de los sectores trabajadores o pobres. Junto a la figura de madre, hermana o esposa existieron, además las trabajadoras dedicadas al comercio sexual.
Otra de las guías del Museo dijo al respecto: “Vamos a tener mujeres cuyo rol primario va a ser el trabajo, en el caso de aquellas protagonistas de su propia historia estaban las trabajadoras sexuales o prostitutas como las llamaban en ese momento desarrollando su actividad en burdeles o de forma clandestina”
Neuquén no escapaba al destino de la conformación de las grandes ciudades que por entonces tenían lo que hoy conocemos como la “Zona Roja”.
“La modalidad de trabajo “clandestina” se refería a todo espacio que no fuera regulado por el Municipio cuyos primeros antecedentes en la Argentina los tenemos en Rosario, Córdoba y Buenos Aires a partir de 1874. El motivo del porqué se decidió la regulación de esta actividad o como se decía por aquel entonces “tolerarla” (de ahí el apelativo de Casas de Tolerancia) es porque se la consideraba un “mal necesario”.
La mayor parte de la población del Neuquén durante las primeras décadas del siglo XX eran hombres, en su mayoría trabajadores solteros que llegaban a la región y se consideraba que entre todas sus necesidades era necesario que pudieran satisfacer también su libido sexual.
Las ordenanzas que eran político-administrativas funcionaban dentro de un marco legal impulsada por una corriente científica que imperaba en la época conocida como “La Corriente Higienista” y cuyo principal impulsor en la Argentina fue el Dr. Guillermo Rawson. Esta corriente ve al tema de las “Casas de Tolerancia” como un problema de salud pública ya que la gran mayoría de los hombres consumían ese servicio y se propagaban enfermedades de transmisión sexual en los núcleos familiares.
Para que una ciudad o un pueblo funcionaran bien tenían que haber familias y esto atentaba con esta institución basal (porque la familia era considerada la base de la sociedad) que en los años 20 constituía el pilar de la idea de República. La política de salud impulsada por el Dr. Rawson no buscaba erradicar este “flagelo”, lo que se consideraba por entonces imposible, sino aislarlo y reglamentarlo a través de las libretas sanitarias que cada trabajadora sexual tenía que tener y exhibir cuando se lo exigieran junto a la instauración del Departamento General de Higiene en 1880. En Neuquén, como en todo el país, se dispusieron Oficinas Públicas que funcionaban a tales efectos, pero fue recién en el año 1913, que se designó al Dr. Julio Pelagatti al frente de esta repartición.
¿Cuáles eran las características de esta práctica en nuestra ciudad?
Existían dos ámbitos en los que se desarrollaba el comercio sexual, por un lado, los “Despachos de Bebidas” y por otra parte los “Burdeles”. Los burdeles funcionaban regulados por más de 20 ordenanzas que habían sido creadas en 1906 y que estuvieron vigentes hasta 1936. Este período se denominó “Sistema Reglamentario”.
En los “Despachos de Bebidas” trabajaban estas mujeres que no estaban obligadas a inscribirse en las listas municipales y tampoco eran controladas por el médico de gestión municipal, que por entonces era el Dr. Pelagatti. Ellas cobraban un sueldo mensual con el que pagaban el alquiler de su pieza, la ropa y el alimento a la dueña del lugar, la “Madama”. Lo cierto es que en los despachos de bebida no siempre se practicaba el trabajo sexual.
Los “Despachos de Bebidas” estaban ubicados en la “Zona del Bajo” neuquino entre las calles Mitre, La Pampa y J.J Lastra. Fue una zona deliberadamente elegida porque en las inmediaciones se desarrollaban muchas actividades relacionadas al comercio y en dónde se movía mucho dinero. Existían comercios como “Almacenes de Ramos Generales” y la zona del Galpón de Carga, donde hoy está ubicada la Sala Emilio Saraco, que estaba destinada a la carga y descarga de materiales.
En algunos casos, las coimas a las dueñas de estos lugares por parte de las autoridades eran comunes, ya que se trataba de locales clandestinos y eran denunciadas por las dueñas o “Patronas” de los Burdeles que sí estaban habilitados.
¿Se trataba de un comercio organizado como cualquier actividad vedada?
Muchas de las trabajadoras sexuales llegaban a Neuquén a través de redes internacionales de trata de personas. Mujeres provenientes por lo general de Europa, en su mayoría polacas, aunque también francesas y de países eslavos. Aunque no existen muchas crónicas al respecto, se sabe que llegaban en tren desde Buenos Aires, donde funcionaban a pleno los cabecillas de estas redes de trata. Entre 1906 y 1936 coincidiendo con el Período Reglamentario funcionaba una Mafia conocida como “La Varsovia” con raíces en Polonia, pero con asiento en Buenos Aires cuyo nombre era en realidad Zwi Migdal (La Gran Fuerza).
La estrategia por aquellos tiempos de “casamientos por poder” (casamientos arreglados de antemano sin consentimiento de los futuros conyugues por las familias) era que un integrante de la mafia enviaba una carta a Polonia haciéndose pasar por una persona honesta y de “buena posición” y concertado el casamiento cuando la pretendiente llegaba era secuestrada y obligada ejercer la prostitución sin permitirle nunca más retomar el contacto con su familia en Europa.
¿Por qué se llamaba Trata de Blancas?
La diferencia entre los términos “Trata de Blancas” o “Trata de personas” se remonta a los tiempos de las colonias europeas, principalmente de África y de la India que es desde dónde se traían esclavas para ejercer todo tipo de tareas, entre ellas la prostitución. La utilización del término “Trata de Blancas” comienza en los períodos abarcados entre las dos Guerras Mundiales en que las prisioneras de europeas eran consideradas más cotizadas y por lo tanto, mejor pagas. Hoy el término “Trata de personas” se amplía no sólo a todas las mujeres, hombres y transgénero sino que también a las infancias ya que muchas niñas y niños sufren la explotación sexual.
¿Y en la actualidad qué pasa?
Aunque nuestro país tiene respecto al ejercicio de la prostitución una postura abolicionista, existen colectivos de trabajadoras sexuales que reclaman reglamentar su actividad, agremiarse y tener beneficios como cualquier trabajador, como por ejemplo obra social dado que en Argentina no es delito si una persona esgrime como derecho el uso de su cuerpo para el comercio sexual, aunque si se penaliza la explotación por parte de terceros, es decir, los proxenetas. También existen reglamentaciones con respecto a los espacios dónde se ejercen esas actividades restringidas, por ejemplo, en los espacios públicos.
Referirnos al tristemente célebre “Barrio Gris” de Neuquén (una de las “Zonas Rojas” de otra época de la ciudad) y de tantas historias más mercería una nota aparte, la realidad que reflejan estas crónicas merecen una mirada atenta y visitar un Museo como el Paraje Confluencia puede ser, además de un recorrido turístico, una invitación a conocer aquello que a lo que se refiere el Martín Fierro en sus versos: “Males conocen todos pero que naides contó”