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Lola Mora: la famosa escultora argentina y el escándalo de las Nereidas

La artista fue juzgada por retratar cuerpos desnudos para su reconocida fuente, que fue trasladada de su destino original hacia otro menos visible.

Agosto de 1902. El barco que atracó en Buenos Aires traía las esculturas para una nueva fuente, diseñada especialmente para emplazarse frente a la Catedral Metropolitana. Las tallas de piedra llegaron en bloques y protegidas de los fragores del viaje. Cuando les quitaron las protecciones que las cubrían, las estatuas fragmentadas anticiparon el escándalo: eran cuerpos humanos completamente desnudos.

La sociedad de la época se espantó con la posibilidad de que esa muestra de impúdica desnudez se pavoneara frente a un templo católico. Y también les molestaba el cincel que las había tallado: una mujer rara, de manos toscas, que no acataba las reglas escultóricas y prefería trabajar con pantalones.

Las manos que manipulaban ese cincel sobre el mármol de carrara eran las de Lola Mora. O Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández, como decían sus documentos. Una mujer de 36 años que entregaba a la capital argentina, quizás sin saberlo, la que sería su obra maestra: la Fuente de las Nereidas.

Lola prefería mostrar a las mujeres al natural. Tallar en el mármol los pliegues de sus cinturas, las imperfecciones de sus rostros, la asimetría de sus pechos. Pero los altos sectores porteños no. Para ellos, los desnudos no eran dignos de estamparse para siempre en una fuente. Eran algo prostibulario, pornográfico, clandestino.

“Yo no he cruzado el océano con el objeto de ofender el pudor de mi pueblo; me horrorizaría pensar que alguien haya imaginado semejante cosa”, dijo Lola entonces. “Lamento profundamente lo que está ocurriendo, pero no advierto en estas expresiones de repudio -llamémosle de alguna manera- la voz pura y noble de este pueblo. Y ésa es la que me interesaría oír; de él espero el postrer fallo”, afirmó.

Pero esa voz pura y noble del pueblo quiso quedarse callada. Y a Lola le llegó su castigo por haberse animado a tanto. Sus nereidas ya no tenían lugar frente a la Catedral y fueron reubicadas, lo más lejos posible de la Casa Rosada.

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La fuente de las Nereidas en su destino final: la Costanera Sur.

El primer destino fue la Plaza Colón. En mayo de 1903, Lola fue la única mujer presente en el acto de inauguración, junto a un puñado de funcionarios y las bandas militares que musicalizaron la jornada. Las damas porteñas demostraron, con su ausencia, su repudio a un acto tan libidinoso. Pero una muchedumbre se acercó a ver la obra final, con el morbo de conocer cuál era la causa del escándalo.

Las presiones seguían atacando a Lola y a sus nereidas. Se supo que la obra se había tallado en Roma, en donde la artista estudiaba tras haber obtenido una beca del gobierno argentino. También, que el encargo del intendente de la ciudad de Buenos Aires, Adolfo J. Bullrich, no había pasado por el Concejo Deliberante. Y que la propia Lola había supervisado la llegada de los bloques en el barco, recorriendo los andamios en pantalones.

La sociedad de principios de siglo llegó a poner en duda la capacidad de la escultora. Cuestionaron que la obra no había sido elaborada por Lola sino por sus ayudantes varones, en su taller de Roma.

Las autoridades porteñas cedieron ante el reclamo de ocultar aún más esa fuente. En busca de un lugar más profano e impudoroso, optaron por la Costanera Sur, donde los cuerpos sin ropa no causarían tanto escándalo. Por ese entonces, el sector portuario se estaba urbanizando, y se consideraba muy lejano a la Catedral.

A pesar de su castigo, la artista prefirió no regresar a Roma. Se quedó en su país y unos años después, cuando tenía 42 años, se casó con Luis Hernández Otero, un empleado de la Legislatura que era 17 años más joven que ella. Afirman que se conocieron cuando la escultora trabajaba en la fachada del edificio donde él cumplía sus funciones, y hay otros que suponen que él había sido su alumno.

La pareja no fue feliz y, cinco años después, él decidió irse. Atrás habían quedado los años dorados de Lola, que comenzaron cuando pintó retratos de veinte funcionarios tucumanos en carbonilla , siguieron con su beca para estudiar escultura en Roma y con una serie de numerosos encargos que demostraron su invaluable talento: realizó el busto de Julio A. Roca, los sobrerrelieves para la Casa Histórica de Tucumán y cuatro estatuas para decorar el Congreso Nacional. Hasta le ofrecieron tallar a la Reina Victoria y al zar Alejandro I, pero rechazó las propuestas porque le exigían adoptar la nacionalidad de esos países.

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Retrato de Lola Mora.

Tras el escándalo de su fuente y el fracaso de su matrimonio, Lola se sumió en una suerte de ostracismo. Decidió abandonar su amor por la escultura y emprendió proyectos nuevos. Sus ansias creativas no parecían detenerse y patentó varias invenciones vinculadas al cine y la proyección de películas, que no prosperaron por la falta de una base científica.

También financió una campaña para explorar recursos petroleros en las selvas salteñas, de donde provenía su familia. Sin embargo, el proyecto fracasó y dejó a la artista sumida en la pobreza. Como urbanista, presentó proyectos del trazado del subterráneo en Buenos Aires, y fue contratista de un tendido ferroviario donde hoy pasa el Tren de las Nubes.

A principios de los años 30, regresó a Buenos Aires, donde quedó al cuidado de sus tres sobrinas. Le costaba caminar, divagaba y perdía el conocimiento. Tampoco tenía fondos para cubrir sus gastos, pero unos años más tarde recibió una pensión por parte del gobierno en reconocimiento a su obra.

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Lola Mora en su taller.

En 1935, sufrió un ataque cerebral que la dejó postrada y con dificultades para respirar. Casi un año más tarde, Lola falleció en Buenos Aires. El día de su muerte, los diarios la rescataron del olvido y la ingratitud de las que fue víctima.

"El decidirse por el arte, ya había significado una proeza, recordemos la fecha de sus comienzos y su actuación inicial. Mujer y escultora parecían términos excluyentes. Los prejuicios cedieron, sobrepujados por la evidencia de su obra”, escribieron en La Nación.

"Siempre nos sorprende la tragedia del talento olvidado. Ahora más, al herir a una mujer, a la primera mujer argentina, cuya vocación supo afrontar las dificultades del mármol, los laboriosos primores del modelado de la arcilla", se imprimió en Caras y Caretas.

Tuvieron que pasar muchos años para que la belleza de las nereidas venciera al recato del público. Un decreto presidencial de 1997 le otorgó el carácter de Bien de Interés Histórico Artístico Nacional y cada 17 de noviembre, los escultores celebran en su memoria.

Sin embargo, fueron pocos los que comprendieron durante su vida los rasgos de vanguardia brutalista que se colaban en sus cinceladas y su gusto por mostrar el cuerpo sin pudores, sin coberturas, sin retoques.

Pero el espanto de 1900 por los bloques que bajaron de Roma y la admiración de los porteños de hoy por la fuente de la Costanera Sur hablan sobre ellos mismos, y no sobre Lola. “Cada uno ve en una obra de arte lo que de antemano está en su espíritu; el ángel o el demonio están siempre combatiendo en la mirada del hombre”, decía Lola Mora.

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