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Esta fatal historia tiene como protagonistas al ecologista autodidacta y documentalista norteamericano Timothy Treadwell, de 46 años, quien llevaba trece temporadas acampando en el mismo Parque Nacional Katmai, en Alaska, Estados Unidos, pero ese 5 de octubre de 2003 cometió una imprudencia que terminó con su vida y con la de su novia Amie Huguenard, de 37 años, quien lo acompañaba: un oso los devoró en 6 minutos.
Timothy sentía que ya dominaba por completo la zona, conocía a los feroces osos grizzly (osos grises, una subespecie de los osos pardos que pueden superar los 500 kilos de peso y que erguidos llegan a medir casi 3 metros) y se sentía “amigo” de ellos. Año a año, había comenzado a confiar más en sus habilidades dentro de la naturaleza y en la relación con estos animales salvajes. Durante las tres últimas temporadas, compartió su pasión con su novia, pero jamás pensó que ese maravilloso verano del 2003 terminaría con ellos despedazados dentro del estómago de uno de esos osos gigantes.
Amie y Timothy llegaron en junio de 2003 en un hidroavión taxi y se pasaron el verano boreal recorriendo y filmando estos animales en el parque. Luego de unas semanas, Amie volvió a California por su trabajo y retornó en septiembre al Parque Katmai para acampar con su novio en la zona de la Bahía Kaflia.
La idea era volver a California juntos el 26 de septiembre, pero cuando llegaron al aeropuerto Timothy descubrió que los tickets estaban carísimos. Discutió con su agente de viajes. “No puedo creer que nos vayamos”, le dijo triste a Amie. Conversaron y decidieron volver al parque y quedarse siete días más. El 29 se subieron una vez más al hidroavión y acuatizaron en Kaflia Bay.
Timothy siempre se saltaba las reglas y ahora estaba desafiando la que sostenía que el otoño es la estación más crítica y peligrosa con los osos. Los animales están justo alimentándose para generar todas sus reservas para el duro invierno. Timothy no temía a sus animales. Llegaron y armaron las dos carpas azules: una para ellos, otra para las provisiones.
Cuando Willy Fulton, el piloto que debía buscarlos con su hidroavión para la primera etapa de su viaje de regreso, llegó a Bahía Kaflia el 6 de octubre de 2003, se encontró con la peor escena posible. Timothy le había pedido que los buscara a las 14 horas. Willy llegó antes, cerca de las 13.
Willy abre la puerta y llama a Timothy a los gritos. Como no hay respuesta, baja del avión y empieza a caminar entre la vegetación hacia el campamento. De pronto escucha moverse algo entre los árboles. Lo recorre un escalofrío. Percibe que algo no está bien. “Tuve una sensación muy extraña”, diría más tarde.
Con resquemor vuelve sobre sus pasos, salta dentro de su avión y cierra la puerta. Desde allí se sorprende cuando ve a un enorme oso yendo por el camino por donde acaba de pasar él. Estuvo al borde, piensa. Todo huele mal. Despega y sobrevuela el área, lo más bajo que puede… De golpe lo ve. Ahí está el gran oso comiendo algo que parece un costillar, saca pedazos de lo que podría ser un torso humano. Asqueado vuela unas quince veces sobre el área para intentar espantar al animal, pero solo logra que este coma más rápido.
A las 13.35 llama desde su teléfono satelital a los guardaparques. Contesta el ranger Joel Ellis quien le pide que se aterrice en un lugar donde no corra riesgos, y los espere. Ellis y dos guardaparques más se suben de inmediato a un avión Cessna 206 y se dirigen hacia el lugar.
Aterrizan a las 16.26. Junto con Willy se acercan al campamento situado a unos 300 metros. Van gritando los nombres de la pareja. Si el que está muerto es Timothy, puede ser que Amie aún esté viva. La visibilidad es pobre y la vegetación muy alta. Cuando ya están cerca, advierten que de una pila de restos y ramas sobresalen unos dedos. Un gran oso está sentado encima y engullendo.
El animal los ve, pero no se espanta con los gritos. En otro rincón, como escondido para ser comido más tarde, encuentran a Amie. Su rostro parece dormido, pero es todo lo que hay de ella. La cara. El oso está visiblemente agresivo. Los rangers disparan. Ellis aprieta el gatillo once veces; los otros dos, cinco veces cada uno.
