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Ana Laura Calducci - Enviada Especial a Temuco
Entre los argentinos que fueron a Temuco a ver a Francisco había ayer una pregunta recurrente suspendida en el aire, tan incierta como ineludible. Algunos la comentaban por lo bajo y otros la pronunciaban en voz alta con todos los que cruzaban en el camino: ¿cuándo va a venir el Papa a nuestro país?
La mayoría, ante la falta de certezas, optaba por especular sobre los motivos del aparente desplante del Papa a su propia tierra, que quedó excluida en las seis recorridas que hizo hasta ahora por Latinoamérica.
“Es por política”, afirmó una señora de Bahía Blanca, para aclarar de inmediato que igual hay que perdonarlo y entender que quedó envuelto en una grieta fronteras adentro, alentada desde los medios de comunicación con análisis minuciosos sobre cada mueca del santo padre al recibir a algún personaje de sus pagos.
“Es por política”, insistió una pareja joven de Mar del Plata, que se reconoce seguidora de Francisco “como peronistas antes que católicos”. Para ellos, su ausencia en Argentina es un gesto más del pontífice, y el que quiera entender que entienda.
Muchos de los que pasaron la previa de la misa papal tratando de adivinar las intenciones de Francisco coincidían también en que la escasa presencia de argentinos en Temuco obedecía a cierto enojo por esa “política” que nadie definía con mayor detalle.
La misa en Chile terminó sin que un nuevo gesto del Papa permitiera intuir una respuesta. No hubo alusiones a lo que sucede de este lado de la cordillera y los posicionamientos políticos en su discurso fueron lo suficientemente amplios para aplicarse a cualquier situación particular y a ninguna al mismo tiempo.
Alcanzó, sin embargo, para que cada uno escuchara lo que esperaba y se volviera a casa más convencido que nunca de que Francisco sigue siendo argentino.