Una nueva especie de robots está desarrollando un lenguaje propio para comunicarse al margen de las personas, incluso de quienes los han creado. Hasta ahora, diversos experimentos habían demostrado la capacidad de las máquinas para aprender los idiomas humanos. Sin embargo, este ensayo va mucho más allá y dota los sistemas de inteligencia artificial de la habilidad para entenderse de manera autónoma, con total independencia. Los científicos, que hasta ahora no habían explorado esta línea, consideran que puede complementar los avances anteriores.
Los responsables son Igor Mordatch y Pieter Abbeel, ambos al servicio de OpenAI, un laboratorio impulsado, entre otros, por el fundador de Tesla, el popular inventor y empresario Elon Musk. El primero, Mordatch, que estudió en Stanford y Washington, comenzó su carrera como animador. Pasó un tiempo en Pixar y contribuyó con el éxito de Toy Story 3. De ahí su interés por facilitar que los robots se muevan como la gente. Su colega Pieter Abbeel, profesor e investigador de la Universidad de California Berkeley, es el responsable de numerosas herramientas de inteligencia artificial en las que se combinan la enseñanza y la experiencia profesional.
Ahora ambos publicaron un artículo en el que describen cómo crear mundos virtuales en los que el software se las ingenie para originar un lenguaje. Una de las claves de su iniciativa está en el hecho de que las máquinas dan este paso por la misma razón que las personas empezaron a hablar y usar gestos: necesidad. En principio, este universo es sencillo y consta de un cuadrado blanco en dos dimensiones poblado por bots con formas simples, como círculos verdes, rojos o azules. Sin embargo, todo se complica cuando estos habitantes tienen que colaborar para completar las tareas que se les encomienda.
A partir de este punto, descubrieron por su cuenta qué hacer y cómo llevar a cabo estas acciones, con una técnica similar a la de AlphaGo, el programa de DeepMind, de Google, que descifró los secretos y la manera de ganar en el milenario juego chino denominado go. La explicación es fácil; la app, compleja. La evolución se basa en ensayo y error. Si una decisión se revela correcta, continúan. En caso contrario, ya saben qué es lo que no deben hacer. De igual modo construyen su idioma.
La sofisticación de la idea de Abbeel y Mordatch es máxima y llega al extremo de propiciar que los bots, además de conversar, intercambien gestos. Gracias a esto pueden guiarse como lo hacen los bebés. La intención es que, como los niños, el software vaya creciendo y mejorando.
Una tendencia distinta a la de Silicon Valley
Si los bots se cuentan los unos a los otros cómo ir a parar a los sitios que les interesan dentro de su mundo, podrán ayudarse más rápidamente, aunque este modus operandi se aleje de los métodos seguidos mayoritariamente en polos de innovación como Silicon Valley, donde se suele buscar que los robots imiten el lenguaje humano. Acá hay que situar las labores sobre redes neuronales profundas. Hoy, los sistemas artificiales son capaces de reconocer objetos en fotografías, identificar comandos orales en smartphones o comprender significados complejos. Facebook, Microsoft, Apple y Google se valen de estas herramientas desde hace tiempo y con toda normalidad.