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Doble terremoto en Venezuela: un silencio de auxilio

Otra vez, el pueblo venezolano nos brinda un sublime lección de resiliencia.

Haití. Turquía. Indonesia. Chile. A diferencia de lo que ocurrió en otros de los terremotos más recordados del pasado reciente, los sismos que sacudieron a Venezuela lo hicieron en medio del ruido. Bastaron pocos minutos para que la Internet se llenara de testimonios, videos escalofriantes e imágenes satelitales que desnudan un contraste desolador. Esa dosis abrumadora de información nos llegó entre hechos policiales, escándalos de corrupción tanto de kirchneristas como de libertarios y un Mundial de Fútbol que encandila con récords deportivos y estadios colmados.

En La Guaira piden silencio. Allí, en el epicentro del doble terremoto que al cierre de esta columna ya había provocado casi mil muertes, los rescatistas enmudecen y aguzan sus oídos para escuchar los gritos de los sobrevivientes. No pueden verlos en medio de los escombros de los edificios derrumbados, pero sí seguir sus voces hasta encontrarlos para salvarles la vida.

Un bebé llora en pañales, cubierto por el polvo blanco de la destrucción, y los rescatistas lloran con él. "¡Dios es grande!", exclaman mientras lo alzan y la acunan, en una relativa algarabía en medio de tanta desolación. "¡Grite, señora, grite!", le dicen a una mujer que quedó sepultada bajo el cielorraso de su propia casa.

Un poco al norte del globo, los equipos de fútbol enmudecen en sus fechas mundialistas. Guardan un minuto de silencio antes de hacer rodar la pelota y se lamentan por la tragedia que azotó a Venezuela, como si el país no estuviera ya demasiado castigado por la opresión, la violencia y el hambre.

Tanto callamos entonces, cuando el pueblo venezolano se cansaba de gritar por auxilio ante nuestros oídos sordos. Y hoy, en medio de tanto ruido, un desastre así nos llama a callar en La Guaira para poder oírlos a ellos de una vez por todas.

Oír a ese pueblo que sigue entregando sublimes lecciones de resiliencia, ese pueblo que se salva de la tiranía de la naturaleza - y de sus dictadores- con el altruísmo y la solidaridad como únicas herramientas.

Hay que callar en La Guaira hasta agotar cualquier atisbo de esperanza de encontrar sobrevivientes. Y hacerse oír en el resto del mundo, para imitar esa empatía y esas cadenas de solidaridad que, antes de los terremotos, ya nos supieron demostrar ellos.

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