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¿Quién no lo vio alguna vez circular por las calles de la ciudad con un carrito repleto de frutas y verduras? ¿Quién no fue cliente, se lo cruzó caminando o le tocó bocina con el auto? ¿Quién no lo saludó a la distancia o dijo 'ahí va el hombre del carrito´? Ahora ya no está solo, camina con su hijo, y los dos se gastan unas cuantas zapatillas al año, pateando las calles del centro neuquino como nadie.
Oscar Ceballos es el hombre del carrito que después de 20 años o más ya se ganó un espacio en el paisaje urbano y la confianza de muchos vecinos y vecinas. "Todos estos edificios yo los he visto nacer", dice casi llegando a la esquina de Bouquet Roldán y Carlos H. Rodríguez, donde se detiene unos minutos y señala con su dedo índice.
Allí estaba una vez más vendiendo frutas y verduras, junto a su hijo Marcos. Juntos acarreaban más de 200 kilos, entre frutas y verduras de estación, más algunos maples de huevos y el peso propio del carrito hecho a medida de un croquis que Ceballos ideó hace muchos años. "Soy papá de cinco hijos, pero él es el único que me hace el aguante y sale conmigo. Si yo no me levanto a la mañana, me despierta y ahí vamos. Mis otros chicos ya se casaron", comentó.
Procedente de Mendoza, trabajó para la represa de Piedra del Águila, Capex y en Loma La Lata como ayudante soldador. Pero después de los 40 años ya no pudo conseguir un trabajo en relación de dependencia y comenzó a generarse sus propios ingresos como vendedor ambulante. Alguna idea tenía porque cuando era chico y la necesidad golpeó su puerta se las arregló para vender lo que sea, desde repasadores hasta medias. "Siempre trabajé en la calle, honradamente. Y vendí lo que sea con tal de llevar el pan a mi casa", sostuvo.
Así fueron pasando los años, hasta consolidarse como "el hombre del carrito" que se ganó la confianza de mucha gente y conoce la ciudad como la palma de su mano. Lo interesante del caso es que no agarra una calle y la camina hasta que se termine. "Salgo a las 9 de Batilana, agarro la Belgrano, paso Colón, voy a Roca, Carlos H. Rodríguez, y así, todas las calles, voy haciendo zigzag hasta que llego a Roca e Yrigoyen a las 12.30", describió.
Recordó que durante mucho tiempo pasó por el diario porque en una casa de la cuadra vivía una persona muy querida por él que le compraba siempre y falleció. Si bien reconoció que "no es fácil golpear una casa y que te abran, menos ahora como está la situación", aclaró que después de tantos años recorriendo la ciudad con el carro, muchas personas lo conocen.
"La gente sabe quién soy y lo que hago, me tiene confianza y me espera por la misma recomendación de la calle. Por eso yo soy un agradecido. Incluso me ha pasado muchas veces que me paguen de más y les he devuelto la plata. Son hechos reales que después se reconocen. Hasta la Policía me ha felicitado por mi trabajo y mi honradez, al verme trabajar todos los días", expresó.
recordó a sus padres como los pilares fundamentales que le enseñaron el valor del trabajo y el respeto hacia el prójimo, sobre todo hacia los adultos mayores. Hace pocos días cumplió 68 años, lo suficiente para estar completamente seguro de que "hay trabajo si uno quiere". Lo pregona con su ejemplo y el de su hijo, quien le sigue los pasos, y muchos otros anónimos que salen a ganarse el pan todos los días, como testigos y protagonistas de la Argentina que no quiere perder la cultura del trabajo.
Algo tan sencillo como lo plantea Ceballos: "Yo puedo llegar a tu casa y ofrecerme para limpiar la vereda. Es una forma de llevarme el pan a la casa". En su caso, aseveró que nunca recibió planes sociales. "No me gusta, yo me gano la plata trabajando y haciendo lo que me gusta. Ni le hago campaña a nadie, menos a los punteros que he visto en algunas manifestaciones tomar asistencia. Lo he visto, no me lo ha contado nadie", reveló.
Tantos años en la calle, ya se siente seguro. Aunque más de una vez se cruzó con un loco al volante que no aguantaba el paso lento de un carro, no pasó más allá de un bocinazo. "Yo lo miro nomás, no me engancho. Y por ahí les tiro el chiste de que yo tengo un caballo de fuerza. Siempre hay algún maleducado que te apura, pero si no discutís, no hay pelea", contó.
Cree en Dios y a él se encomienda. Por eso dice que se siente seguro. "Él me guarda, él es el único que puede dar y quitar la vida. Salvo el hombre que lo hace por desobediencia a Dios", expresó.
En una oportunidad, estuvo muy cerca de perder la vida. Contó que se llevó por delante un colectivo en la calle Belgrano, pasando Brown. "Justo había mandado a mi hijo a comprar unas facturas. Si no fuera por eso, no estaría contando esto ahora. Una rueda me pasó por arriba del pie. Literal. Y el carrito, imaginate dónde fue a parar, llevaba huevos, frutos, de todo llevaba, todo desparramado en medio de la calle. Eso fue lo más bravo que me pasó", relató.
Oscar Ceballos habla de la ciudad que tiene un crecimiento fenomenal, hacia el río y la meseta, y en altura. Es que la fisonomía de Neuquén se parece a la de una gran ciudad que crece mirando el cielo. "Por acá había casas nomás, y mirá ahora, todos estos edificios. La primera vez que viene, en el '72, las calles eran de tierra, la Roca era de tierra y había que moverse cuando llovía. Por eso dicen que 'vientos eran los de antes'. Se sentían mucho más porque no había tanta construcción", reflexionó.
De ese tiempo dijo que extraña la seguridad de poder ir al río en las tardes, tranquilo, a pescar. Hoy lo ha dejado de hacer. Se queda en su casa o busca compañía para asegurarse de que no le pase nada. Y agregó: "También extraño los asados baratos".
Sobre el final, agradece la nota y confiesa que así se siente, agradecido, por el trabajo que hace. "Me gusta, y con mi hijo lo hacemos con ganas, no lo hacemos bajo presión", cerró.