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Por Fabián Cares - Especial
Desde siempre, cuando una cantora alza la voz y rasga su guitarra salen melodías cargadas de sentimientos: amor, pena, dolor, esperanza, sufrimiento. Canta todo lo vivido y padecido en el campo de invernada o de veranada. En ese canto está también la milenaria trashumancia con sus animales, su familia, su vida. En el canto de las mujeres campesinas se unen miles de fiestas familiares y religiosas. En su canto están la esencia y el acervo cultural puro del habitante del norte neuquino.
Esa es la historia de Mercedes Muñoz, quien desde que nació viene pregonando la abundancia y riqueza de este patrimonio cultural único. Ya han pasado siete décadas en las que, con pasión, orgullo y pertenencia, viene relatando los avatares de la vida de campo adentro. Mercedes, al igual que más de treinta cantoras que aún conservan los valores culturales de una herencia de saberes del maravilloso norte neuquino, tuvo la oportunidad de que sus cuecas y tonadas quedaran grabadas semanas atrás (en un trabajo de Cultura de Provincia) en soportes de audio y video que servirán para que las actuales y futuras generaciones se impregnen con la música que inspira y refleja la sabiduría de estas mujeres campesinas.
Mercedes canta desde que tiene uso de razón y la principal fuente de inspiración y motivación fue su madrina, Jovita Laura. Se crió en medio de las costumbres de campo, escuchando a las cantoras. A los 9 años ya “charangueaba una guitarra de palo” que le fabricó con mucho amor su abuelo Froilán Moreno con algunas cuerdas de alambre. “Era una tablita cualquiera con unas pocas cuerdas de alambre”, dijo doña Mercedes sobre esa guitarra con la que empezó a abrazar esta forma de cantar y de vivir. Recuerda que cada vez que pasaba con su mamá por la casa de su madrina Jovita, ella siempre le preguntaba: “¿Se acuerda el canto, mi chiquilla, o ya se le olvidó?”.
Mi abuela me quería mucho y siempre me decía: ‘Va a ser una buena cantora, va a cantar mucho y por todos lados y la gente la va a buscar'
Por aquellos años en los que se sembraba mucho, se cosechaba trigo y se hacían lindas trillas, su madrina la animó a cantar. “La gente hacía parvas bien altas como una casa. Era lindo ver cómo los caballos pisoteaban las gavillas para separar la paja del grano. Como costumbre, nosotros nos encaramábamos en el copete de la parva y allí nos poníamos a cantar. Yo con mi guitarra de madera y mi madrina con su guitarra buena. ‘Cante, mi chinita’, me decía, y yo le echaba un pedazo de una canción y un pedazo de otra, pero el cuento era que yo cantaba”, relata Mercedes con una sonrisa. “Mi abuela me quería mucho y siempre me decía: ‘Mi chiquilla, va a ser una buena cantora, va a cantar mucho y por todos lados y la gente la va a buscar”, señaló.
Con los años este deseo comenzó a ser realidad ya que era frecuente verla a Mercedes cantar en los casamientos, en las trillas y en las fiestas de los santos, aunque nunca le gustó cantar en los velorios de aquellos angelitos que partían antes de tiempo. “No me aguantaba la pena”, reconoce.
Una vida de campesina
Mercedes nació un 16 de abril de 1945 en el paraje El Malal y gran parte de su vida la desarrolló en La Laja, muy cerca de Las Ovejas. “Quedé sola en el mundo, mis hermanos se me murieron”, dijo mientras intentaba ocultar un par de lágrimas. José Guillermo era el mayor y Juan Aldo, el menor. “Mi hermanito querido se me nevó en Piche (Pichi Neuquén Norte)”, contó con más tristeza aún.
Su mamá se llamaba María Leonor Muñoz y a su papá lo alcanzó a ver y a tratar muy poco. “Mi mamá me dio el apellido y todo un legado de cómo trabajar y ganar lo propio con mucho sacrificio, siempre al amparo de Dios”, rememora.
En esos tiempos difíciles de infancia y con climas extremos en frío o calor debía atravesar toda la pampa para llegar muchas veces en “chalas” (calzado de cuero atado con tientos) a la antigua escuelita de la EPEA en Las Ovejas. “Me ponía las chalas bien apretaditas en la mañana, arregladita y con una carterita de cuero donde llevaba los cuadernos me iba a estudiar”, cuenta con orgullo el sacrificio que hizo para aprender. Con los años contrajo matrimonio y con su esposo Juan de Dios Candia le entregaron 10 hijos a este pedacito de tierra neuquino. Después la vida los llevó por distintos caminos pero nunca abandonaron el amor por sus hijos.
Supo tener un importante capital en ovejas, con el tiempo vendió la mayoría y algunas otras las dejó a cuidado. Ahora en su campo en el paraje La Laja tiene vacas y sigue realizando las actividades de campo de toda su vida: cortar leña, montar a caballo, rodear las vacas. Cada tarde, al caer el sol, como una tradición, Mercedes toma su guitarra y con su voz particular sigue desparramando sus tonadas que vuelan por el tiempo, acarician los recuerdos de su pasado y bendicen su presente al pie de la majestuosa Cordillera del Viento.