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Gabriel García Márquez y las penurias detrás de Cien Años de Soledad

El autor y su esposa Mercedes realizaron una serie de sacrificios para ver publicada esa obra maestra de la literatura.

La historia está fechada un 5 de junio de 1967. Pero comienza, en realidad, 18 meses antes. ¿El escenario? Calle La Loma, número 19, en el entonces conocido como Distrito Federal de México. ¿El protagonista? Gabriel García Márquez, un periodista y escritor colombiano que se abocaba, quizás sin saberlo, a la escritura de una de las joyas más valiosas de la literatura en español.

García Márquez, que era Gabo para sus amigos, no era aún la leyenda que hoy conocemos. No tenía un premio Nobel ni una fundación que llevara su nombre, pero sí una pasión inmutable por el mundo de las letras. Un año y medio antes de que saliera a la venta Cien años de soledad, montó un estudio improvisado en su casa de México y se dedicó a escribir.

El periodista sentía que había encontrado el tono. Ya podía imaginar a los personajes que habitarían esa casa de Macondo, un pueblo ficticio que hoy es recordado por todos. Su búsqueda no era abrupta: había comenzado a indagar en su propio estilo veinte años antes, y le llevó dos décadas enteras escaparse de la adjetivación exagerada y los lugares comunes que parecían perseguirlo.

Su estudio fue bautizado como La cueva de la mafia. Allí se pasaba las horas sometido a una férrea disciplina que le permitiría producir las cientos de páginas de Cien años de soledad. Su método apuntaba a no perder el hilo del relato ni el flujo de escritura que había generado el día anterior. Así, dedicaba las primeras seis horas de la mañana a mecanografiar un borrador. Después del almuerzo se tomaba un descanso y por la tarde, hasta el anochecer, se dedicaba a releer y corregir a mano las páginas redactadas.

Por las noches, el colombiano recibía la visita de otros escritores amigos, que llegaban con decenas de preguntas sobre los avances de su novela. El mundillo literario ya conocía parte de la historia, porque Gabo publicaba algunos adelantos en revistas especializadas. Así, buscaba una recepción que le permitiera virar el rumbo cuando fuera necesario y pulir los detalles inadecuados.

Una de las visitantes era María Luisa Elío, a quien está dedicada la novela. Cuando el escritor le habló de sus planes, ella fue la primera en tomar dimensión de lo extraordinaria que podía ser esa publicación. “Si escribes eso el mundo no va a volver a ser el mismo. Si escribes eso, es como si volvieras a escribir la Biblia”, le dijo ella. Gabo le contestó: “¿Te gusta el libro? Pues es tuyo”.

Cada mañana, el periodista tenía una tarea pendiente: debía incorporar las correcciones al relato original, lo que lo sumergía nuevamente en el hilo de la historia, en ese tono que había buscado con cuidado, en el universo de unos personajes que se convertirían en íconos para el mundo.

Durante esos dieciocho meses, su esposa Mercedes tomó las riendas de la casa. Gabo le había entregado cinco mil dólares para afrontar todos los gastos. Pero el dinero se escurrió con más prisa de lo previsto y el libro estaba lejos de su final. La pareja decidió vender el auto que el escritor había comprado con un premio que recibió por La mala hora, otra de sus novelas. Tampoco fue suficiente.

Cuando el autor redactaba las últimas páginas de su obra maestra, Mercedes ya pedía fiado en los almacenes y solicitaba prórrogas para el pago del alquiler. Una vez que Gabo puso el punto final a su novela, fueron hasta el correo para enviar el manuscrito a Buenos Aires, donde estaba la sede de la editorial Sudamericana.

En una entrevista, el propio Gabo relató el episodio. Los oficiales del correo les avisaron que el envío de esas 600 páginas costaría más de 80 pesos mexicanos. Mercedes le aclaró que apenas tenían 45. “Partí el libro por la mitad y pedí que me lo pesen hasta 45 pesos, como quien corta carne”, dijo el escritor. Envolvieron el paquete y se quedaron el resto.

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“Nos fuimos a casa y Mecedes sacó lo último que faltaba por empeñar: el calentador que usaba para escribir, porque puedo escribir en cualquier circunstancia menos con frío, el secador de pelo y la batidora”, contó. “Se fue con eso al Monte de la Piedad y le dieron 50 pesos. Volvimos con el resto de la novela al correo, la pesaron y nos cobraron 48”, agregó.

La pareja salió de esa oficina con dos pesos de vuelto, que se habían convertido en su única posesión. Sólo tenían eso y una esperanza de que llegaran noticias alentadoras desde Buenos Aires. Mercedes, sin embargo, estaba verde de la furia. “Ahora lo único que falta es que la novela sea mala”, le dijo a su marido.

El texto que acababan de enviar con sus últimos ahorros se convertiría, tiempo después, en el segundo libro en español más vendido de la historia, después del Quijote. Se estima que la publicación lleva comercializados más de 30 millones de ejemplares. La novela, que se tradujo a 35 idiomas y es considerada como uno de los libros más importantes de la literatura universal, se produjo con una mezcla de genialidad, disciplina y la última cuota de dos alientos.