El 31 de mayo de 2016, Mario Agustín Salto, un chico de 11 años al que sus parientes y vecinos llamaban “Marito”, salió con su bicicleta, a la hora de la siesta, de la casa de su abuela en Quimilí, la localidad de Santiago del Estero donde vivían. Se llevó su caña y se dirigió rumbo a la laguna del pueblo. Una zona conocida como “La Represa”. Iba a pescar, como lo hacía siempre. Le encantaba pescar. Pero, cuando se hizo de noche, Marito no volvió. Ni a lo de su abuela, ni a su propio hogar, el que compartía con su mamá y sus dos hermanos.
Gladys Ramos, su madre, estaba preocupada. Y su tía, Marta Salto, también. Más cuando la cadena telefónica que organizó con los compañeros de escuela de su sobrino (Marta era maestra en el mismo colegio al que asistía Marito) no dio resultado. Nadie sabía dónde estaba el chico. Fue entonces que las dos mujeres realizaron la denuncia en la Policía.
Alertados por los últimos movimientos conocidos del niño, efectivos policiales y vecinos se acercaron a la laguna del pueblo. Allí, vieron la caña de pescar y la bicicleta de Marito, abandonadas en un sector de la orilla. Pensando que, quizás, se podría haber ahogado, la Policía y la gente de Quimilí recorrieron la laguna en bote y el monte aledaño a pie. No encontraron nada.
La búsqueda continuó por dos días, hasta que las autoridades recibieron una denuncia. Aquel 2 de junio, un baqueano y su perro se habían topado con algo en un pastizal, en el otro lado del pueblo. Algo macabro. Dos bolsas. Una negra y otra blanca. En la negra, había dos piernas sueltas y un torso con sus dos brazos. En la blanca, una cabeza humana, cortada de cuajo. Cuando los investigadores llegaron al lugar, pudieron comprobar lo que sospechaban. Efectivamente, se trataba del cuerpo descuartizado de Marito Salto.
Al cadáver se le realizaron dos autopsias. La primera, ordenada por el juez Miguel Ángel Moreno (luego destituido por irregularidades en una causa de defraudación al Gobierno de Tucumán), determinó que el niño fue violado y, luego, estrangulado hasta la muerte “con un elemento tipo alambre o cable de acero”. También, que había sido desmembrado mediante cortes certeros y que a sus partes diseccionadas las habían guardado durante algunas horas adentro de una heladera o freezer.
La segunda, solicitada por la familia a la morgue del Poder Judicial, en Buenos Aires, indicó algo diferente de la que había sido llevada a cabo en Santiago del Estero. También agregó datos que la autopsia original había omitido. Por un lado, los forenses consideraron que los cortes que diseccionaron el cuerpo de Marito no habían sido certeros, sino todo lo contrario. Incluso, señalaron que las piernas habían sido cortadas a hachazos cuando el niño todavía estaba vivo. Por el otro, notificaron algo que el primer informe no había revelado: que al cadáver le faltaba la quinta vértebra y los genitales.
Investigación, hallazgos... y misterio
Durante un año y medio, la causa no tuvo avances significativos. Los testimonios que se habían recolectado no aportaban información, y ninguno de todos los carniceros del pueblo indagados por los investigadores (que se guiaban por la primera autopsia, que indicaba que quien hubiera descuartizado el cuerpo de Marito sabía lo que hacía) pudo ser considerado sospechoso. Fue recién con la designación de la jueza Rosa Falco que la invetigación empezó a avanzar.
En primer lugar, la magistrada logró obtener diferentes testimonios de interés, los cuales mantuvo bajo resguardo. En segunda instancia, y por insistencia de la familia Salto, Falco decidió pedir la colaboración de Marcos Herrero, un entrenador de la brigada canina de la Policía Científica de Río Negro, quien se había puesto a disposición de los parientes. No perdía nada con intentar por esta vía. Quizás, quién le decía, se topaba con algo que al juez original se le había escapado.