El oso furioso y erguido llega casi a los tres metros de altura, pero la lluvia de balas consigue tumbarlo. Aparece otro oso más pequeño y también le disparan.
Disipado el peligro inmediato, avanzan unos metros más y llegan al campamento. Las dos carpas están destrozadas. Hay cosas tiradas por todos lados. Unos metros más allá está la cabeza de Timothy todavía unida a un pedazo de su columna vertebral. Al lado, su brazo derecho tiene en su muñeca el reloj imperturbable que sigue marcando la hora.
Los pocos restos humanos son puestos en bolsas de plástico y enviados a los peritos. También los del oso van a ser estudiados bajo la dirección del biólogo Larry Van Daele. La necropsia del llamado “oso 141″ es clara: en su estómago hallan retazos humanos y ropa desgarrada. Calculan que el animal habría tenido unos 28 años.
Los médicos forenses quedaron impactados por lo poco que recobraron de los cuerpos y por el video con el que compaginaron los hechos. Uno reconoció, en un documental, que escucharlo le puso los pelos de punta. Entre las cosas que las autoridades recogieron en el campamento atacado encontraron los diarios de las víctimas y una cámara de video con la tapa puesta sobre su lente.
Ahí había un testimonio auditivo, sin imágenes, del horror. Eran los seis minutos de audio finales.
El domingo 5 de octubre, el día previo a partir, Timothy llamó temprano a Willy Fulton para que los buscara pasado el mediodía del lunes 6. Sin embargo, Amie había escrito en su diario: “Hay un sentimiento en el aire que me hace sentir, por alguna razón, un poco preocupada. Incluso Timothy lo está un poco…”.
No se equivocaba. Algo cambia esa noche en la reserva de 16500 km cuadrados. En medio de la oscuridad, un macho enorme desesperado por alimentarse, se acerca al campamento. Ellos lo escuchan. Uno de los dos, no se sabe quién, enciende la videocámara, sin quitar la tapa del lente, que queda grabando audio sin imagen.
Timothy y Amie están muy quietos. Timothy decide salir y enfrentar al oso como lo ha hecho otras veces, mueve sus brazos como para aparentar ser más grande de lo que es. Dentro de la carpa Amie escucha revuelo y le pregunta si el oso está allí todavía. De pronto, el animal ataca.
Timothy dice que el oso lo está matando y que se lo lleva. Amie abre el cierre de su carpa y vocifera, a su vez, desesperada el protocolo para estos casos: “¡Hacete el muerto! ¡Hacete el muerto!”. Sus gritos distraen al oso que suelta por unos instantes a su presa. Cuando ella corre para intentar ayudar a Timothy, el oso vuelve y toma la cabeza de él entre sus mandíbulas y lo arrastra unos metros más. Ambos chillan. Ella le grita que se defienda; él le responde que lo golpee con algo. La lealtad Amie es total, no escapa. Golpea repetidamente con una sartén al oso mientras le grita: “¡Fueraaa! ¡Fueraaa!”
Timothy gime y le dice a su novia que está muriendo, que se vaya de ahí, que escape. Timothy todavía está consciente. Pero Amie no lo deja. El oso suelta su cabeza y lo agarra de las piernas. Sigue tirando de él hacia el bosque mientras jadea y ruge. En un momento, Timothy queda en silencio. Amie percibe que ahora está sola frente al animal salvaje quien vuelve por ella sin darle tiempo a nada. Comienza a gritar enloquecida. Sus alaridos que rasgan la paz nocturna del parque.
El aberrante hecho fue llevado a l cine, con la película documental “Grizzly man” (El hombre Grizzly), dirigida por el cineasta Werner Herzog, quien en el año 2005 reconstruyó los últimos días de la pareja en el parque y recogió testimonios de sus conocidos. Fue el mismo Herzog quien le recomendó a Jewel Palovak destruir esa perturbadora cinta de audio y no escucharla jamás. También le dijo que evitara ver las fotos con las que habían documentado la escena.
Jewel le hizo caso en parte. No escuchó el audio, pero no lo destruyó. Trascendió que lo habría depositado en la caja de seguridad de un banco. Lo cierto es que acceder a versiones no confirmadas de dicho audio por YouTube resulta fácil.