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Por Sofía Sandoval - ssandoval@lmneuquen.com.ar
“¿Por qué no se consigue un trabajo? Tiene muy pocas posibilidades de ganar dinero escribiendo libros para niños”, le dijo Barry Cunningham en uno de sus primeros encuentros. Él era el presidente de una pequeña casa editorial en Inglaterra y ella, una novelista principiante y desconocida a quien se le había ocurrido una dudosa idea: redactar la historia de un preadolescente que recibe una carta para asistir a una escuela de magos.
Antes de ser mundialmente famosa, J. K. Rowling era Joanne. O Jo, para los amigos. Madre de una pequeña, divorciada y viviendo de la ayuda social, no tenía demasiadas perspectivas de procurarse una buena posición, pero sí el ímpetu por concretar esa idea que se le había ocurrido en un viaje en tren: la historia de un niño mago llamado Harry Potter.
Rowling nació el 31 de julio de 1965 en Yate, una localidad del sudoeste del Reino Unido, en las cercanías de Bristol. Cuando tenía apenas 23 meses, su madre Anne dio a luz a su hermana menor, Dianne, a quien todos llamaban Di. Ella fue la primera en deleitarse con las historias que se inventaba Jo y que se dejaban influir por la vida rural que circundaba al pequeño pueblo inglés al que se había mudado su familia.
“Todavía recuerdo cuando le conté una historia en la cual ella se caía en una conejera y era alimentada con frutillas por la familia de conejos que vivía allí. La primera historia que escribí en mi vida, cuando tenía cinco o seis años, fue sobre un conejo llamado Rabbit. Tenía sarampión y era visitado por sus amigos, incluyendo una abeja gigante llamada Miss Bee”, relató la autora durante una entrevista.
A los 9 años, cuando su abuela detectó su amor por la lectura, la niña recibió como regalo una autobiografía de la periodista y activista política Jessica Mitford. La mujer se convirtió, muy pronto, en una verdadera heroína para Rowling, que leyó gran parte de sus producciones y hasta bautizó a su primera hija con ese nombre.
Tras cursar sus estudios secundarios, presentó una solicitud para asistir a la renombrada Universidad de Oxford, pero fue rechazada. Por eso, optó por estudiar filología francesa y clásica en la Universidad de Exeter, una institución pública de su país. Después de pasar un año estudiando el idioma en París, obtuvo su primer trabajo como secretaria bilingüe de Amnistía Internacional, en su sede de Londres.
Fue un día de verano de 1990 cuando la idea llegó a su cabeza. Viajaba en un tren desde Manchester y hacia Londres. Era un trayecto de apenas dos horas, por lo que no había demasiado tiempo para pensar. Sólo cuando la formación se detuvo por una falla mecánica, la mente de Jo comenzó a divagar y la historia apareció: Harry, Ron, Hermione. Todos los personajes y la trama se fueron desenlazando en su cabeza durante las 4 horas que tardaron en arreglar el tren.
Una vez que llegó a su departamento londinense, Rowling comenzó a escribir sin cesar. Aunque siempre le había gustado escribir, nunca había encontrado una historia que le fascinara de ese modo. Y provenía sólo de su imaginación. “No puedo decir por qué, o qué la desencadenó, pero vi la idea de Harry y de la escuela de magos muy claramente”, afirmó.
El libro aún estaba en proceso cuando Jo vio un anuncio en The Guardian y se mudó a Oporto, en Portugal, para trabajar como profesora de inglés. En esa ciudad conoció al periodista Jorge Arantes, con quien decidió casarse a pesar de haber descubierto varias de sus infidelidades. En 1992 ya eran marido y mujer, y en el 93 le dieron la bienvenida a su hija, Jessica Isabel Rowling Arantes. Sin embargo, la familia se derrumbó poco después, cuando los engaños y la adicción al alcohol de su esposo hicieron de su vida un infierno.
En noviembre del 93, cuando Jessica aún era bebé, la autora dejó todo y se fue a vivir a Escocia con su hermana Di. Poco después, cuando descubrió que su ex había ido a buscarla, solicitó una orden de restricción contra Jorge Arantes, que le fue concedida. Sin embargo, nada pintaba bien en su futuro. Con una hija de meses y sin empleo, vivía de la ayuda social del Estado. Su vida parecía a punto de acabar, y en más de una ocasión Jo pensó en terminarla por su propio esfuerzo.
Sólo la mirada café de Jessica la inspiraban a seguir adelante. Ella y los ojos verde brillante que Harry Potter ocultaba detrás de los anteojos de marco redondo que se había imaginado. Rowling salió de la oscuridad al aferrarse a sus momentos más alegres y plasmó su depresión en una metáfora de los libros: los dementores, que son capaces de matar al nutrirse de nuestros propios miedos y que se combaten con el Expecto Patronum, un encantamiento que se invoca al recordar el instante más feliz de nuestras vidas.
