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Pablo Montanaro
montanarop@lmneuquen.com.ar
Desde el 2000 vive en Neuquén, donde comparte su pasión por los vinilos con un grupo de personas que organiza encuentros y ferias.
Le llaman la atención los jóvenes que nacieron en la era digital pero que se han volcado a coleccionar vinilos.
“Todos los discos que tengo los escuché, creo que no hay ninguno que no haya escuchado”, asegura Alejandro Carpo, de 53 años, en el living de su casa del barrio Rincón de Emilio, mientras en su equipo de música suena la inconfundible trompeta de Miles Davis.
La pasión de Alejandro por los vinilos, y por ende por coleccionarlos, surgió casi sin darse cuenta a los 14 años cuando dejaba gran parte de su sueldo de cadete en las disquerías de Bahía Blanca, su ciudad natal. Pero también descubrió ese universo de discos que giraban a 33 revoluciones por minuto cuando trabajaba como cadete en la radio LU2 de esa localidad bonaerense donde accedió a la discoteca. “Allí comencé a convivir con los discos, admiraba la forma en que los operadores los manipulaban, cómo los sacaban de las fundas o sobres, la data que sabían de cada disco porque se leían los créditos y la información de las carátulas”, explica.
A la hora de recordar aquellas tardes en que se pasaba revisando las bateas de las disquerías de Bahía Blanca, precisa el momento en que se compró un disco doble de King Crimson o aquel importado del guitarrista Frank Zappa.
Todavía en sus oídos resuena aquel “te gastaste el sueldo en rock” con que su madre lo recibía cuando llegaba a su casa con varios discos debajo del brazo. Su madre no hacía más que repetir en aquel reproche el título de una canción de Bill Haley, el hombre que cambió el rumbo de la música y a quien se lo considera uno de los padres del rock and roll.
En su casa, sus padres no tenían discos y cuando él empezó a comprárselos adquirieron un centro musical marca Trident, “que era un fierro total”. Confiesa que a su madre le gustaba la música clásica pero que él nunca sintió atracción por ese género musical. “Es una deuda intelectual que tengo con la música clásica”, dice. Y es cierto porque si uno revuelve, con cuidado y sin alterar el orden, sus discos encontrará de rock, blues y jazz.
Como todo coleccionista, Alejandro es obsesivo, tiene sus discos en riguroso orden alfabético y catalogados en una copia que guarda en su computadora, en un pen drive e impresa en papel. También tiene una colección de CD que ocupa una extensa pared de su casa.
“Uno es el propio curador de su colección, por lo tanto en mi colección no va a entrar cualquier disco”, explica. Y de inmediato explica la diferencia entre coleccionar y juntar: “El coleccionista sabe lo que tiene, lo que quiere y lo que le hace falta. Después están los que juntan que, por ejemplo, compran tres discos por 50 pesos, sin importarle de qué son”.
Durante la charla, las manos de Alejandro se posan sobre los sobres de algunos de sus tesoros de su colección. Confiesa que también compró y compra discos por la carátula y, como ejemplo, muestra la foto de una pantera negra que ilustra el álbum Tomcattin de Blackfoot, un grupo de hard rock de la década del 80. “Sabía de este grupo pero nunca lo había escuchado. Un día me encuentro con este disco, veo la tapa, que dice mucho lo que iba a escuchar. Las buenas tapas te anuncian lo que contiene el disco”, comenta.
Entre la infinidad de vinilos de su impresionante colección se encuentran auténticas joyas y rarezas, ediciones importadas originales o nacionales de la época como El león de Manal, de 1971, que está autografiado por sus tres integrantes; Live in Wien de Astor Piazzolla y su Quinteto Tango Nuevo, un LP editado en Viena en 1984, que prefiere no confesarnos cuánto dinero le costó “porque puede ser causal de divorcio”. También menciona la edición original de Music from the Body de Ron Geesin y Roger Waters de 1970.
Las mudanzas no sólo fueron motivo para perder algunos discos, también tuvo que desprenderse de algunas joyas musicales para hacer frente a situaciones económicas apremiantes. “He tenido que vender algún que otro disco, fueron momentos de mucho dolor pero con el tiempo los fui consiguiendo, como por ejemplo uno de Fleetwood Mac”, describe.
Hace unos años atrás parecía que la historia ya había sepultado a los vinilos, primero a causa de los casetes, luego del CD y más recientemente por el MP3 y Spotify. Pero en los últimos años, renacieron de la mano de coleccionistas y melómanos. “El MP3 o la computadora llevó a la gente a escuchar mal. Los sonidos en esos soportes no tienen nada que ver con la profundidad del sonido que sale de una bandeja”, reflexiona.
Sabemos los discos que tenemos y los que nos faltan. Somos como curadores de nuestra propia colección de vinilos”.
Primera feria de vinilomaníacos
El próximo domingo de 16 a 22, el Club YPF de la calle Olascoaga 1470 será sede de la Primera Feria de Vinilos organizada por Ring Wear Club.
El encuentro, con entrada gratuita, contará con la presencia de feriantes de Neuquén, La Pampa, Río Negro, Buenos Aires, Córdoba y también de Chile.
“Estoy buscando este disco” es el slogan de este primer encuentro de vinilomaníacos, organizado por este grupo recientemente conformado.
“Los discos nos juntan”, afirma Carpo, uno de los integrantes de Ring Wear Club.