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99 años y un sin fin de historias en la policía de Neuquén

Hipólito Bastías recordó anécdotas en distintos puntos de la provincia, en tiempos en los que su única movilidad a caballo.

Erguido y prolijo, Don Hipólito Bastías aguarda expectante la entrevista. Desde la cocina de la vivienda de su hijo Juan Carlos, "él único que no le salió policía", repasa mentalmente las anécdotas que tiene para contar, mientras observa unas fotos antiquísimas en blanco y negro, reservadas para la ocasión.

Hace unos meses un golpe en la cadera lo dejó en silla de ruedas, de la que espera pararse pronto para continuar disimulado sus 99 años. Una sordera lo tiene a mal traer, pero el apuntalamiento de Juan Carlos y Miriam, su nuera, hace que todo sea más llevadero.

Clase 1924, Hipólito nació en El Huecú y se crió en el seno de una familia de crianceros. Sus padres, Simón Bastías y Paulina Ávila, siguieron la tradición de la época de mirar el almanaque para elegir su nombre y el San Hipólito marcado el 13 de agosto, les cerró.

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Veinte años después el llamado al Servicio Militar comenzó a signar su destino que ya se venía perfilado con su pertenencia a una familia con tradición policial. Su padre, su hermano y más tarde sus hijos, sobrinos y nietos se unieron a la fuerza. Algunos siguen prestando servicio en la actualidad.

Tras la experiencia en la Quinta Sección de Exploradores de Baquianos del RIM 10 de Covunco, Hipólito formó una familia en la localidad de Zapala, donde nacieron sus cuatro hijos. Trabajó de peón en distintos lugares hasta que el jefe de la comisaría del lugar, comisario Moriconi, le ofreció ingresar a la Policía valorando su instrucción militar. Con el aliento de su hermano que ya era agente, aceptó y se traslado a capital para hacer el curso inicial, por lo que debió dejar a su familia por un par de meses, pudiendo comunicarse solamente por carta.

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"Cuando llegué éramos 30 aspirantes, para todas partes necesitaban. Vino el jefe de policía y preguntó quién había hecho el servicio militar. En un momento dice 'qué manga de borrachos han entrado a la policía' y me dieron ganas de pegar un paso al frente. Luego dijo 'todos los que han hecho el servicio militar se quedan en la formación, los otros dan un paso al frente'. Y lo dieron casi todos. Los mandó a Bomberos. Yo quedé con un grupo para que nos enseñen el manejo de armas y me nombró a mi como responsable de personal", recordó sobre sus inicios en la institución.

Una vez terminado el curso, Hipólito logró ser destinado a Zapala, donde lo esperaba su familia. Allí permaneció unos 7 años con el rango de oficial de parte diario y sargento primero. "Yo era rápido y me tenían confianza", dijo antes de remarcar junto a su hijo que en aquellos tiempos la fuerza contaba con muy pocos recursos, por lo que toda diligencia se hacía a caballo. Kilómetros cabalgando, para concretar citaciones, censos y otros encargos. Jornadas y distancias largas en las que se pasaba la noche en algún refugio natural improvisado, durmiendo a la intemperie sobre la montura.

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Para estar cerca de su padre, avanzado en edad (longevo como él, murió a los 105 años), Hipólito pidió el pase a Mariano Moreno, localidad que lo recibió después del desafío de trasladar a un peligroso detenido de Andacollo.

"Lo traían esposado y encadenado. En Zapala quedó una noche. Al otro día salía en tren", contó. "Prepárese que mañana se va a Neuquén", fueron las órdenes que aún resuenan en su memoria. "Cuando me lo entregaron, me pidió que le aflojara un poquito las esposas. Como vi que era un hombre manso, se las aflojé. Lo entregué a jefatura y me dieron una nota. Me quedé un día en Neuquén y a la noche me fui a Zapala. Allá me dijeron que por haber llevado a ese preso tan peligroso, me daban el traslado a Mariano Moreno", relató.