Jo había llegado a Escocia con tres capítulos de Harry Potter en su equipaje y una serie de bocetos de posibles finales para redactar una trilogía. Su fracaso rotundo a nivel laboral le pareció liberador: no tenía nada que hacer más que escribir. Por eso, se iba a los cafés más cercanos hasta lograr que Jessica se durmiera, y se ponía a escribir.
A decir verdad, nadie confiaba en su capacidad para la escritura. Sus profesores de la Universidad aún la recuerdan como una estudiante mediocre, que prefería hundir la nariz en un tomo de Dickens o Tolkien en lugar de hacer las tareas universitarias. La única que creía en ella era Anne, su madre, que falleció tras un largo padecimiento de esclerosis múltiple y a quien nunca logró contarle acerca de su mundo mágico.
En 1995, por fin lo terminó. El primer manuscrito de Harry Potter. Tras la aceptación de su primera lectora, una agencia se decidió a representarla y enviraron el texto a 12 editoriales. La respuesta fue catastrófica. Un rotundo no. Pero Rowling no se dio por vencida y lo intentó otra vez, hasta llegar a la casa Bloomsbury.
Barry Cunningham no era muy entusiasta de la idea, pero se dejó convencer por su hija de ocho años, que leyó el manuscrito del primer capítulo con rapidez y quiso leer el segundo. Basado en la intuición de la pequeña, le dio a Jo un adelanto de 1500 libras y el consejo de que se buscara otro trabajo.
Publicaron apenas mil ejemplares de “Harry Potter y la Piedra Filosofal”, que se vendieron con rapidez. En la actualidad, esas primeras ediciones son consideradas reliquias y se cotizan entre 15 mil y 25 mil libras. Después llegarían un sinnúmero de premios y una carrera astronómica hacia la cima.
En los años siguientes, Rowling escribió una serie de siete libros con más de 4 mil páginas, que se tradujeron a 74 idiomas y rompieron los récords de los libros más rápidamente vendidos de toda la historia. Su última entrega, Harry Potter y las reliquias de la muerte, vendió 11 millones de copias en un solo día. El saldo total: 500 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, y la cifra sigue en ascenso.
Con el paso de los años, Harry Potter se convirtió en un fenómeno mundial y miles de niños descubrieron el placer de la lectura gracias a la pluma de Rowling, que se convirtió en guionista de las ocho películas que llevaron al personaje al cine. Su mundo mágico se transformó en una marca registrada, que está valorada en 7 mil millones de libras y que incluye libros adicionales, merchandising, parques temáticos y hasta un portal exclusivo para fanáticos llamado Pottermore.
De cobrar un cheque del Estado, Jo pasó a ser una de las mujeres más ricas de Inglaterra y la primera persona en convertirse en multimillonaria escribiendo libros. Sin embargo, nunca dejó de lado el recuerdo de su costado más vulnerable, por lo que agradece ser capaz de pagar los impuestos más elevados del Reino Unido. “Estoy en deuda con el estado del bienestar. Cuando mi vida tocó fondo, una red de seguridad estaba ahí para amortiguar la caída”, declaró una vez.
Además de amasar una inmensa fortuna, la vida personal de Rowling también dio un giro pronunciado. En diciembre de 2001 se casó con el anestesista Neil Michael Murray, y en 2003 y 2005 tuvo a sus hijos menores, David y Mackenzie, a quienes les dedicó los últimos tomos de la saga, tal como había hecho con Jessica en el primer libro.
Sin embargo, nunca se olvidó de sus orígenes, por lo que dona gran parte de sus ingresos a combatir la pobreza y a apoyar a las familias monoparentales. También creó la clínica Anne Rowling para luchar contra la esclerosis múltiple, la enfermedad que se llevó a su madre antes de que pudiera hablarle sobre Harry Potter o mostrarle cuánto iba a cambiar su vida.
Tras el masivo éxito de sus libros, muchos pensaron que Jo no era una verdadera autora sino una persona con una gran idea, por lo que todos los ojos estaban puestos en su siguiente publicación. Después de la saga, publicó un libro para adultos, “Una Vacante Imprevista”, que recibió críticas encontradas por parte de los expertos.
Para su siguiente incursión, decidió publicar como Robert Galbraith. “El Canto del Cuco”, su primera novela negra bajo seudónimo, recibió buenas críticas y un éxito moderado entre el público. Muy pronto, sin embargo, distintos estudios compararon el estilo de escritura para afirmar que Rowling era la pluma detrás de la novela, por lo que la escritora tuvo que admitir su autoría. Entonces, las ventas mejoraron de forma notable e inspiraron a Jo a escribir dos nuevas entregas de su historia de detectives, también firmadas bajo seudónimo.
Su infancia difícil, su paso sin sobresaltos por la Universidad y su matrimonio fallido le pintaron un panorama desolador, como el que tenía Harry cuando vivía en la alacena debajo de las escaleras. Ahora, su realidad es otra, con un nombre que quedará inscripto para siempre en la historia de la literatura infantil.