Creció escuchando la música de su padre y descubrió su pasión por el saxo de muy chica. Estudió en el IUPA y hoy su talento la lleva cada vez más lejos.
Entre notas y melodías, la curiosidad de una niña que creció rodeada de música fue avanzando de a poco hasta descubrir el saxo sin que nadie se lo propusiera. En su casa, de fondo, siempre hubo una canción sonando y lo que empezó como un pasatiempos se fue convirtiendo, con los años, en una vocación.
Yamila Tejada tiene 43 años y es oriunda de Centenario. Creció en una casa donde la música sonaba en cada rincón. Su padre, saxofonista de la Banda de la Policía de Neuquén, llenó el hogar de sonidos desde que ella era chica. Nombres de grandes músicos circulaban en las conversaciones familiares con la misma naturalidad con que otros chicos hablaban de cualquier otra cosa.
El primer contacto real con el saxo fue casi un juego. Un día como cualquier otro, le pidió el instrumento a su padre, probó tocarlo, y lo que empezó como una curiosidad se transformó en algo imposible de ignorar: el talento era innato. Hubo pausas, como suele pasar en la adolescencia, momentos en que prefirió alejarse. Pero siempre volvió. "La pulsión era más fuerte que yo", confiesa y demuestra que cuando hay amor y pasión por algo, la vuelta es inevitable.
A los 15 años, Yamila dio sus primeros pasos formales en una academia de Neuquén a cargo del saxofonista Sergio López. Ahí no solo aprendió técnica sino que descubrió algo igual de valioso: la comunidad. Conoció otros músicos, empezó a tocar en distintas agrupaciones y sintió por primera vez que esto podía ser algo más que un hobby.
La decisión de convertirlo en una carrera llegó más tarde, ya en la adultez. Con más experiencia y mayor claridad, decidió formalizarse académicamente y estudió música popular en el IUPA —Instituto Universitario Patagónico de las Artes, con sede en General Roca — donde no solo se recibió sino que luego ejerció como ayudante de cátedra y trabajó en la Fundación Cultural Patagonia, integrando elencos que abarcaban todo tipo de géneros.
"La formación te abre un montón de puertas", reflexiona. "Te da la posibilidad de salir al mundo, conocer gente y tener otras oportunidades”. Para Yamila, profesionalizarse no fue una opción sino una necesidad: la música exige actualización constante, nuevos conocimientos y adaptación permanente.
Antes de emprender su propio camino, Yamila pasó por la Banda de la Policía de Neuquén, la misma institución en la que su padre había hecho carrera durante años. Pero sus inquietudes apuntaban hacia otro lado. Las dinámicas, estructuras y repertorios, no terminaban de coincidir con lo que ella buscaba musicalmente. Así que, con convicción, renunció y tomó las riendas para seguir su propio camino.
Entre sus experiencias más significativas aparece Brasil. Los ritmos del país vecino siempre llamaron su atención y afortunadamente Yamila tuvo la oportunidad de participar en encuentros musicales en la ciudad de Curitiba, donde no solo absorbió ritmos y culturas nuevas sino que llegó a integrar la orquesta para el cierre del festival.
Una experiencia que la marcó y que alimentó algo que siempre la movilizó: la curiosidad por conocer otras músicas, otros mundos. "Cuando vas a Brasil o a Chile, lo que quieren es escuchar que uno toque tango o folklore", cuenta, pero ese intercambio es enriquecedor en ambos sentidos: llevar la música de acá y traer la de allá, para nutrirse como artista.
Buenos Aires es una ciudad que no duerme. Teatros, bares, clubes y salas presentan cada noche una propuesta distinta: jazz, folklore, afrobeat, tango, rock y géneros para todos los gustos.
Hay shows internacionales, festivales, encuentros y espacios de formación de primer nivel. Yamila sabía que allí las oportunidades eran mayores, no solo en lo laboral sino también en lo académico, y no dudó en dar el paso.
Su familia, que siempre la acompañó en cada decisión, volvió a estar del lado de adentro. Hubo cierta cautela natural ante la idea de mudarse a una ciudad tan grande, pero nunca una negativa. "Siempre me apoyaron", agradece.
Fue así que llegó al Conservatorio Manuel de Falla, donde hoy cursa una tecnicatura en jazz. Este género, confiesa, siempre fue una asignatura pendiente, una inquietud que traía desde chica y que por fin encontró el espacio para desarrollarse.
En la capital, además de estudiar, trabaja como sesionista: una figura clave en el mundo musical. Un sesionista es, básicamente, un instrumentista profesional disponible para grabar en estudios o tocar en fechas puntuales para distintos proyectos, sin ser parte fija del equipo.
Es un rol que requiere versatilidad, criterio y capacidad de adaptación instantánea. Yamila también integra una banda de afrobeat, género de raíces africanas que combina funk, jazz y ritmos del continente, y tiene fechas próximas junto a Alika, una artista que celebra sus 25 años de carrera en el circuito del reggae.
A lo largo de su recorrido, compartió escenario con figuras como Nito Mestre, el legendario cantante de Sui Generis, durante un festival en Neuquén, y con Adrián Otero, quien supo ser vocalista de Memphis la Blusera. Una agenda larga, difícil de nombrar pero que habla por sí sola.
Yamila toca dos instrumentos: el saxo alto y el saxo tenor. La diferencia entre ambos es, principalmente, de registro: el tenor tiene un sonido más grave y profundo; mientras que el alto es más agudo.
Según el contexto musical, uno u otro se adapta mejor. Para el show de reggae que se viene, por ejemplo, le pidieron específicamente el tenor, porque su timbre se ensambla mejor con el de la trompeta en las filas de vientos.
Mantener dos instrumentos en forma requiere disciplina. Yamila lo compara directamente con el entrenamiento deportivo: si no hay rutina, no hay avance. Todas las tardes, incluso desde su departamento en Buenos Aires, dedica tiempo a la práctica.
Tocar un instrumento de viento tiene sus particularidades: al principio uno llega a marearse por el esfuerzo de controlar el aire pero con el tiempo se vuelve algo completamente natural. "Si no hacés una rutina, te quedás en el mismo lugar", asegura con convicción.
La vida de Yamila hoy es un equilibrio entre dos provincias. Buenos Aires le da el ritmo, la oferta cultural permanente, los contactos, los festivales internacionales, las noches de jazz en el Teatro San Martín o en los clubes del circuito porteño. El Alto Valle le da otra cosa: la familia, la calma, un ritmo de vida que recupera cuando puede.
"El Valle es hermoso, es otro clima de vida, muy tranquilo", afirma. Y aunque el calendario académico la retiene más tiempo del que quisiera lejos de casa, siempre encuentra el momento para volver.
El camino no fue fácil. Ella misma lo reconoce sin vueltas: la música es exigente, competitiva, y no siempre retribuye como debería. En Buenos Aires hay talento por todos lados, y sostenerse requiere mucho más que habilidad técnica.
Pero Yamila encontró la manera de mantenerse en la escena: seguir aprendiendo y no permitirse quedarse quieta. Mientras tanto, hay un sueño que aparece cada vez con más fuerza: integrar una big band, un formato donde los trabajan junto a otros que tocan el mismo instrumento. "Acá hay varias de renombre que son muy buenas".
Sin dudas, ese sueño se cumplirá, porque esa energía, esa curiosidad que la llevó de niña a pedirle el saxo a su papá solo para ver qué pasaba, sigue intacta y la sigue empujando a llegar cada vez más alto.