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Muchas veces las historias nacen, se desarrollan y concluyen de acuerdo a los caprichos del destino. Lo que alguna vez empezó siempre en determinado momento se cierra o se termina. Así es la historia de Cristina Figueroa, una mujer pionera de esta localidad, que ha escrito historias desde su propia mano y en otras influyó claramente el tiempo y el destino caprichoso que frecuentemente hace las cosas a su antojo.
En las costas del río Neuquén a la altura de la confluencia con el río Pichi Neuquén, nació Cristina en medio de nueve hermanos. Desde su niñez estuvo envuelta en todas las actividades propias del campo, como los interminables arreos hacia la veranada a la zona de Moncol en conjunto con hermanos y sus padres Diego Sánchez y Ana Luisa Figueroa.
Con 19 años despegó sus alas y se echó a volar desde la casa de sus padres y se llegó a la zona de Taquimilán Centro donde ayudó a una chacarera que había enviudado y la siguió acompañando en las mismas labores que antes realizaba: crianza de animales y trabajar la tierra. Con los años se fue aquerenciando en el lugar, formó su familia y se dedicó de lleno a trabajar un pedazo de tierra. “En la chacra con mi familia sembrábamos y cosechábamos de todo. Eran lindos pero sacrificados tiempos. Cada tanto cargábamos una carreta tirada por un caballo y nos íbamos a Chos Malal a vender nuestras verduritas”, cuenta Cristina al tiempo que refiere que el viaje era muy cansador y demoraban al menos unas cinco horas en completar el recorrido.
De un pasado de criancera y de labrar la tierra para criar a su familia, Cristina Figueroa es pionera del pueblo y de una entereza envidiable. Desde su niñez estuvo envuelta en todas las actividades propias del campo.
En esa época no había puente y se atravesaba el río en una balsa. En la primera capital neuquina vendían sus producciones y juntaba los recursos necesarios para alimentar y vestir a su familia.
Al pasar los años se fue afianzando ese amor implícito entre doña Cristina y las fértiles tierras enclavadas a orillas del arroyo Taquimilán. En aquellos tiempos todas las tareas se hacían de forma manual. “Cuando ya era tiempo de comenzar con los trabajos de siembra comenzábamos a arar la tierra con caballos. Era sacrificado pero también lindo porque sabíamos que esos trabajos ayudaban a la economía de la familia”, cuenta.
Doña Cristina recuerda que “pescaba la guadaña y me ponía a cortar el pasto, armaba gavillas y después llevábamos el pasto en un carro y hacíamos una parva para armar fardos de pasto”. También dice que se dedicaba a ordeñar unas vacas para hacer quesos caseros.
“Antes se hacía de todo para tener de todo en la casa de uno”, dijo con orgullo la mujer de 92 años. Entre esas cosas no le escapó a la pala para poder hacer acequias y canales para proveer del riego necesario a sus plantaciones. Sus hijos también heredaron su estirpe laboriosa.
Esta mujer es sinónimo de la historia de Taquimilan y forma parte de los insignes vecinos que en cada aniversario del pueblo (30 de mayo) el municipio a cargo del intendente Santiago Arias tributa un sentido y merecido homenaje por todos los esfuerzos entregados para el progreso de este rincón de la tierra neuquina.
En sus manos curtidas y en su rostro repleto de líneas de experiencia de vida se reflejan un montón de alegrías y algunas penas tremendas que supo cargar por muchos años. Una de ellas fue que a los 5 años su hijo Marcelo fue internado por una patología difícil de tratar en la salud pública local y rápidamente fue derivado a Neuquén. Desde este lugar se comenzó a escribir una historia cargada de infortunios. Para una mejor atención en un vuelo sanitario Cristina y su pequeño hijo llegaron a Buenos Aires. La falta de recursos económicos y la crianza del resto de sus hijos que la esperaban en Taquimilán, puso en una encrucijada a la madre. Debía regresar porque el tratamiento de recuperación se extendería por un año. El estado nacional le garantizó que apenas su hijo Marcelo se recuperara lo enviarían de regreso a su pueblo. Eso en la realidad nunca pasó. El hospital ante la ausencia de familiares dio al niño en adopción. “Nunca lo olvidé siempre pensaba que habría sido de su vida. Hace seis años una de mis hijas a través de Acción Social del municipio se puso a buscarlo y con felicidad pudo dar con él”, contó Cristina.
Aquel niño, ya de 48 años conservaba el nombre y la familia adoptiva le había dado su apellido (Fernández) y nunca le ocultó su niñez en la lejana Taquimilán. Finalmente un 5 de julio de 2015 el aeropuerto de Neuquén (foto) fue testigo del abrazo que se prodigaron madre e hijo después de 43 años. El pueblo lo recibió como un hijo pródigo y hubo comida típica y baile para celebrar. La capacidad de amor de una madre sin límites es así. Siempre está y siempre estará, sin importar tiempos ni distancias.