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De hacer cumbre en el Aconcagua a navegar en kayak en la Antártida

La vida de Ana Carolina Diby está marcada por las aventuras que la llevaron a hacer diversos ascensos a las montañas más altas del mundo hasta ser una de las pocas mujeres en navegar la Península Antártica.

Una aventurera. Así, sin vueltas, se define Ana Carolina Diby, una mujer que vivió fascinantes experiencias e historias en la majestuosidad de las montañas que ascendió en distintas partes del mundo.

Esta mujer nació en Córdoba en 1963, pero aclara que estuvo antes en Neuquén “en la panza de mi mamá” por eso se considera neuquina. Su madre, Nancy Ferrari de Diby, arribó a la provincia, ya embarazada de Carolina, junto a su esposo -ambos eran médicos- para integrarse al plan de salud pública que por ese tiempo llevaba adelante el gobernador Felipe Sapag. “Mis padres llegaron en 1963 a Picún Leufú con todos sus sueños, fueron de los médicos protagonistas de una provincia que comenzaba a esbozar la idea del conocido Plan de Salud Pública. Picún Leufú no era lo que es hoy, era una estepa arbustiva con caminos de tierra, la ruta no estaba trazada”, comenta a LMNeuquén.

El trabajo de sus padres obligó a la familia a tener que trasladarse a distintas localidades de la provincia como Villa La Angostura, San Martín y Junín de los Andes, Zapala y Chos Malal. “Eramos una familia nómade, que siempre estaba moviéndose de un lugar para el otro por las tareas de mis padres, por eso siempre digo que no soy de ninguna localidad sino que me siento de la Provincia de Neuquén”, explica la mujer que actualmente vive en Villa Pehuenia.

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Transmitir sus experiencias es alentar a otras mujeres a animarse a aventuras en las montañas y en el agua. “Ascender una montaña es una forma de autosuperarse”, expresó.

Tras unos años en Amberes, Bélgica, donde terminó los estudios primarios, la familia regresó a Neuquén. La secundaria la transitó en el CPEM 12 y luego ingresó a la Facultad de Turismo en la Universidad Nacional del Comahue donde se graduó como Licenciada en Turismo. Ese tiempo universitario lo complementó con múltiples actividades de montaña. “Me iba con amigos a Bariloche a caminar por los senderos y así me fui entusiasmando, descubriendo y conectándome con la naturaleza. De esta manera fue naciendo el espíritu aventurero”. Ejemplifica ese tiempo señalando que “un día estaba escalando el volcán Lanín y al otro día estudiando en la facultad con ampollas en los pies por las botas pero feliz porque había ido a la montaña. Eran como dos aprendizajes en simultáneo”.

A mediados de los años 80 participa de la creación del Club Andino Neuquén encabezado por Alfredo Rosasco. “Rosasco tenía mucha experiencia, aprendíamos mucho de técnica en las instrucciones y cursos que brindaba, era como una escuela de montañismo en una época en la que no había tanta gente que se dedicara a la montaña. Era la pasión por la montaña y por la naturaleza la que nos llevaba a especializarnos y a practicar. Éramos pocos, no como ahora que se ha incrementado la cantidad de personas que realizan estas actividades”.

A la hora de explicar los motivos que la llevaron a sumergirse en el montañismo, Carolina señala, en primer lugar, la necesidad de superarse. “Hay una cuestión de autosuperarse todo el tiempo. Uno empieza disfrutando, la pasa bien, le gusta esa conexión que te lleva a ascender la montaña, es pura adrenalina”. Pero también, subraya, otra causa: “salir de la zona de confort en la que uno puede estar, ponerse en una autoexigencia que requiere de mucho esfuerzo, mucha voluntad y mucha cabeza”. Puntualiza que una vez que se regresa de la montaña y se vuelve a lo cotidiano “uno vuelve como en un estado de meditación, de introspección porque uno estuvo allá arriba solo con la naturaleza, muy adentro de uno mismo”. “Cuando uno vuelve a la rutina quiere volver a irse otra vez a la naturaleza y no es que uno en la montaña está cómodo”, agrega.

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En 1991 integró un grupo de expedición en Puerto Neko en la Antártida para investigar científicamente las orcas usando kayaks como medio de transporte.

De las múltiples experiencias que acumuló en estos años en senderos y montañas de todo el mundo, Carolina destaca los ascensos al volcán Sajama (de 6.542 metros), ubicado en el parque nacional del mismo nombre al oeste de Bolivia, en el departamento de Oruro, y es el pico más alto del país; el Mont Blanc, el pico más alto de Europa occidental (4.807 metros de altura) y uno de los más conocidos de los Alpes en Francia y, principalmente, el Aconcagua, de 6.962 metros, que realizó por la ruta del Glaciar de los Polacos, de máxima dificultad, en 1990.