Fue así que, en noviembre de 2017, Herrero arribó a Quimilí junto a Alcón y Duke, los perros que habían encontrado los restos de Araceli Fulles y participado en la búsqueda de los de Santiago Maldonado. Los canes entrenados por Herrero, además de tener aptitudes para rastrear cuerpos sin vida, podían también, a través de algo que se conoce como “huella odorífica”, identificar los lugares en los que estuvo una persona, como también individuos y objetos con los que el sujeto en cuestión mantuvo contacto. Como la huella odorífica puede funcionar hasta cinco años más tarde de sucedido el hecho, la jueza consideró que la utilización de estos animales podía ser de ayuda. Y así lo fue.
Luego de que el perito se encerrara en una habitación expuesta al calor con su pastor alemán y su bloodhound y les hiciera oler prendas de la víctima, los canes comenzaron a recorrer el pueblo, en dirección a donde su olfato les indicaba. Duke fue el primero en marcar un lugar: “La Represa”. Pero el perro no se dirigió al sitio donde la bicicleta y la caña habían sido encontradas, sino a otra orilla, donde el niño solía pescar. Había una chance de que la escena hubiese sido alterada. Tras un momento allí, Duke corrió hacia una casa: la de Pablo Ramírez, un hombre de 38 años a quien apodaban “el Loco”. El perro apuntó hacia el baúl de un auto negro, propiedad de Ramírez, donde la Policía halló un montón de huesos secos. Luego, el animal comenzó a cavar al pie de un árbol en la casa del “Loco”. En el pozo estaba enterrada una billetera, que contenía un misterioso manuscrito con algunos elementos que llamaron la atención:
Un dibujo del Ojo de la Providencia (un símbolo esotérico).
El número “666” (conocido también como la “Marca de la Bestia” del libro del Apocalipsis).
Un nombre: “Marito”.
El siguiente hallazgo lo llevó adelante Alcón. Lo hizo en la casa de Rodolfo “Rody” Sequeira, un changarín de 45 años que ya había sido indagado luego de que algunos chicos de la zona, en testimonios realizados en cámara gessell, aseguraran haberlo visto llamando y metiendo en un auto a Marito en las inmediaciones de la laguna, el día de su desaparición. El perro encontró dentro de un placard una gomera que tenía grabada la letra “M”. La familia, posteriormente, la reconoció como la gomera del niño. El can también descubrió una vieja mancha de sangre en la bañera del domicilio. Y lo más importante: un segundo manuscrito. Estaba guardado en una campera y contenía varias frases sueltas:
“Chango virgen”, al lado del nombre “Marito”, en un círculo con una tilde.
“Llevar vino, azúcar, caña, yerba, ropa blanca”.
“Familia vigilada. El chango sale solo siempre. Todo el día pesca”.
“Policía, fiscal, cámaras, arreglado”.
Tras este nuevo hallazgo, volvió a ser el turno de Duke. El perro dirigió a la Policía hacia la casa de otro hombre: Ramón “el Burra” Rodríguez, un ladrillero amigo de Sequeira, que al momento de ser indagado tuvo varias contradicciones en su testimonio acerca de dónde estuvo el día que desapareció la víctima. Lo primero que impactó a los efectivos se encontraba en el fondo de la casa. Ahorcado, muerto, un perro negro colgaba de una rama de un árbol, atado con una soga al cuello. En el interior de la vivienda, las cosas no eran mejores. Dentro de un bolso, Duke encontró un hueso y pelos humanos. Luego, marcó el pozo de una letrina. De allí, los policías extrajeron un paquete encintado, metido adentro de una bolsa. El mismo contenía otro manuscrito. Se trataba de un dibujo de un sello concéntrico, con algunas palabras sueltas:
“Juez”.
“666”.
“Fiscal”.
“Marito”.
“Vida”.
“Muerte”.
“Riqueza”.
“Sacrificio”.
“Gobierno”.
“Poder”.
También, había un dibujo más pequeño de una balanza de la justicia inclinada hacia la derecha, con el número “3” arriba de la misma. Y otro “Ojo de la Providencia”. Pero éste era algo distinto al del papel encontrado en lo del “Loco” Ramírez. Acá, el símbolo había sido dibujado con pies, manos y un moño. Muy parecido a Bill Cypher, el personaje de la serie animada de Disney XD, “Gravity Falls”.
