{# #} {# #}

ver más

De cuando mi vieja me legó la democracia

En la memoria encuentro pequeños detalles que dan cuenta del valor que tiene la democracia para cada uno de nosotros y cómo nos fue legada.

La Ana, mi vieja, fue la que me introdujo en la democracia en forma muy poco democrática y que en ese entonces no se objetaba.

Yo tenía 9 años, vivíamos en una pensión y la pobreza en la que estábamos insertos era una batalla diaria que la daban mis padres. Con mis hermanos y amigos del barrio solo nos bastaba con tener una pelota. Todavía recuerdo las cenas del hambre que consistían en un mate cocido con pan duro que la Ana convertía en tostadas con manteca.

En ese 1983 fue la primera vez que me topé con una madre que salía y tenía reuniones sociales: se iba al comité. Solía volver con fajos de boletas, sobres y una lista de manzanas asignadas.

La Ana tenía el convencimiento que esas eran tareas que las debía trasladar a sus hijos porque “a la democracia se la defiende entre todos”, nos repetía mientras doblábamos con mi hermano mayor las boletas. Luego había que repartirlas y de ahí quedábamos liberados para irnos a jugar a la pelota.

Yo detestaba todo eso, pero no era el único pibe del barrio que tenía esa obligación militante impuesta. Había otros que doblaban otras boletas distintas a las que nos daba mi mamá.

Mi vieja fue fiscal de mesa en esas elecciones de 1983 y no olvido más la felicidad que tenía ella con el triunfo de Alfonsín. Era radical.

Recuerdo que esa fue la segunda vez que salí a la calle de su mano a festejar algo sin entender demasiado. La vez anterior había sido a mis 4 años cuando la Selección se consagró campeona del mundo en 1978.

Mi vieja me enseñó, en sus precarias formas, que a la democracia se la defiende, se la lega y se la festeja.

En definitiva, la Ana fue muy sabia y tenía muy claro que con la democracia se iba a poder progresar, aunque duela.

Te puede interesar