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De esta forma, y por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los vecinos de Suecia cerraron sus fronteras con ese país. "No es por decir que Suecia haya sido la oveja negra, pero sí ha sido una oveja diferente", confesó Vivikka Richt, vocera del Ministerio de Salud de Finlandia.
Por su parte, el doctor Nowak contó que los profesionales de la salud nunca compartieron el optimismo del ministerio de salud sueco sobre la así llamada "inmunidad de rebaño", y recalca que los médicos advirtieron repetidamente que para controlar el virus no alcanzaba con recomendaciones de cumplimiento voluntario.
Otra de las razones por las que Suecia insistió con su modelo tanto tiempo y a pesar de las señales de alarma es la enorme autoridad e independencia que la legislación sueca le otorga al ministerio de salud y otros organismos del Estado. La cara pública de la estrategia de Suecia frente a la pandemia fue Anders Tegnell, máximo epidemiólogo del país.
Esta semana, Tegnell se negó a responder la requisitoria periodística, pero en conversaciones anteriores con The Wall Street Journal y otros medios ya había dicho que las cuarentenas son innecesarias e insostenibles. Como si fuera poco, el organismo a su cargo siguió desalentando el uso de barbijo, mientras los Centros Europeos para el Control y Prevención de las Enfermedades, un organismo de la Unión Europea que tiene su sede central a pocos pasos de la oficina de Tegnell en Estocolmo, recomiendan fuertemente su uso.
En los últimos meses, Tegnell había predicho que Suecia iría desarrollando gradualmente la inmunidad de rebaño gracias a esa "exposición controlada", que las vacunas tardarían en llegar y que los índices de mortalidad en Occidente terminarían convergiendo.
Por el contrario, la semana pasada fue autorizada la primera vacuna en Gran Bretaña, la tasa de mortalidad de Suecia sigue muy por encima de la de sus vecinos, y Tegnell tuvo que reconocer, a fines de noviembre, que el nuevo brote de contagios dejaba claro que "no hay signos" de inmunidad de rebaño en el país.
Por otro lado, los supuestos beneficios económicos que pronosticaban los adalides de esa estrategia de "dejar hacer" nunca llegaron. En la primera mitad del año, el PBI de Suecia se desplomó un 8,5%, y se prevé que para principios de 2021 el desempleo habrá superado el 10%, según el banco central sueco y varios institutos de análisis económico.
Los restaurantes, hoteles y comercios minoristas enfrentan una ola de cierres. A diferencia del resto de Europa, donde los gobiernos combinaron restricciones con generosos incentivos económicos, las autoridades suecas apoyaron poco a las empresas, ya que no les habían impuesto ningún cierre.
"Esto es peor que un cierre con cuarentena: como no nos obligaron a cerrar, no nos dieron casi ninguna ayuda, pero al mismo tiempo le dicen a la gente que evite los restaurantes", expresó Jonas Hamlund, quien tuvo que cerrar uno de sus dos restaurantes en la ciudad costera de Sundsvall, y despedir a 30 empleados.
El miedo al virus y los consejos del gobierno para evitar interacciones sociales han tenido impacto en la demanda interna, dañando la confianza de los inversores y las empresas, dice Lars Calmfors, economista y miembro de la Real Academia de las Ciencias de Suecia.
"A los países con restricciones obligatorias les fue mejor que a nosotros", agrega Calmfors.
Anna Lallerstedt dirige una cadena de tres restaurantes populares fundada por sus padres en Estocolmo en la década de 1980. El mes pasado cerró dos de ellos, y así se perdieron casi 100 puestos de trabajo. Lallerstedt dice que teme que el único restaurante que le queda, que ahora emplea a poco más de 10 personas, también esté en riesgo, debido a que se espera que el actual auge de contagios alcance su pico en Navidad, fecha que tradicionalmente genera buenos ingresos. "Tal vez tendríamos que haber empezado a usar barbijo antes", manifestó la mujer.
La intervención del primer ministro Löfven implicó una especia de degradación de Tegnell, que de hecho ya ha cedido el control operativo contra la pandemia. Pero algunos científicos dicen que el fallido experimento sueco ha debilitado la confianza de la población en las autoridades y en los expertos científicos, en un país con larga tradición de respeto por ambos.
"En Estocolmo los contagios se dispararon y la situación es muy, muy grave en este momento", dice Björn Eriksson, Director de Salud y Hospitales de la región de Estocolmo, la zona más poblada del país.
Eriksson señala que los profesionales de la salud de la capital enfrentan la sobrecarga de pacientes y que la pandemia está exigiendo demasiado a un sistema de salud que solo podría aliviarse con restricciones más drásticas.
"Nos creemos muy racionales y pragmáticos", dijo Calmfors, el economista, pero agrega que después, a pesar de la creciente evidencia de fracaso, las autoridades insistieron con lo mismo durante meses. "Ya no reconozco a mi país."
Fuente: La Nación