Por JULIANA MOLINA
Neuquén > Alejadas de sus familias por encontrarse privadas de su libertad, cuatro mujeres que cumplen sus condenas en la Unidad de Detención Nº16 de Neuquén intentan sobreponerse al encierro diario a través del trabajo y la educación.
“Yo vine a buscar trabajo y terminé presa… pero eso ya está. Es parte de mi pasado. Esta experiencia me tiene que servir para saber que en el mundo hay gente buena y gente mala, y que tengo aprender a ser más observadora”, comentó una de las cuatro internas que pasa sus días en la cárcel de mujeres y que está a pocos meses de quedar en libertad.
Años atrás la mujer llegó de la provincia del Chaco. Asegura que el único delito que cometió fue “ser ingenua”. Desde hace un tiempo obtuvo el beneficio de salir de la cárcel para ir a trabajar y actualmente lo hace ayudando en una iglesia. Es suave al hablar y sus palabras no transmiten el mínimo rencor, más bien todo lo contrario. Intenta siempre dejar en claro que la experiencia de estar en la cárcel le está ayudando a ver el mundo de otra manera. Es la única de las cuatro que viste de negro, y es la más sencilla de ellas a la hora de elegir qué ponerse.
Poco o nada hablan de las circunstancias que las llevaron a quedar tras las rejas, pero de todas formas ninguna de ellas se desvincula de la situación que la llevó a ser juzgada, aunque la mujer chaqueña repite una y otra vez que no cometió ningún delito.
Las cuatro mujeres son las primeras egresadas del secundario que funciona dentro del penal. Cuentan con clases de nivel medio que son dictadas por diferentes profesores. En la U16 tienen dos aulas que están frente al patio interno del penal. Allí es donde los profesores de lengua, matemática, inglés, entre otros, dan clases.
Ellas lucharon para poder terminar los estudios y fue así que pudieron finalizar su bachillerato. Luego apostaron a seguir estudiando y en la actualidad hay varios talleres que se dictan dentro de la U16, y algunas también estudian otras carreras fuera del penal.
“Hay que aprovechar todas las cosas que nos dan para que cuando salgamos no volvamos a caer”, aseguró otra de las internas, una de las primeras que ingresó al penal y sobre quien pesa una condena a cadena perpetua.
De pelo negro y largo, generalmente opta por usarlo recogido. Por su carácter y permanencia en la cárcel, parece ser una de las líderes. Ella tiene un hijo de 15 años y gracias a un permiso que le dieron pudo ir a su último cumpleaños. Es que por la clase de delito que cometió los beneficios a los que puede acceder son escasos.
La mujer está presa desde hace 10 años, con la máxima pena, y está convencida de que si hubiese recibido la ayuda necesaria hoy no se encontraría detenida.
Dijo que desde 2009 está a la espera de que el gobernador firme la baja de su sentencia a prisión perpetua que, según explicó, fue aprobada por la Corte Suprema de Justicia.
“Si el gobernador me firmara ese papel yo podría salir a estudiar y hacer más cosas. Además de poder obtener una rebaja en mi pena pero sigo esperando”, aseguró la mujer.
Ella no habla del día que quedó detenida. Tampoco de cómo llegó a la cárcel. Sólo habla del presente y del futuro que espera tener.
Pasado violento
Las historias de las cuatro mujeres convergen en un mismo punto. De sus relatos se desprenden historias de violencia de género, maltratos físicos y psicológicos, y también el acoso es uno de los protagonistas recurrentes.
Todas afirman que creían que sus pasados habían sido muy diferentes pero durante un taller que compartieron en el penal descubrieron haber tenido vidas parecidas.
