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Los barrios más olvidados y con mayor índice de pobreza de Neuquén suelen estar asociados a la zona oeste. Pero exactamente en la otra punta de la ciudad, el barrio Sapere tiene un comedor donde diariamente se elaboran 600 viandas, entre almuerzo y merienda. El número creció exponencialmente este año por la pandemia de coronavirus.
El comedor y merendero de la CCC (Corriente Clasista y Combativa) está construido con tráilers y está a pocos metros del famoso monolito del Cruce de Fotheringham, ese que asoma a lo alto y se puede ver desde la entrada a la ciudad por el puente carretero.
Queda sobre el final de la calle Islas Malvinas y la ubicación no está registrada por el GPS de Google, que sólo muestra esa arteria hasta Carmen de Patagones. Sin embargo, la calle -que en este tramo ya está sin asfaltar- sigue varias cuadras más.
Entre paquetes de arroz, latas de conservas y ollas, cuatro mujeres preparan la comida que, en poco tiempo, repartirán en los tuppers de cada vecino. Por las tardes, las meriendas salen a repartirse casa por casa. Una de las encargadas de amasar las tortafritas es Claudia Parada, una vecina de 41 de años que vive “desde siempre” en el barrio.
La mayoría de los comedores de la ciudad están dirigidos por mujeres, encargadas de planificar, organizar y cocinar las viandas diarias. Una tarea similar a la que, también mayoritariamente, replican en sus hogares al hacerse cargo de las tareas de cuidado. La presencia de hombres en estos espacios no es nula, pero es significativamente menor.
“Somos más las mujeres las que estamos acá, así también hay hombres pero principalmente hay mujeres porque somos nosotras las que primero salimos a la lucha, porque siempre somos las que nos quedamos más rápido sin trabajo, a las que no nos valoran el trabajo, nos pagan menos y las que salimos a rebuscarnos de alguna manera”, planteó Claudia.
Además de colaborar con las tareas del comedor, Claudia trabaja limpiando casas y cuidando a gente mayor. Tiene dos hijos, de 10 y 23 años. “Siempre trabajé de limpieza porque cuando me quedé embarazada de mi hijo tuve que dejar el colegio y empecé a trabajar. Me hubiese gustado estudiar pero bueno, no me tocó otra que salir a pelearla”, resaltó. El padre de sus hijos no se hizo cargo de la crianza, pero ahora su pareja la acompaña. “Yo la pasé muy difícil y tuve que salir a pelearla por ellos y criarlos sola”.
El espacio tiene como función principal dar de comer a aquellas personas que no tienen posibilidades económicas para hacerlo, muchas de las cuales se quedaron sin trabajo durante la cuarentena. Pero también es un espacio de contención, de encuentro con los vecinos, de asistir mujeres en situación de violencia y donde se conoce la realidad del barrio. “Hay muchísimas necesidades, nos ha tocado verlo en los números por la cantidad de viandas y meriendas que se entregan. Pero uno sale a recorrer y son muchísimas las necesidades y poca la ayuda del Gobierno”, sintetizó Claudia.
La mujer contó que en el barrio hay situaciones de violencia de género “como en todos lados” y que algunas mujeres se animan a hablar, pero otras no. Por esto, próximamente el comedor también tendrá un espacio para que semanalmente puedan charlar con una psicóloga que pueda ayudarlas a salir de esa situación.
Claudia tiene sentimientos encontrados por la tarea de ayuda que realiza en el comedor. “Siempre me gustó ayudar. Estando en mi casa siempre hacía cosas para ayudar a los vecinos. Y ya cuando me uní a esto, a mí me llena el alma y, a la vez, me parte el corazón porque uno ve la necesidad de la gente, que es muchísima y por ahí sentimos que no alcanza lo que nosotras les damos”.
Aún así, a pesar de la desidia, del abandono estatal y de las dificultades para conseguir la materia prima, Claudia la sigue peleando -junto a sus compañeras- para que el día sea, al menos por unas horas, un poco menos injusto.