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La mitad de los argentinos elegirá presidente convencidos por la positiva. La otra mitad optará por el mal menor. ¿Habrá final feliz?
Muchos electores dejarán en este balotaje el corazón en la urna, totalmente comprometidos con una u otra opción. Son aquellos que ven a Sergio Massa o a Javier Milei como líderes de la nueva Argentina. En sus espacios políticos, no dudan que uno u otro tiene la capacidad de frenar el deterioro económico e institucional que ya lleva décadas en nuestro país. Son dos núcleos duros ideológicamente distintos, que ven líderes con la capacidad para devolvernos la dignidad internacional que poseíamos a principios del siglo XIX y con la capacidad para convencer a nuestros hijos de que su mejor opción de futuro no está “cruzando el charco”.
Ese núcleo duro no representa mas del 50% de los votantes que eligieron a los finalistas de manera anticipada en las elecciones PASO.
La otra mitad de votantes no quiere ni confía en ninguno de ellos y configurará su voto en base a un dilema: situación que presenta dos opciones opuestas, pero igualmente malas. La resolución de dicho dilema, se definirá al interior del dudoso elector mediante la pulseada de dos sentimientos que como nunca están a flor de piel en nuestro país: el odio y el miedo.
Javier Milei ha sido quizás la persona más nombrada de nuestro país durante este año. Sus expresiones viscerales canalizaron el odio popular hacia la clase política con gran efectividad. Desde Domingo Cavallo y Carlos Menem, es sin dudas el enemigo más grande contra las miserias del Estado y la inflación en nuestro país, reconocimiento que Mauricio Macri falló en obtener y que justifica gran parte del deterioro de su espacio político CAMBIEMOS. Gane o pierda, Milei penetró hábilmente en los medios de comunicación y redes sociales, ganando de la noche a la mañana una increíble prédica mediante la que ha reducido significativamente la tolerancia por la impunidad que los políticos tenían a la hora de endeudar al pueblo para financiar sus gobiernos.
Sergio Massa, quien hasta mediados de año parecía solo un político lobista y “gambeteador”, sorprendió cuando dio un paso al frente y se hizo cargo de una imposible situación. A comienzos de este año, el 80% del electorado quería un cambio y miraba muy negativamente a este gobierno. Numéricamente, no había chances de que un espacio político de centro izquierda gobernara el país a partir del 10 de diciembre. Con estrategia, discursos certeros y cautelosos, Massa logró diferenciarse del kirchnerismo, pero sin denostarlo, y consiguió así todo su apoyo. También logró diferenciarse de Javier Miliei, mostrando que él tiene cualidades personales dignas de un profesional de la política de primera categoría y dando a entender que, si obtiene la victoria, podrá usarla en favor de los argentinos. Gane o pierda, Sergio Massa logró el milagro de convertir a un espacio político prácticamente muerto en uno competitivo y motivado.
También hay quienes votan motivados por el enorme miedo a las desconocidas ideas ultra liberales que no se han puesto en práctica en ningún lugar del mundo y que, si son aplicadas en un país con endeble desarrollo como el nuestro, pueden ser capaces de dañar el tejido social a un punto que se pueda romper el orden político e institucional. El miedo a un político desconocido que, sin experiencia, sin equipo y con formas violentas en contra de la casta política, el Papa, los periodistas, los keynesianos y todo aquel que piense distinto que él, recientemente se ha fundido en un dudoso y contradictorio abrazo con la política que tanto denostó en el pasado, dejando así de ser el “León” enfurecido e implacable que despertó tantas pasiones, para mutar en el último debate a “Gatito” inofensivo y conciliador en quien ya no se puede confiar para los cambios radicales que antes proponía.
Por otro lado, otros votan también movidos por el odio a la inflación, que nos hace sufrir cada vez que hay que acudir al supermercado, que no permite un lujito sin tener que repasar las cuentas en la cabeza una y otra vez y que nos va arrinconando poco a poco en una situación de deterioro de nuestro poder adquisitivo que lejos de mejorar, se ha ido deteriorando progresivamente. El odio a la clase política, que mediante la indiscriminada toma de deuda en dólares, bonos y emisión monetaria, financió sus gestiones de gobierno de manera ineficaz e irresponsable, excusándose y culpando a la pandemia, a los medios monopólicos de comunicación o a las potencias extranjeras. Nunca reconociendo los errores propios que ahora el electorado si les está reclamando.
Volviendo a las sensaciones positivas, hay que destacar que el ganador de esta contienda electoral contará el año que viene con condiciones macroeconómicas extraordinariamente favorables: fin de la sequía y cosecha récord, superávit energético y exportación de hidrocarburos sin precedentes, impulsados por Vaca Muerta. Si el FMI se responsabiliza de sus errores y nos quita el pie de la cabeza por unos años, gane quien gane, quizás estas variables, por sí solas, permitirán estabilizar la economía luego de más de 10 años de inflación sin freno.