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El zapalino Marcos Acuña está a punto de ser historia. Hoy, fue uno de los titulares del plantel que junto a Lio Messi lograron el pase directo para el Mundial Rusia 2018.
Hace ocho años, el Huevo tenía 17 y un bolsito con poca ropa y mucha esperanza. Cansado de que lo despierten de ese sueño recurrente en cualquier potrero del país, el de ser futbolista, estuvo a punto de tirar la toalla.
“Ya está, mami, no me quiero probar más. No gastes más plata…”, le dijo a Sara, la responsable de criarlo con el mismo amor por la pelota que por el sacrificio, ese que ella le mostraba al juntar cada pesito para poder mandarlo en micro hasta Buenos Aires a probar suerte. “Andá, puede ser la última oportunidad”, le pidió. Y su hijo le hizo caso.
Era el sexto largo viaje desde Zapala a Capital Federal. Y los dos sabían que no habría más. Quilmes, River, Boca, San Lorenzo, Argentinos y Tigre lo habían mandado de vuelta masticando bronca. Y si en Ferro no lo fichaban, el sueño profesional iba a quedar allí para siempre.
El resto de la historia es más conocida. El Huevo tuvo en Caballito la chance por la que tanto había luchado. Y aquel día, en que el sueño casi termina, empezó otro que parece llevarlo a un Mundial.
Lo sustentó en base a su talento, el que lo impulsó a ser figura en Racing y a que Bauza y Sampaoli lo citen para la Selección, y a su despliegue, que lo hace correr por la banda, incansable, los 90 minutos.
No le importa si lo ponen de lateral, como en sus primeros partidos en Ferro, por la lesión de un compañero, o como hoy ante Ecuador, por un esquema extraño en el que Sampaoli le pidió algo que al neuquino le sale del alma: sacrificio.
Ese que lo llevó a viajar por primera vez en avión para debutar contra la CAI en Comodoro Rivadavia. Ese que lo llevó al otro lado del mundo para mostrar que no le pesa la camiseta más pesada. Ese que lo puede llevar a Rusia 2018 para coronar una historia que merece un final feliz.