La Policía no podía creer lo que había encontrado. Pero faltaba más. Duke olfateó entre plantas y tierra y dio con varios elementos: unas gomitas de la gomera de Marito, un plato con una mancha de sangre humana, un cuchillo manchado y tres latas de picadillo vacías que contenían atados de huesos y pelos.
Alcón fue quien logró los últimos descubrimientos. Los más destacados del caso. El ovejero alemán condujo a los investigadores a la casa de Miguel Ángel Jiménez, un productor algodonero de 51 años. Adentro, el can marcó, primero, un placard. Los efectivos lo abrieron y, en su interior, se toparon con un altar de San La Muerte. El santo pagano aparecía en varias figuras. Había velas y ofrendas. Pero eso no era todo. En el piso del mueble, vieron unos papeles. Eran artículos periodísticos del caso Marito.
El can siguió su marcha hasta el dormitorio principal. Señalaba con ladridos la mesa de luz. Cuando los policías abrieron el cajón, se encontraron con un nuevo manuscrito. Y otro. Y otros dos más.
En el primero, había unas firmas. Eran las de Jiménez, Rody Sequeira y La Burra Rodríguez. Y una frase, que decía:
“Dame lo que te pido”.
En el segundo, había más texto:
“El ojo de dios lo ve todo”.
“Consume su fuerza”.
“Marito”.
“Ya tengo su virilidad, su juventud”.
“El pacto fue sellado con su sangre”.
“Los seis: diáconos, seguidores, fieles, el gran diácono, maestro, apóstol. Todos tienen su parte”.
En el tercero, más frases aún:
“Los doce discípulos cierran el círculo que muestra el camino”.
“666”.
“Moreno (NdR: apartentemente alude al primer juez de la causa) y Gimenes (sic) toman la copa, la sangre de la muerte”.
“Belcebú”.
“San La Muerte nos obliga a comer vida de Marito”.
“La profecía habla del soldado y la leyenda de los perros”.
“Dorado y plata”.
“Proteger los rituales con sapos y víboras como centinelas del banquete”.
“Vigilar los perros soldados”.
“Los hermanos necesitan sangre”.
“Limpiar todo”.
“El soldado ya viene”.
“Vigilar a los changos para el últimos sacrificio virgen”.
“Torima” (NdR: “Marito”, al revés).
El cuarto manuscrito era el más “jugoso”. En la parte superior de la hoja, había un extraño diagrama, con varios dibujos. La laguna de Quimilí. El “Ojo de la Providencia”. Una balanza inclinada en su lado derecho. Y uno más. El más tétrico de todos. Un niño atado de los pies, colgando cabeza abajo de un árbol seco con el número “666” en el tronco, balanceándose por encima de un balde dispuesto debajo suyo, en el suelo.
A su vez, en la parte inferior de la hoja, había un texto. Estaba lleno de frases sugestivas... y espeluznantes.
“Sacrificio de Marito”.
“Sangre, vida, muerte”.
“Control de la vida, ritual de los doce descípulos”.
“Giménes (sic) toma su virilidad con el pene sagrado en el chango consumido en polvo”.
“Él todo lo ve”.
“San La Muerte trae la vida eterna”.
“Todos tienen su parte”.
“Su día llegó. A Marito”.
“Su acto sexual”
“Virgen”.
“Su espíritu”.
La búsqueda canina, finalmente, terminó en otra propiedad que tenía Jiménez, en el barrio Las Tres Rosas. Allí, Duke y Alcón marcaron una heladera y una sierra manual. Ambas tenían manchas de sangre humana.
Los detenidos
Con todas las pruebas recolectadas durante el mencionado raid, más los restos de ADN que fueron hallados en el cadáver y las ropas de la víctima, la jueza Falco tuvo suficiente para emitir varias órdenes de arresto.
Rodolfo Sequeira fue detenido, acusado de secuestrar a Marito de la laguna, el último lugar donde se lo vio con vida.
Ramón Rodríguez también. Se lo acusa de facilitar el secuestro: habría sido el encargado de avisar a Sequeira de la llegada del niño a La Represa.