“Fue muy llamativo cuando en un taller de maltrato y convivencia nos preguntaron cuántas de nosotras había sido víctima de una situación violenta por parte de tu pareja u otras personas y casi la mayoría de las detenidas levantamos la mano. En ese momento es que entendimos que estábamos enfermas y que debíamos curarnos. Es difícil porque al no contar con un apoyo psicológico tenemos que ayudarnos entre nosotras y tratamos de concentrarnos en los talleres a los que asistimos acá dentro”, comentó la más grande de las cuatro internas que, al igual que una de sus compañeras, conlleva una de las condenas más altas. Sin embargo ha logrado tener salidas de 24 horas para poder ver a su familia.
La mujer se quiebra cada vez que imagina que cuando llegue a estar en libertad algunos de sus más allegados ya no estarán. “Es muy triste saber que cuando salga voy a tener que visitar seis tumbas”, aseguró, mientras contenía sus lágrimas.
Como el resto de sus compañeras, no habla de su pasado pero su cuerpo lo hace por ella. A simple vista enseña una profunda cicatriz en su cuello que con ropas o gestos intenta esconder. Sus palabras, por ahora, tampoco explican el origen de misteriosa marca. Gran parte de su tiempo lo dedica a tejer y algunos de sus tejidos los destina para alguna compañera o familiar, aunque también está pensando venderlos. Explicó que entre las internas que hacen artesanías y manualidades están pensando organizar una feria donde poder exponer los trabajos que hacen.
Creen que el patio del penal sería el mejor lugar para hacer una exposición. El espacio se encuentra en el centro de la cárcel y desde ahí se puede ver uno de los pabellones generales, los departamentos donde viven las detenidas que tienen sus hijos y las aulas donde toman clases. Además hay varios juegos para los niños que viven con sus madres. “Queremos que la gente vea lo que hacemos y que sepan que no estamos acá encerradas sin hacer nada”, exclamó otra de las mujeres, quien en pocos meses, al igual que la chaqueña, quedará en libertad.
Es una de las más “bajitas” del penal y por cómo viste denota cierto interés en la moda. Usa aros, un chaleco de jeans, una remera color rosa y jeans. Viste así dentro y fuera del penal, hay días que sale a estudiar. Este beneficio lo obtuvo gracias a la buena conducta que ha tenido.
Un nuevo camino
Si bien las cuatro internas aseguran que la mejor manera de atravesar su condena es aprovechando el tiempo, hay otras que simplemente dejan que su sentencia transcurra. “Acá dentro cada una elige qué hacer. Nosotras tratamos que a las que vemos que sólo se tiran a fumar y mirar televisión incentivarlas para que hagan algún taller, pero si ellas no tienen ganas es un tema de cada detenida”, afirmó la más coqueta de las presas, mientras se preparaba para ir a una de sus clases, fuera de la U16.
La mujer está estudiando en uno de los Centro de Educación para el Hogar (Cepaho) de esta ciudad, una tecnicatura en Recursos Humanos. Luego de haberse arreglado y de ordenar el material de estudio, comenzó el recorrido hacia el portón de salida.
En el camino, brinda su habitual saludo a las agentes penitenciarias. No se escuchan ruidos de rejas ni candados. Antes combina con la guardia su hora de regreso. “Hoy vuelvo más tarde, cerca de las 21”, indica, mientras la celadora abre el portón del penal.
Fuera del penal, espera paciente el colectivo. Está sola y no hay ninguna reja, ni muros que la detengan. Ella puede escapar y sin embargo no lo hace, ni siquiera lo piensa. Desde hace varios meses sale a estudiar y siempre regresa al penal. Está próxima a quedar en libertad y espera con ansia el momento. Es que la espera su hijo, de 19 años, con quien espera poder vivir y recuperar el tiempo perdido.
Durante su condena pudo juntar algo de dinero y de a poco compró algunas cosas para su nueva casa, ya que todos sus bienes fueron retenidos tras la condena. “Yo siempre le digo a mi hijo que tiene que estudiar para ser alguien en la vida. La educación es una herramienta que te va a permitir crecer. Es por eso que no falto a ninguna clase y espero recibirme antes de quedar en libertad”, finalizó la mujer, ya camino a una nueva clase de Recursos Humanos.