“El Aconcagua presenta una dificultad alta porque hay que estar muy bien preparado y conocer la técnica en hielo, además se suma la altura”, comenta. La excursión al Aconcagua la concretó junto a su amiga Carina Vacazeller, convirtiéndose en la primera cordada femenina argentina en hacer cumbre por la vía directa, es decir la ruta de mayor dificultad.

“Eramos dos mujeres solas, habíamos intentado otra ruta porque en esa época, en 1988, era muy común hacer rutas nuevas, ahora se hace con servicio de guías por rutas conocidas. Esa ruta que nos habíamos propuesto hacer la habían hecho antes sólo tres grupos. Era una verdadera aventura y teníamos que cuidarnos mucho cada una porque si teníamos un accidente nadie nos iba a rescatar”.

Al comentar las decisiones que fueron tomando mientras escalaban, aparece en el relato el tema del peligro. “El peligro existe en todos lados, en una montaña como en la ciudad. La naturaleza tiene leyes que son siempre iguales, no las cambia como el ser humano que lo hace todo el tiempo. Si uno gestiona el riesgo minimiza cualquier posibilidad de que sucede algo, y gestionar el miedo significa conocerlo”. “De hecho tuve la buena fortuna de no tener ningún accidente ni de ser testigo de alguno”, dice con un gesto de alivio.

En kayak por la Antártida

La vida aventurera de Carolina Diby no se desplegó únicamente por senderos y montañas ya que en enero de 1991 fue una de las cuatro integrantes de la Expedición Proyecto Orca Antártida, la primera del país con el objetivo de estudiar orcas en Antártida y en utilizar kayak de mar para la navegación, contando con el aval de la Dirección Nacional del Antártico, el Instituto Antártico Argentino y Armada Argentina.

Cuenta que la primera vez que se subió a un kayak, corto tipo slalom, había sido en las costas del río Limay. “No hubiera podido formar parte de esa expedición si no hubiera andado en kayak antes”, precisa, recordando aquel momento en que estaba en el avión Hércules rumbo a la Antártida junto al resto de los expedicionarios, Ricardo Kruszewski (jefe de la expedición), el científico Juan Carlos López y Omar Moleo, experto en el estudio de las orcas. Se le abría una experiencia nueva y fascinante a quien había transitado por las más diversas montañas. “En mis comienzos de mi trayectoria había escalado con miembros del Regimiento Cazadores de Montaña 6 de la provincia”, dice.

Fueron 60 días de una experiencia entre los hielos antárticos “motivados por el desafío de lo que significa una permanente supervivencia. Remar en nuestros kayaks explorando la Bahía Andword con la intención de observar a esos distinguidos mamíferos marinos, principalmente orcas, nos había fascinado. Sin saberlo seríamos los primeros en usar kayaks en estos recónditos lugares, en la Península Antártica. Experiencias de vida que hay que vivirlas en la propia piel, imposible de otra manera”.

Confiesa que con su última mirada en ese extraordinario lugar sintió que se llevaba una misión: “alentar a otras mujeres a animarse a esas aventuras tanto en las montañas como en el agua”.

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Ana Carolina Diby ascendió el Aconcagua por la ruta del Glaciar de los Polacos, la más difícil, mientras estudiaba Turismo en la UNCo.

Las pasiones y vivencias de una aventurera en un libro

“Pasión y aventura. Memorias y presente de una aventurera” se titula el libro que Ana Carolina Diby publicó en 2021 en el que relata sus vivencias e historias de su trayectoria como montañista.

Publicado por la editorial Cruz Pampa, en sus páginas se pueden encontrar relatos de los ascensos realizados por Carolina como así también el recuerdo de los grandes personajes del montañismo que conoció.

“Siempre pensé que las cosas que había hecho eran para mí, siempre las disfruté cmo algo propio pero a lo largo del tiempo algunos medios de comunicación me contactaba interesados en esas experiencias de montaña como el caso del ascenso al Aconcagua o la de la Antártida en kayak. Me sorprendí del interés que despertaba esas experiencias personales y eso me llevó a escribirlo”, explica.

Considera que además de conocer los pormenores de esas expediciones, los lectores que se acerquen al libro “podrán encontrar que uno puede luchar por los sueños y encontrar un propósito en la vida que a uno lo movilice, le guste y tenga ganas de hacer y disfrutarlo”.

El libro, según su autora, es literatura de montaña y agradece a su pareja, Raúl Rodríguez, el apoyo para la concreción del mismo. Comparte con Raúl la pasión por el montañismo y confiesa que “nos conocimos en los comienzos del Club Andino Neuquén en los ‘80. Cada uno hizo su vida y muchos años después, en 2005, nos reencontramos en la calle. Nos propusimos escribir un libro sobre los pioneros del montañismo en Neuquén, que aún no se publicó, pero desde entonces estamos juntos”.

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