Pablo Ramírez fue otro de los apresados. Las pruebas caligráficas realizadas a los manuscritos determinaron que eran obra de su puño y letra.
Otro detenido fue Daniel Tomás Sosa, tío de algunos de los chicos que vieron a Marito pescando el día de su desaparición. Se lo acusa de seguir a la víctima y entregarla.
En tanto, los hermanos Ramón y Daniel Ocaranza, María Eugenia Montes y Gustavo Hernández fueron imputados. Se les encontró evidencia que los compromete, pero no se les dictó la prisión preventiva.
Por último, Miguel Ángel María Jiménez y Lucrecia Arminda Díaz fueron detenidos como cómplices de Miguel Ángel Jiménez, padre del primero y esposo de la segunda, quien también fue detenido y es considerado el autor intelectual del crimen.
Jiménez, apodado “El Brujo” o “El Terrible” por varios vecinos de Quimilí es, sin dudas, el personaje más resonante del caso. Su fachada, según aseguraron en el pueblo, era de benefactor. Pero muchos le tenían miedo. “Era capaz de denunciarte, meterte preso y pagar él mismo tu fianza”, le dijeron a Evangelina Himitian, periodista de La Nación que realizó para ese medio una de las mejores y más profundas crónicas del caso. Jiménez no solo había participado de las marchas de pedido de justicia acompañando a la familia de Marito. Había ofrecido también su lancha para buscar en la laguna el cuerpo del chico (cuando todavía no había sido encontrado) y el panteón de su familia en el cementerio local para alojarlo tras el velorio.
No obstante, ni él ni ninguno de los demás acusados pudieron ser imputados como violadores o asesinos con todas las letras; tan solo lo fueron como “partícipes necesarios”. Si bien los dos rastros de ADN encontrados en el cuerpo de Marito indicaron que quienes abusaron sexualmente de él eran parientes, no se pudo determinar compatibilidad en los análisis genéticos que les hicieron a los procesados. Tampoco en ninguno de los más de 3.400 estudios que se llevaron a cabo en el pueblo y sus alrededores. Sí, la jueza Falco, en una medida sin precedentes en la historia argentina, ordenó un análisis de ADN masivo para la población masculina de Quimilí y de las localidades aledañas de Weisburg y Otumpa. Así y todo, no se pudo identificar a los violadores que dejaron su semen en el cadáver de la víctima.
Tanto para Rosa Falco, jueza de Transición en la causa, como para los fiscales que llevan adelante el actual juicio, Marito fue vejado, asesinado y mutilado en el marco de un ritual satánico o esotérico. Con la asistencia de un atropólogo especialista en sectas convocado para la investigación, la hipótesis que se intentará probar indica que el niño fue víctima de un sacrificio humano llevado adelante en honor a una entidad sobrenatural, ya sea el mismísimo Diablo o San La Muerte, el santo pagano del que Jiménez es un devoto confeso. A su vez, se cree que, en el marco de ese presunto ritual, la sangre y el pene de Marito fueron consumidos por alguno (o algunos) de los participantes. De ahí la ausencia de los genitales en el cadáver de la víctima.
Ahora bien, ¿por qué eligieron a Marito para tal macabro acto? De acuerdo a los investigadores, por ciertos motivos particulares. En primer lugar, por tratarse de un niño vulnerable, que pasaba muchas horas solo, lo cual lo volvía una presa fácil para sus captores. En segundo lugar, debido a su virginidad. Y por último pero no menos importante, porque Marito no era evangelista. Según los expertos, un evangelista no podría haber oficiado como ofrenda debido a que, en el momento del bautismo, quienes profesan esa religión son bendecidos de cuerpo entero al ser sumergidos en el agua de manera total. La víctima, que habia sido bautizada por la Iglesia Católica, solo tenía “bendecida” la cabeza. Por eso fue decapitado para el rito. Su cabeza, que había estado en contacto con agua bendita, no servía para el sacrificio.
