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José Francisco de San Martín y Matorras nació el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, Corrientes. Cuando tenía seis años se fue a España y algunos años más tarde ingresó en el ejército, donde hizo carrera. A sus 32, volvió al Río de la Plata, permaneció en América hasta 1824 y el 10 de febrero de ese año partió hacia Francia donde moriría 26 años después, un 17 de agosto, en Boulogne Sur Mer. Falleció a los 72: tuvo una larga vida, para la expectativa de vida de la época, pero fue su década en tierras sudamericanas las que cambiaron el rumbo de su destino y el de la sociedad rioplatense y del continente para siempre.
Los historiadores amamos el tiempo, nos parece un elemento fascinante, intrigante, tiene movimientos ondulantes, oscilantes, dibuja grandes espirales y a veces avanza con frenesí y en pocos años o meses parece que las sociedades viven un sinfín de hechos que las transforma profundamente.
Sin lugar a dudas, los años que van de 1810 a 1816 deben haber sido percibidos de esa manera por los hombres y mujeres que vivieron en lo que hoy es el territorio argentino. La vida colonial ya había conocido el peligro con las invasiones inglesas de 1806 y 1807, pero las transformaciones que esos hechos generaron en la vida de los rioplatenses se aceleraron a partir de 1810 con la destitución del virrey Cisneros. A partir de ese momento, se pusieron en acción una serie de fuerzas transformadoras que, encarnadas por diferentes personajes y grupos sociales, moldearon la sociedad dándole el rasgo distintivo que tiene en la actualidad.
Los años posteriores a la Revolución de Mayo fueron frenéticos para algunos y muy aletargados para otros –es que así es el tiempo, parte de lo que lo hace fascinante es la percepción que cada persona tiene de él.
Dos facciones rápidamente dieron muestras de intereses opuestos en 1810: los conservadores liderados por Saavedra y los más revolucionarios, bajo el mando de Mariano Moreno, Juan José Paso y Manuel Belgrano. Los primeros percibieron estos años como vertiginosos, los segundos experimentaron una enorme sensación de peligrosa lentitud. La independencia era una urgencia, la sanción de una constitución que diera orden era una necesidad y la certeza de la no vuelta atrás a un sistema de dominio colonial que los oprimía, una obligación. La sociedad de casta fue parte de ese dominio del que fue muy difícil y lento desprenderse.
La Primera Junta surgió de la semana de mayo en 1810 y se reordenó en diciembre. Dio paso a la Junta Grande, que tampoco tuvo una larga vida, ya que en septiembre de 1811 dejó su lugar al Primer Triunvirato.
Este Primer Triunvirato disuelve las juntas en las provincias, desarmando así el órgano legislativo bajo el argumento de que el contexto de guerra demandaba un ejecutivo fuerte que pudiera tomar decisiones rápidas.
En octubre de 1812 hubo cambios nuevamente y Feliciano Chiclana, Manuel Sarratea, y Juan Martin de Pueyrredón cedieron su lugar a Nicolás Rodríguez Peña, Antonio Álvarez Jonte y Juan José Paso (que había integrado el Primer Triunvirato, pero había renunciado en abril de 1812). Este hecho fue interpretado por algunos historiadores como el primer golpe de Estado y se entiende que ese cambio de rumbo, no solo de nombres en los triunviros, sino en las decisiones respecto a la guerra contra los realistas, respondía a una fuerte disputa de poder entre esas dos facciones: los conservadores y los revolucionarios. Así, el grupo que proponía los cambios más radicales y veloces volvió a liderar el proceso al hacerse con el gobierno del Segundo Triunvirato.
Un dato curioso de estos dos próceres es que ambos nacieron en la Mesopotamia, San Martin en la parte argentina de esa región ya que nació en lo que hoy es Corrientes y Alvear en la parte brasilera de la región que actualmente es Santa Catarina y que a fines del siglo XVIII pertenecían a las reducciones jesuíticas
Pero Rodríguez Peña, Álvarez Jonte y Paso no lo hicieron solos ya que, a principio de ese año, habían arribado al puerto de Buenos Aires varios militares con experiencia procedentes de Europa, entre los que estaban José de San Martín, Carlos María de Alvear, Matías Zapiola, Francisco Chilavert, Francisco Vera y Eduardo Kaunitz, (aunque era austriaco había luchado para la corona española).
