Las teorías, fundamentadas en muchos casos respecto de los perjuicios de habitar en estos lugares, apuntan a la falta de contacto con lo que puede entenderse como el "mundo real". En esa línea de análisis se ubica a los niños como los más afectados, bajo el argumento de que no se desarrollarán en un centro urbano abierto y que eso los alejaría de una visión mucho más abarcativa de las cosas.
La razón o el origen de por qué mucha gente, con ciertas condiciones económicas, elige los barrios cerrados es mucho más elemental: se buscan más y mejores condiciones de seguridad.
Hay emprendimientos, como Nordelta y otros de la provincia de Buenos Aires, que casi se pueden considerar ciudades cerradas, con escuelas, iglesias, clubes y centros comerciales. Ese estilo de vida, cercano a una especie de The Truman Show, está lejos de parecerse a las características que hoy Neuquén ofrece en cuanto a sus barrios cerrados.
Sin embargo, sobresale un denominador común, asociado a la premisa de que esa percepción de "tranquilidad", que aleja todo peligro, es más importante que cualquier otra cosa. Y allí mueren todas las teorías y los efectos no deseados de un fenómeno que bien podría engrosar un tratado de sociología.