En cuanto a los manuscritos encontrados, la base de toda esta teoría y de la causa, muchos se preguntaron por qué los acusados los escribieron y guardaron, tratándose de elementos tan incriminatorios. Según los expertos, parte del ritual implicaba que uno de los participantes llevara un registro gráfico de todo lo que ocurría. Una vez finalizada la ceremonia, todos los manuscritos debían ser conservados. En su creencia, destruirlos traería la maldición para todos ellos y sus familias.
Sin embargo, ninguno de los imputados admitió participación alguna en ningún ritual. Jiménez y Díaz sí reconocieron su culto a San La Muerte. No les quedó otra después del descubrimiento del altar en su casa. Pero siempre rechazaron cualquier vínculo con el crimen del nene. “Yo creo, pero no soy devota. Mi marido sí. Las ofrendas que se hacen son whisky, vino, pero nunca una persona. Menos una criatura. Me llena de angustia lo que le hicieron a ese chico, no me entra en la cabeza tanta saña. Pero no involucren a San La Muerte”, dijo la esposa del “Brujo” a TN en junio de este año.
“Es una payasada. ¿Quién puede creer esa historia diabólica que armó la jueza? Mi cliente no es un brujo. Jamás sacrificó un animal, y menos una persona. Este es claramente un crimen narco, vinculado al poder”, dijo en 2018 Hugo Frola, el abogado que representaba a Miguel Ángel Jiménez. El letrado, quien no defiende más a Jiménez porque murió de un infarto el 10 de marzo del año pasado, fue uno de los principales impulsores de la hipótesis de que toda la trama esotérica estuvo armada para encubrir a los verdaderos asesinos, los cuales estarían vinculados con el narcotráfico en Quimilí. Pero no fue el único.
Quizás el más notorio divulgador, y posiblemente gestor, de esta teoría, haya sido Miguel Ángel Moreno, primer juez de la causa, hoy destituido y preso por mal desempeño de sus funciones e incumplimiento de deberes de funcionario público. Al ser recusado, Moreno presentó un escrito ante el ahora fallecido juez federal Claudio Bonadío. En el mismo, denunciaba que la familia de Gerardo Zamora, el entonces senador y actual gobernador de Santiago del Estero, estaba involucrada en el encubrimiento del crimen. Para Moreno, el asesinato del niño se trataba de una venganza contra Marcelo Salto, policía y tío de Marito. Durante un operativo en el que no debería haber estado porque era su día de franco (pero en el que sí estuvo, en reemplazo de un compañero), Marcelo descubrió un cargamento de droga oculto en un auto, el cual denunció y entregó. Unos meses después, pasó lo que pasó con su sobrino.
El policía, sin embargo, siempre descreyó de esta teoría. Según considera, si se hubiese tratado de una venganza en su contra, lo hubieran atacado a él, o a sus propios hijos. Además, señala, esta versión no explica la inacción que tuvo la causa cuando Moreno estaba al frente, ni cómo se pudo haber orquestado el accionar de los perros.
Hay quienes, por otro lado, no descartan la teoría narco ni la del crimen ritual. ¿Y si el caso Marito fuera una combinación de ambas tramas? Eso arriesga, por ejemplo, Martha Pelloni, la monja que se convirtió en un ícono de la lucha contra la impunidad de los feudos provinciales cuando consiguió que los violadores y asesinos de María Soledad Morales fueran apresados en Catamarca. Para Pelloni, el caso se asemeja mucho al de Ramón “Ramoncito” González, otro niño de 11 años que fue vejado, asesinado, mutilado y descuartizado en 2006 en Corrientes, en el marco de un crimen ritual asociado a “otros crímenes, que tenían que ver con trata de personas, narcotráfico y prostitución infantil”, según le dijo Miguel Prenz, autor del libro “La Misa del Diablo: Anatomía de un Crimen Ritual”, a Diario Popular en 2016.