El periodista Bernardo de Monteagudo, en su edición de La Gaceta del 13 de marzo de 1812, lo contaba de esta manera: “El 9 del corriente ha llegado a este puerto la fragata inglesa George Canning procedente de Londres en 50 días de navegación: comunica la disolución del ejército de Galicia, y el estado terrible de anarquía en que se halla Cádiz dividido en mil partidos, y en la imposibilidad de conservarse por su misma situación política. La última prueba de su triste estado son las emigraciones frecuentes a Inglaterra, y aún más a la América Septentrional. A este puerto han llegado entre otros particulares que conducía la fragata inglesa, el teniente coronel de caballería D. José San-Martín, primer ayudante de campo del general en jefe del ejército de la Isla [de León] marqués de Compigny [sic, por Coupigny]; el capitán de infantería D. Francisco Vera; el alférez de navío D. José Zapiola; el capitán de milicias D. Francisco Chilaver [sic, por Chilavert]; el alférez de carabineros reales D. Carlos Alvear y Balbastro; el subteniente de infantería D. Antonio Arellano y el primer teniente de guardias valonas Barón de Olembert [sic, por Holmberg]. Estos individuos han venido a ofrecer sus servicios al gobierno, y han sido recibidos con la consideración que merecen por los sentimientos que protesta en obsequio de los intereses de la patria”.
En este contexto llega San Martin a Buenos Aires, con un Primer Triunvirato que había cercenado todo espacio de representatividad de las provincias al haber disuelto la Junta Grande y las juntas provinciales y concentrando el poder en Buenos Aires. A esto se le suma la sublevación del cuerpo de Patricios, las derrotas militares en el norte y las incursiones españolas desde la Banda Oriental – actual Uruguay- a las tierras del litoral, lo que demostraban la incompetencia del Triunvirato.
El 8 de octubre, San Martín junto a los otros militares en Plaza Mayo les exigieron, sable en mano y acompañados por el cuerpo de Granaderos, la renuncia.
Una de las demandas de este cuerpo militar para intervenir en cuestiones políticas fue que el Segundo Triunvirato llamara a un Congreso Constituyente. Luego de su única intervención en cuestiones de política interna, San Martín se dirigió a la provincia de Santa Fe con su cuerpo de Granaderos para detener las incursiones españolas que asolaban la región en busca de ganado y provisiones.
Allí, en San Lorenzo, luchó su única batalla en suelo argentino: fue el miércoles 3 de febrero de 1813. Tres días antes, el domingo 31 de enero, había iniciado el primer Congreso Constituyente.
En menos de una semana había ganado dos batallas y, aunque parezca menos gloriosa y hasta se la desestime y olvide, la más importante fue la apertura de ese Congreso. No se redactó la constitución que San Martin, Alvear, Paso, Artigas y Belgrano querían, pero se logró que cientos de vidas esclavas provenientes de África pudieran tener un marco legal, que sirvió de puntapié para reconquistar su dignidad, al declarar la Libertad de Vientres. Fue, además, una especie de declaración de principios para futuros proyectos constitucionales.
Después de la victoria de San Lorenzo, se fue hacia el Norte a relevar a Belgrano: se encontraron en algún lugar entre Tucumán y Salta. San Martín llevaba ordenes de entregarlo para que fuera juzgado por sus derrotas en Vilcapugio y Ayohuma, órdenes que no cumplió porque, como escribiría años más tarde, “Belgrano es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Bonaparte en punto a milicia, pero créame usted que es lo mejor que tenemos en la América del Sur”.
Ya en el norte, reacondicionó al ejército lo mejor que pudo. Después de pasar un tiempo en Córdoba para recuperar su salud, fue nombrado gobernador de Cuyo. En 1817, se animó a lo que nadie más se había animado: cruzar la Cordillera de los Andes sobre el lomo de mula, porque eran mejor trasporte que los caballos para esa tarea, llegó a Chile y junto con los patriotas chilenos encabezados por O´Higgins liberó esas tierras.
De ahí, a Perú. En 1822 ocupó Guayaquil y se encontró con Simón Bolívar, que venía con su ejército desde el norte. De la entrevista que tuvieron San Martín y Bolívar se especuló mucho, se escribió más, pero nadie sabe a ciencia cierta qué paso.
Lo que sí se sabe es que después de la famosa “Entrevista de Guayaquil”, San Martin volvió a Perú y renunció a su cargo de Protector, regresó a las Provincias del Río de la Plata y de ahí viajó a Francia donde permanecería hasta el día de su muerte.
Doce años, nada más. Un continente liberado, nada menos. Así es el tiempo: misterioso, a veces ondulante y a veces avanza con frenesí de libertad.