Walter Herrera desenterró en su local de la calle Tierra del Fuego una pieza que detiene el tiempo: un pin de 1955 con la efigie militar de Perón oculta en el reverso. Un objeto de alta factura que sobrevivió para reaparecer, setenta años después, en el corazón de Neuquén.
El local de la calle Tierra del Fuego 171 se está convirtiendo en el epicentro de los hallazgos inesperados de Neuquén. Walter Herrera, un cocinero que llegó desde Saldungaray en 2003 para dedicarse a la gastronomía, abrió hace apenas dos meses un espacio de antigüedades que no para de dar sorpresas. Tras el hallazgo de un cuadro que podría ser un original o réplica de Quinquela Martín, ahora la atención se desplaza hacia un pequeño objeto metálico que condensa la intensidad de la historia argentina: un pin peronista de 1955.
A simple vista, es el escudo del Partido Justicialista. Pero el secreto está en el revés. Al girarlo, aparece el rostro de Juan Domingo Perón luciendo su gorra militar. “Tengo libros y diarios de época sobre Perón. Lo que más ha llamado la atención, de la gente que entiende, es un pin del Partido Justicialista. No es tan común verlo”, aseguró Herrera.
“También tengo unas postales que son del año 45. Estoy esperando a una persona que supuestamente está interesado en comprar todo lo que tengo sobre el General Perón”, acotó.
“Sobre el pin me dijeron que era de 1955. Nadie todavía me sabe decir qué valor puede legar a tener. Sí, que tiene un valor histórico importante. En el reverso, toda persona que toma el pin para ver se sorprende con la cara de Perón luciendo su gorra militar”, contó.
En esa época, la fabricación de esta iconografía no estaba centralizada en un solo lugar, pero había talleres muy reconocidos que trabajaban para el Estado y para las unidades básicas del partido peronista. Por ejemplo, Giotto, uno de los fabricantes de medallas y pines más importantes de Buenos Aires. A menudo dejaban una marca muy pequeña en el metal, casi imperceptible sin lupa.
Después se encontraban talleres de la CGT o de la Fundación Eva Perón. Muchas de esas piezas se entregaban en actos masivos o como distintivos para delegados sindicales.
El hecho de que el adorno tenga a Perón en el dorso lo convierte en un distintivo de solapa de alta calidad. A diferencia de los pines comunes de chapa estampada, los que tenían relieve en el reverso se consideraban piezas "de lujo" o para militantes con cargos, ya que requerían un proceso de acuñación doble.
Si el metal tiene un tono dorado oscuro o bronceado y el esmalte del frente se siente vitrificado, es una confirmación de que es una pieza original de la fecha y no una reproducción moderna.
“Hay muchas réplicas, pero este puede ser original por los detalles y sus característica. Hay cosas que desconozco. Me ha pasado de vender algo en un valor y después me enteró que podría haber pedido el doble o más”, confesó.
“Vendí un teléfono antiguo en 25 mil pesos y valía $200.000. Vino gente de Fernández Oro a buscarlo. Después me pasó lo mismo con planchas a carbón. Para mí todo suma. Si lo van a conservar, cuidar y disfrutar, no importa el valor para mí”, destacó.
Walter, que arribó desde el pueblo de Saldungaray (Provincia de Buenos Aires) a Neuquén en 2003, es cocinero y se dedica a la venta de viandas. Hace dos meses, abrió su espacio de antigüedades y ha despertado gran interés de la gente, tras el hallazgo del cuadro que podría sorprender al mercado del arte nacional.
Muchos de los objetos antiguos que posee Walter provienen del depósito de un amigo que decidió confiarle los objetos de su abuela. “Tengo muchas cajas con cosas y las voy sacando de a poco para compartir con la gente. Me gustan muchos las antigüedades. No sé ni lo que tengo hasta que lo descubro. Cuando algo me llama la atención me pongo a buscar información en internet. A veces, paso más de dos horas buscando datos”, se sinceró.
Otro de los grandes hallazgos de Walter fue un sextante, una brújula de navío. “No sabía cómo se llamaba. El hijo de mi socio, Ezequiel, realizó un curso para ser capitán de barco. Le envié fotos, averiguó, y me explicó que funcionaba como una brújula para orientarse en el mar”.
“El sextante tiene tres puntos: con uno miraban el sol, con un segundo la luna y con el última las estrellas. Y de esa forma calculaban el rumbo a seguir. El sextante más o menos es de 1850 y se guardaban en cajas de caoba o madera”, reveló.
“Mi amigo me dijo que lo trajo su tátara tátara abuelo que vino de Francia. Eduardo Casiuax era su nombre y llegó a Neuquén junto al doctor Plottier”, contó.
“Me metí en una página de internet para saber más sobre el tema. Y por lo que leí hay tres en el mundo como el sextante que encontré. Uno está en el Museo de Londres. Envié un mail contándole que tenía uno y estaba muy bien conservado. Hasta ahora, no han contestado”, aseguró.
En la última edición de la Fiesta de la Confluencia, Walter recorrió el predio y conoció a un señor, que se dedica hacer veladores con diferentes materiales. “Me llamó la atención que tenía un velador con una parte de un sextante. Le comenté que tenía uno bien conservado y le mostré una foto. Me dijo que si daba con el comprador indicado podía venderlo en 200 mil dólares como mínimo”.
“Después me contó que a él le había costado bastante dinero esa pieza de sextante que utilizó para el velador. “No sé si será cierto o no. Yo se lo muestro a todo el mundo para que lo conozcan. El hombre me dijo que estaba loco porque no podía tener así a la vista de todo el mundo el sextante”, agregó.
Casi todos los objetos que posee el local provienen de la casa de la abuela María Casseux. Su nieto, Mario Jara, amigo de Walter, le permiso para que se lleve diferentes cosas. La propiedad se encuentra sobre la calle Corrientes (zona del bajo neuquino) y está a la venta.
“No me llevé muchos cosas. Había unas lámparas de dos metros que calculo que tienen un importante valor. La casa tiene sus años porque tiene esas puertas largas y altas como se usaba antes”, reveló Walter.
Walter y su socio, Ezequiel Inchausti, alquilan la casa de Tierra del Fuego para realizar y vender viandas. Su sueño e idea es abrir un bodegón y en ese espacio continuar compartiendo las antigüedades con la gente que llegue al lugar. “Tengo ochenta postales de tango y el día de mañana me gustaría lucirlas en una pared bien iluminada. Tengo una Pastalinda (máquina para hacer pastas) muy pequeña del año 60, que también podría exhibir. La voy a conservar conmigo porque no creo que haya muchas”, concluyó el cocinero, que ahora vuelve a estar en escena con un pin histórico.