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Se eliminaron las PASO, en buena medida, porque les adjudicaban potencial desestabilizador sobre la política y la economía, que ahora vibran en torno a las urnas bonaerenses.
La política argentina ha entrado en una nueva fase de concentración territorial y mediática. Las recientes reformas al sistema electoral, impulsadas por el oficialismo de Javier Milei, han reconfigurado las reglas del juego con efectos que ya se sienten en la dinámica democrática nacional. La suspensión de las PASO y la implementación de la boleta única de papel no solo alteraron los mecanismos de selección de candidaturas, sino que también acentuaron el peso del AMBA como epicentro de la disputa política.
La decisión de eliminar las primarias obligatorias fue presentada como una medida de austeridad institucional y estabilización política. Sin embargo, sus consecuencias van más allá del ahorro fiscal.
Al obstruir la competencia interna por el voto popular, La Libertad Avanza consolidó su control sobre las candidaturas, mientras que la oposición quedó desprovista de una herramienta clave para su organización. En este nuevo esquema, la política se volvió más vertical, menos participativa y más dependiente de acuerdos cerrados entre cúpulas partidarias.
El peronismo, por su parte, centró sus críticas en la boleta única, una innovación que, aunque prometía transparencia y simplificación, fue adoptada sin consenso amplio y en un contexto de alta polarización. El resultado: el 26 de octubre, los argentinos votarán por primera vez con un instrumento que aún genera dudas sobre su implementación y efectos reales.
Pero el verdadero giro estratégico se dio en el plano territorial. Al adelantar los comicios locales en la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires, dos jurisdicciones que concentran casi la mitad del padrón nacional, los actores políticos relocalizaron el centro de gravedad electoral. Las disputas del AMBA no solo dominan la agenda mediática, sino que ahora definen el pulso político del país. Lo que antes era una elección nacional con múltiples focos, hoy se ha transformado en una democracia ambacéntrica, donde lo que ocurre en el conurbano y en la capital tiene un eco desproporcionado en el resto del territorio.
Este nuevo formato, lejos de descomprimir tensiones, trasladó la presión política a las elecciones porteñas y bonaerenses. Las urnas de la capital federal fueron decisivas para el armado nacional de La Libertad Avanza. Con un caudal módico, la lista oficialista, encabezada por Manuel Adorni, selló un triunfo ajustado frente al peronismo en el corazón del poder macrista.
La Libertad Avanza captó el 30% de los votos emitidos, que apenas superaron el 50% del padrón porteño. Es decir, con el aval de menos del 20 por ciento de los electores habilitados en la Ciudad de Buenos Aires le alcanzó a la fuerza política del presidente para avanzar en un armado nacional con el camino allanado para someter a sus aliados a un rol secundario dentro del espacio. Lo consiguió así aún en provincias donde los socios ostentaban potencia electoral y poder institucional, con gobiernos provinciales y municipales bajo sus dominios.
El proceso electoral que se definirá el 26 de octubre tendrá derivaciones inseparables del impacto del resultado porteño, como del que tendrá el escrutinio bonaerense de septiembre, en el mapa político.
Sin las PASO, los electorados de las jurisdicciones ajenas al AMBA son más permeables al derrame del AMBA, amplificado por la centralidad que los medios de alcance nacional le otorgan.
Además de condicionar la respuesta de las urnas en las legislativas nacionales del 26 de octubre, los comicios locales adelantados de CABA y PBA acapararon tanto o más poder para condicionar la gestión del Estado que el atribuido a las PASO nacionales entre las excusas para eliminarlas.
La promesa de estabilidad se diluyó en una realidad donde las estrategias locales se volvieron nacionales, y las internas partidarias se resolvieron en mesas chicas, lejos del escrutinio ciudadano.
Las primeras derivaciones del nuevo formato electoral propiciaron una concentración territorial y mediática del proselitismo nacional, que ponen en duda el prometido fortalecimiento democrático que lo impulsó. Lo cierto es que, hoy más que nunca, la democracia argentina se formatea desde el AMBA.