“Es un crimen narco y un rito satánico, siempre aparecen juntos”, aseguró la monja a La Nación respecto al caso Marito. Y agregó: “No es casual el lugar en el que se instala el culto, ni tampoco la persona elegida para la ofrenda. La droga está siempre presente en el culto a San La Muerte. No puede entrar en una ciudad si no tiene el aval y la connivencia de quienes comparten el enriquecimiento”. Lo mismo había dicho en su visita a Quimilí, para el segundo aniversario de la muerte del niño: “Esto ha sido un coctail de connivencia, droga, trata, política y brujería. Este es un asesinato cometido como parte del culto a San La Muerte, que existe desde el 412 antes de Cristo. San La Muerte es pagano y demoníaco. No defiende la vida. Mata para ofrecer la vida. El valor de la sangre es el medio que utiliza como ofrenda cuando se pide poder, dinero y manejo de personas”.
Fueran cuales fueran las motivaciones detrás del aberrante asesinato, tanto Frola como la familia Jiménez aseguraron que todas las pruebas en su contra fueron plantadas. “Todo lo que hicieron (los investigadores) fue sin testigos. Los papeles que encontraron no eran nuestros”, dijo Díaz a TN. “Mi defendido también se pregunta de dónde salió ese papel. Está claro que esto es una causa armada”, afirmó Flora a la prensa en 2018, tiempo después de solicitar la impugnación del procedimiento de los perros, al denunciar tanto irregularidades en la manera en que fue llevado a cabo como la idoneidad del entrenador Herrero. Pero no lo consiguió. Tres años después, su antiguo defendido ocupa el lugar central de un proceso sin precedentes en la historia judicial santiagueña.
El jueves 2 de diciembre pasado, el Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Santiago del Estero, conformado por el presidente Alfredo Pérez Gallardo y los magistrados Luis Domínguez y Daniela Campos Nittinger, dio inicio al juicio que busca establecer la culpabilidad o inocencia de nueve personas por el crimen de Marito Salto.
En el banquillo de los acusados, y en calidad de detenidos, se encuentran Miguel Ángel Jiménez (acusado de ser el autor intelectual del “homicidio triplemente calificado por alevosía, ensañamiento y el concurso premeditado de dos o más personas, privación ilegítima de la libertad y abuso sexual con acceso carnal en concurso freal” por el que está imputado), Ramón Rodríguez, Rodolfo Sequeira y Daniel Sosa (acusados de ser “partícipes necesarios” de las figuas penales antes mencionadas). Los acompañan, gozando de su libertad, Daniel Ocaranza, Ramón Ocaranza, María Eugenia Montes, Gustavo Hernández y Pablo Ramírez, todos ellos imputados por “encubrimiento agravado”. Lucrecia Arminda Díaz, esposa de Jiménez antes acusada como “partícipe necesaria”, y Miguel Ángel María Jiménez, hijo del “Brujo” antes acusado por “encubrimiento agravado”, no serán enjuiciados luego de que la Justicia dictara su “falta de mérito” en nobiembre de 2020.
Las audiencias se llevarán adelante hasta el miércoles 22 de diciembre y se pasará a un cuarto intermedio hasta el 8 de febrero de 2022, cuando se retomará el juicio que, se espera, concluya en marzo del año que viene.
“Vamos a ver qué pasa en la Justicia. En cinco años hubo mucho encubrimiento”, expresó Mario Salto, padre de Marito, hace algunas semanas. En ese sentido, recordó: “Cuando llevamos los discos de las cámaras de seguridad (NdR: se refiere a los videos que habrían registrado las últimas horas de vida de su hijo en las calles de Quimilí) a Gendarmería Nacional en Buenos Aires nos dijeron que habían sido adulteradas y la propia jueza lo reconoció, pero eso quedó en la nada”. “No están los violadores de Marito. Se hicieron más de 4000 ADN en Quimilí y alrededores y sabemos que vamos a juicio con una causa a medias, sin esclarecer. Pero esperemos que sean como debe ser y paguen lo que le hicieron a Marito uno por uno”, concluyó el hombre, que durante media década luchó incansablemente por el esclarecimiento del brutal homicidio de su hijo.
Si bien es cierto que ninguno de los imputados están siendo juzgados como autores materiales del hecho, cabe destacar que la jueza de Transición María del Huerto Bravo Suárez se encuentra al frente de una causa residual en la que aún se busca dar con las personas que violaron, asesinaron y descuartizaron a Marito.
¿Se hará justicia? Solo el tiempo tiene la respuesta.