Han transcurrido 85 años de la inauguración del puente carretero que une la capital de Neuquén con la localidad rionegrina de Cipolletti. Fue una colosal obra llevada a cabo por las autoridades del distrito 12 de Vialidad Nacional. El ingeniero Pablo Cantaluppi era jefe de esa jurisdicción en el momento de la inauguración del puente.
La construcción del puente neuquino cipoleño fue una titánica empresa que unió pueblos e intereses comerciales hace más de ochenta años y que completó la tarea iniciada tres décadas anteriores por el ferrocarril.
Recordemos que Neuquén y Río Negro aún eran Territorios Nacionales, y que recién fueron provincializados en 1955, y efectivizados en 1958.
Esa categoría de Territorios Nacionales hizo que ambos estuvieran aislados y alejados de toda decisión política: las medidas no las tomaba el pueblo neuquino pues no tenían ni voz ni voto, sino que eran reportadas desde el poder central. Sus caminos de tierra eran intransitables: la llegada del ferrocarril en los albores del siglo XX les había permitido a ambos, el arribo del comercio con las grandes ciudades, y el ingreso de inmigrantes que poblaron estas benditas tierras. Si bien antes de ese hecho hubo población asentada en ambas márgenes de los ríos.
La medida política fue tomada por el gobierno nacional y celebrado por los gobernadores territorianos que vieron en esta disposición una señal de avance en cuanto a políticas migratorias, comerciales y políticas, lo que iba a permitir salir de la incomunicación en que se encontraban
El 25 de mayo de 1935 se colocó la piedra fundamental de la construcción del puente: el acta firmada en la oportunidad, cuya copia obra en poder de los descendientes del ingeniero Pablo Cantaluppi, director del Distrito 12 con asiento en la capital neuquina, fue realizada en nombre del presidente de la Nación General Agustín P. Justo y su Ministro de Obras Públicas de la Nación Dr. Manuel R. Alvarado, y el presidente de la Dirección Nacional de Vialidad Justiniano Allende Posse. Asistieron al acto el representante de la empresa ganadora de la licitación, Ingeniero Emilio Poenitz, en representación de Vialidad Nacional el ingeniero Pablo Cantaluppi, los gobernadores del Neuquén Coronel Enrique Pilotto, de Río Negro ingeniero Adalberto Pagano, el Juez Letrado Juan Julián Lastra. La bendición de la piedra fundamental fue realizada por el Reverendo Padre Santiago Valente.
Tamaña empresa fue llevada a cabo por la Dirección Nacional de Vialidad que a través de la empresa GEOP logró concretar el ansiado sueño.
Esta obra de hormigón armado, de una luz total de 464,40 metros y 6 de ancho de calzada, fue costeada con fondos de la Ley 11.658 y que construyó la Compañía General de Obras Públicas por la suma de $886.913,12 moneda nacional, de acuerdo con el contrato firmado con la Dirección Nacional de Vialidad. La primera parte fue inaugurada el 20 de febrero de 1937, y el puente completo en marzo de ese mismo año.
La magia de la historia oral nos acerca a protagonistas o sus descendientes que, como fieles testigos de aquellos trascendentales hechos, nos ayudan a visualizar la transformación de los territorios nacionales. Tal es el caso de estos testimonios que gentilmente el nieto de Pablo Cantaluppi nos enviara: nos permiten reconstruir estos hechos de incalculable valor. Estos relatos están plasmados en el acta de la época, y nos muestra el devenir de la historia, cómo esta obra fue considerada “un verdadero monumento a la prosperidad”, o “un jalón más de la labor de Vialidad Nacional para dotar al país de red caminera para obtener el desenvolvimiento económico”.
En alguna oportunidad hemos solicitado se le coloque el nombre del ingeniero Cantaluppi al puente carretero, y al puente ferroviario los nombres de aquellos intrépidos hombres del ferrocarril –Antonio Mazzaro y Francisco Della Negra- que tuvieron el coraje de manejar las máquinas para hacer la prueba de eficacia. Aún no hemos logrado ese objetivo.
En las fotografías que acompañan el escrito podemos apreciar los encofrados del puente carretero durante su construcción. Numerosas familias que habitaban el Neuquén del ayer acompañaron la inauguración de tan colosal obra: no había lugares para mezquindades sino para sueños: una obra de semejante envergadura tenía que aceitar las relaciones comerciales y mejorar las comunicaciones, pero por sobre todas las cosas hermanó pueblos, acercó comunidades, ayudó a que la historia de esta región fuera escrita con letras de oro, de amistad, de hermandad.