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Casa Tres clausurado en Neuquén: el arte, la ciudad y la necesidad de nuevas normas

La clausura del espacio cultural vuelve a encender el debate sobre el rol del Estado frente a la cultura independiente en Neuquén. ¿Por qué una ciudad que aspira a ser moderna no promueve los espacios que hacen florecer su identidad?

Cuando hace dos años emergió con fuerza el discurso libertario de Javier Milei, con sus consignas anti Estado y anti casta, la tensión entre lo público y lo privado se coló en todos los planos: el político, el económico, pero también el cultural.

Aquel cruce entre Lali Espósito y el “León libertario” ocupó durante semanas columnas, programas y redes, con chicanas que disfrazaban un debate profundo: ¿qué rol debe tener el Estado en la producción y el acceso a la cultura? ¿Qué lugar ocupan los artistas independientes en una sociedad que busca expresarse en medio de la crisis?

Luego, con su tuit “Parece que en Neuquén sobra guita para la joda” Milei apuntó directamente contra la Fiesta Nacional de la Confluencia, que hoy es patrimonio cultural de los neuquinos. Un evento que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y sostenerse gracias a una combinación virtuosa entre entradas, sponsors y economía local.

Hoy, ese debate vuelve a escena, con otro tono y otro protagonista: la clausura de Casa Tres, un local ubicado en pleno centro neuquino, que se ha convertido en un faro para la escena artística independiente. Un espacio donde algunos de los más de 200 artistas que por allí actuaron, encontraron su primera audiencia, su oportunidad, su comunidad. Donde la música, y el talento florecen cada noche, sin subsidios, sin estridencias, y con entradas simbólicas o directamente gratuitas.

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Casa Tres no es solo un lugar de espectáculos. También es un punto de encuentro gastronómico, que da la posibilidad a una decena de productores locales de cerveza, gin, vinos y alimentos que no logran entrar en las grandes cadenas y encuentran, al fin allí, una vidriera posible y con ella sustentar la economía familiar.

La clausura fue repentina. Y las razones, según testimonios de sus dueños y vecinos, dudosas. Lo cierto es que no es un caso aislado. En Neuquén, habilitar un espacio cultural es una carrera de obstáculos. Las ordenanzas son antiguas, rígidas y pensadas para otro tipo de ciudad. Los controles son más punitivos que pedagógicos. Y mientras tanto, los bares que quieren ofrecer música en vivo se chocan con un muro burocrático, que en muchos casos les cuesta el cierre.

Son precisamente este tipo de políticas —restrictivas, punitivas, desconectadas de la realidad— las que terminan alimentando los discursos más extremos, que proponen sin pudor la eliminación total del Estado. Porque cuando el Estado no cuida, no enseña y solo castiga, se vuelve el mejor ejemplo de aquello que sus detractores quieren destruir

En numerosas ocasiones se ha comparado a Neuquén con Dubai, en referencia al auge petrolero. Ha crecido a un ritmo asombroso: asfalto, loteos, servicios, un polo tecnológico modelo que promete mil maravillas. Una ciudad que atrae inversiones, talento y habitantes de todo el país.

Pero Neuquén podría aspirar -también- a imitar otras ciudades importantes del mundo, donde las calles están repletas de música y de arte independiente, sin la intervención del Estado.

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La Municipalidad ha hecho esfuerzos para sostener su propia agenda cultural con políticas públicas culturales, genera espacios increíbles como el MNBA, pero que también produce cultura desde abajo, en los barrios y en las plazas. Pero no es suficiente. Una ciudad no puede vivir solo de eventos Estatales. Necesita semilleros libres. Necesita espacios intermedios. Necesita que la cultura independiente no sea tolerada, sino impulsada. Que no se la reprima, sino que se la abrace.

Porque no alcanza con declarar que la cultura es un derecho si después se clausuran los espacios que la hacen posible.

Así como se dan exenciones impositivas a las grandes empresas para atraer inversiones, el Estado local también debería hacer un esfuerzo mínimo para sostener la vida cultural de su pueblo. No se necesitan subsidios millonarios, solo reglas claras, habilitaciones posibles, y un Estado que enseñe en lugar de castigar.

Neuquén no necesita ser Dubai. Neuquén sólo tiene que ser Neuquén. Con su mezcla de culturas, con su identidad en movimiento, con su gente que canta, actúa, pinta, escribe y resiste.

Por ello necesitamos que las ordenanzas municipales se modernicen, que se levanten las prohibiciones que hacen que espacios como Casa Tres no puedan funcionar, y que se levanten las prohibiciones que llegan al nivel de locura, que hacen que espacios gastronómicos únicos como el de la isla 132, no puedan tener espectáculos en vivo.

La mordaza burocrática que hoy pesa sobre espacios como Casa Tres es también una mordaza simbólica sobre la voz de toda una generación que, golpeada por la economía y la dura realidad, necesita expresarse más que nunca.

Y si el Estado no ayuda, que al menos no estorbe. Para que, como dice el himno neuquino, esta tierra pueda —de verdad— ser “canto al país”

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