Probablemente el conflicto con el personal autoconvocado de salud sea el peor de los escenarios que el gobernador Omar Gutiérrez haya imaginado, por sus consecuencias e impacto, en lo que va de su gobierno. Y seguramente quedará como el más complejo de esta, su segunda y última gestión al frente del Ejecutivo de Neuquén.
Será el más complejo por el impacto que la crisis ha tenido a nivel provincial, nacional y también internacional, toda vez que en Chile se iniciaron acciones diplomáticas esta semana en favor de los camioneros de ese país varados en la cordillera neuquina con mercadería esencial para los ciudadanos trasandinos.
La irrupción de los autoconvocados supuso, además, un quiebre en las lógicas de administrar conflictos con gremios estatales con los cuales los gobiernos del Movimiento Popular Neuquino cargan pesadas peleas, algunas con dolorosas cicatrices, desde Felipe Sapag hasta el actual. Pero en este caso, Gutiérrez (siempre atento al devenir) pareció no calibrar la dimensión real de lo que se le venía encima.
Es que los liderazgos dentro de los gremios también quedaron desacomodados por la incapacidad de atender las demandas de supervivencia de sus afiliados, especialmente en ATE, cuya población de representantes es tan amplia como diversa dentro del gigantesco aparato de la burocracia.
No hay que olvidar que siempre los hospitales fueron una piedra en el zapato para los caciques estatales, incluso durante los mejores días de Julio Fuentes con el combativo Chato Álvarez haciéndole sombra en el Castro Rendón, en épocas donde el sistema sanitario todavía conservaba algo de los lejanos días de gloria del Plan de Salud.