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"Allá era todo a caballo, no se andaba a pie. Todo era recorrida", comentó, a lo que hijo contextualizó: "En el 52', 53', era un pueblo muy pobre y chico con muchos puestos de crianceros". "En cada procedimiento era 'buscalo a Bastía'. A mi nunca me pasó nada, gracias a Dios, me salía todo bien", dijo antes de recordar la noche en la que mataron a la hija del sargento primero y él tuvo que salir a la búsqueda del femicida.

"La mató el marido. Eran casados, pero andaban aparte. Era gente que tenía mucho capital de animales. La mató y se fue a la casa del padre para pedirle el revolver, pero no se lo quiso pasar para que no mate a un policía. Nosotros salimos a caballo y en una parte que se llama Tres Puntas nos vio, así que volvió para atrás y se ahorcó. El cuerpo aún se movía cuando llegué yo", contó.

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Esa no fue la primera ni al última vez que Hipólito le tocó ser el primero en arribar a un escenario atroz, aún en carne viva. Años después, a tres días de llegar a Plottier, el destino donde finalmente se retiró, fue el " primer consigna" en una famosa matanza de dos cuadrillas de hacheros chilenos "que se desconocieron" en medio de la faena, después de unos cuantos tragos. "El primer consigna significa que fue el primer policía que llegó al lugar", aclaró su hijo. "Se encontró con una escena horrible", agregó.

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"Yo fui a hacer el procedimiento solo. Había varios muertos y los que avisaron quedaron detenidos. No llegaba la comisión y en eso yo sentí que en una casa había un hombre. Entré y lo encontré abajo de la cama, apaleado, tenía la cabeza hecha pedazos. Así que agarré, lo saqué y lo pude poner en una camioneta que llegó después para que lo lleven al Hospital, no quería él. Se habían agarrado porque discutieron por quién era el mejor hachero", señaló.

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Más allá de la adrenalina y las cruentas imágenes que pasaron por su retina, Don Hipólito sostuvo que "nunca tuvo miedo". "Me dejaron solo en la subida de la barda de Plus Petrol. Ahí estuve solo una noche hasta la 1 de la mañana, que vino el relevo. Pero yo no conocí el miedo", recalcó. "Ahí se mató un muchacho que cayó de la torre, un petrolero, y ahí también él fue el primer consigna", comentó su hijo.

Luego de advertir que "antes se respetaba mucho a la policía", Hipólito remarcó que siempre se sintió reconocido como referente y querido por sus jefes y compañeros. "Me preguntaban cómo tenían que hacer las cosas, me gustaba mucho mi trabajo. Muchas veces me llamaban cuando estaba de franco para resolver algo", dijo antes de expresar su emoción y orgullo de que buena parte de sus descendientes hayan sido parte de la fuerza, además del sentido de pertenencia que tiene todo el grupo familiar con la institución.

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Mientras muestra la antigua placa de su padre en la que continúa brillando el número 332 de su legajo, Juan Carlos contó que si bien le hubiera gustado seguir los pasos de Hipólito, se le dieron otras oportunidades laborales con mejor retribución económica de la que ofrecía la institución policial en su momento.

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"El cuenta anécdotas y se emociona. Lleva con mucho orgullo el haber sido policía y eso nos transmitió a nosotros", manifestó luego de revelar que recién siendo grandes sus hermanos y él se enteraron detalles de la labor de su padre y los episodios cruentos que presenció. "Con sus cosas de policía fue muy hermético. A lo sumo le contaba a mi madre y quedaba ahí", sostuvo ponderando el esfuerzo de Hipólito y las decisiones que fue tomando en pos de la familia. "En nuestra época la primeria era hasta sexto grado, por eso él pidió el pase a Plottier, para que nosotros pudiéramos estudiar", resaltó.

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"Yo no quería retirarme, tenía ganas de quedarme un año más", agregó sobre el final de la charla Don Hipólito, al recordar junto a su hijo que fue su pareja quien puso el límite sabiendo que la demanda laboral incluía en varias ocasiones las jornadas de descanso. Aún así, ya retirado, durante un buen tiempo continuó levántándose temprano para acicalarse y visitar a sus compañeros de la fuerza.

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