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Trasladarse desde Buenos Aires demandaba 37 horas en tren. El viaje a Chos Malal duraba al menos dos semanas.
Recorrer distancias para llegar a Neuquén o viajar dentro del propio territorio era una aventura que no todos estaban dispuestos a aceptar a principios del siglo XX. La falta de caminos y de vehículos apropiados hacía que cualquier traslado demandara días o semanas, aunque se tratara de pocos kilómetros.
En el libro “Mi vida de ferroviario inglés en Argentina. 1887-1948”, su autor, Arturo Coleman, hace referencias a las tortuosas experiencias que había que pasar cada vez que alguien viajaba de Buenos Aires a Neuquén o de la Confluencia hasta Chos Malal, entonces capital del territorio.
“La apertura de la estación Neuquén, después de terminada la construcción del gran puente sobre el río del mismo nombre, en el mes de julio de 1902, modificó enormemente la fisonomía del Territorio, puesto que recién entonces los escasos productos de la zona cordillerana y de la precordillera comenzaron a aumentar e inclinarse más hacia los mercados argentinos mientras que anteriormente afluían a los chilenos”, indica Coleman.
El autor cita las peripecias que tuvo que pasar Gabriel Carrasco, hombre de confianza del ministro del Interior Joaquín V González, cada vez que lo mandaban a hacer visitas a las alejadas gobernaciones. Y da a conocer algunos informes que el funcionario escribió para las autoridades nacionales en sus primeros viajes a Neuquén.
"Treinta y siete horas en ferrocarril me han bastado para llegar a la margen del bello y caudaloso río Neuquén, donde hace menos de veinte años asentaba sus reales aquel poderoso monarca de las pampas argentina que hoy destronado, se consuela de su perdido imperio vistiendo un abigarrado traje de Coronel que la Nación le ha dado en cambio de su antigua soberanía : ¡Naniuncura! (Namuncurá). ¡Cuántos recuerdos despierta ese nombre en la mente de un argentino!.
Han desfilado ante mis ojos desde las ventanillas del tren, pueblos, ciudades, aldeas, ríos: el Colorado, que fue la lejana frontera de 1833; el rio Negro, cuyo curso superior fue un misterio hasta la campaña de 1880”, relató Carrasco.
En esas misivas también se refiere a la fisonomía que tenían dos pequeñas poblaciones que comenzaban a asomarse en la zona de la Confluencia.
"Dos pueblos se encuentran en formación al lado extremo de esa línea del Ferro Carril Sud: el de la margen izquierda que se conoce con el nombre del Limay (Estación Limay, luego Colonia Lucinda y en 1909 Estación Cipolletti) y el de la derecha que se llama estación Neuquén.
Visité el Juzgado de Paz a cargo del señor Pascual Claro: se componía de dos ranchos de barro, una mesa y varias sillas".
Luego refiere la enorme aventura que significaba viajar desde la Confluencia hasta el norte neuquino donde estaba asentada la capital.
"Chos Malal es como Timbuktú, la antigua y misteriosa ciudad del centro de África o como el lago Tchad de las mismas regiones, que no habían sido conocidas por el hombre civilizado más que al través de las relaciones fantásticas de un viajero extraviado que las oyó de los labios de alguno de los esclavos escapados a sus despóticos señores”.
De Buenos Aires a la estación Neuquén, situada a 1194 kilómetros de distancia, se llega en 28 horas de viaje (y pueden ser más), en vagones dormitorios, teniendo restaurant y todas las comodidades modernas.
En Neuquén empieza verdaderamente el viaje que, bueno es anticiparlo, resulta penoso.
Debíamos hacer nuestro itinerario en seis días, de los cuales solamente el primero y el último nos ofrecían reposo y comida bajo techo, pues en lo demás, se atraviesan yermos y arenales donde no hay ni población, ni árboles, ni gente, ni sombra.
Para los que en Buenos Aires estamos acostumbrados a trasladarnos en seis horas a la ciudad de Rosario, cuya distancia es la misma, parecerá asombroso que se necesiten seis días para llegar a Chos Malal, desde Neuquén, pero a éstos debo advertirles que hace un año se empleaban 15 días, y hace dos, sólo había un correo por mes, y cuando el Gobernador señor Lisandro Olmos llegó por primera vez, y aún no existía el ferrocarril a Neuquén, empleó un mes y medio para llegar a Chos Malal desde la Capital Federal”.
Finalmente, Carrasco recuerda una anécdota que tuvo lugar en Santiago de Chile, en 1889. Dice que él caminaba por las calles de la capital cuando se encontró con el coronel Manuel José Olascoaga. Este fue el diálogo.
-- ¡Mi Coronel! ¡Cuánto gusto en verlo por aquí! Y qué de bueno lo ha traído a Santiago?
- Vengo de paso para mi Gobernación del Neuquén.
- ¿Cómo? ¡Para ir a Neuquén, pasa Vd. por Santiago de Chile?
- ¡Es así mi buen amigo! —me contestó— Como que tomando tren de Buenos Aires a Mendoza, pasando por allí la Cordillera y repasándola después frente a Neuquén, llego mucho más pronto y descansadamente a mi gobernación, que atravesando a caballo las cientos de leguas de pampas, desiertos y montañas, que la separan de la capital argentina".
El libro de Coleman volvió a ver la luz hace poco tiempo porque el historiador Isidro Belver lo publicó en su extensa y rica biblioteca virtual “Neuteca 200”. En este espacio de la web abundan textos de diversos autores reconstruyendo la historia, la geografía y la cultura del viejo territorio de Neuquén.
Hay cuentos, relatos, versos, crónicas y novelas. Y también hay pequeños tesoros como estas anécdotas que relata Carrasco que ayudan a imaginar lo difícil que era vivir en este rincón perdido de la Patagonia allá lejos en el tiempo.