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Hace más de 30 años que Isaid González y Zulema Retamal bailan juntos, enseñan y difunden la cueca neuquina. En enero estarán presentes en Laborde y Cosquín.
Cuando Isaid González y Zulema Retamal bailan dejan huella. Hay algo ineludible en el dibujo de sus pies, en la cadencia con la que recorren el espacio, en lo que hablan sus pañuelos, en la inquebrantable complicidad de las miradas. Y es que ambos pusieron su vida al servicio de la danza, porque saben que “es la expresión de un territorio, el sentir de la gente”. Con respeto y durante mucho tiempo, se dedicaron a contemplar el pueblo del que son parte, “a escuchar más, mucho más, para recuperar la historia, la memoria y la identidad”. Por eso también en su danza hay belleza, delicadeza, raíz y espejo.
Se conocieron desde muy pequeños, en los veranos que pasaban en Buta Ranquil. Isaid venía de una familia criancera: su padre de la zona, su madre de Covunco Abajo. En cambio, Zule vivía en Plaza Huincul. Pero su abuelo, muy amigo de Don González, siempre añoraba el querido norte neuquino y año tras año organizaba a los coterráneos que andaban trabajando por ahí para volver a la tierra natal. Entonces todo era fiesta, reencuentro, alegría, mesas largas. Zule e Isaid jugaban, bailaban, compartían la infancia. A los 15, las cosas cambiaron, empezaron a extrañarse y a escribirse largas cartas de amor que sostuvieron durante años. Compartían su pasión por la danza. Isaid se había convertido en un gran bailarín de folklore y Zule en una gran bailarina de clásico y jazz.
Después la vida los juntó en Neuquén, pero se pelearon y no volvieron a hablarse por 5 años. En ese entonces, Isaid, que había llegado a la capital de la provincia para estudiar matemática, se presentó por primera vez en el Festival de Laborde, y llegó a la final junto a un cuarteto de malambo que dirigía Carozo Albornoz. Dos años más tarde, se convirtió en el primer subcampeón de Laborde y apenas un puñado de años después, conquistó aquel escenario consagrándose como campeón de Malambo y luego obteniendo el máximo galardón en danza tradicional con su pareja de baile y vida.
Zule, que siempre se había preguntado como hacía la gente del folklore para que les guste bailar sobre un cuadrado, decidió darle una oportunidad al amor, a su amigo de la infancia y al folklore. Guardó sus prejuicios, sumó todos sus conocimientos al nuevo rumbo y en poco tiempo se enamoró perdidamente de ese proyecto conjunto que se volvió su vida.
Durante años estudiaron; se capacitaron; se convirtieron en profesores de danzas folklóricas; dirigieron la gran academia Purrifes Mapu; abrieron una escuela de Danza en Centenario, luego en Plottier; fundaron y dirigieron el Ballet Popular Argentino; criaron hijas, hijo; se volvieron a enamorar una y otra vez; ganaron premios; anduvieron miles de kilómetros; crearon decenas de coreografías, hasta que la pandemia los hizo mirar distinto el camino recorrido y otra vez cambiaron de rumbo sin soltarse la mano.
“La danza es la vida. Nos ayuda a transmitir lo que vivimos, es la forma de educar a nuestros hijos y nietos, nos permite reconocernos en lo que somos”, explica Zulema. La pandemia fue un punto de inflexión, un mostrarles que empezaba otro tiempo para los Retamal González. Zulema perdió primero a su papá y luego a su mamá; Isaid, a su mamá. Ese sentir de orfandad, los impulsó a revalorizar lo que ellos les habían enseñado: la patria del campo, de los humildes, de la jarilla y las veranadas. Y entonces, con absoluta conciencia, se pusieron a bailar el camino de la “cultura del alto Neuquén, de la raíz familiar”. Desde entonces, juntos como pareja de danzas, ya sin la responsabilidad de los ballets o academias, bailan, difunden y honran la cueca neuquina de la infancia, del fogón, los santos y la trilla.
“La cueca neuquina no está registrada en las academias como las otras danzas argentinas que conocemos, por lo que representa un fuerte trabajo y desafío para nosotros. Cada vez que la presentamos, tenemos que sostenerla con material teórico, con fundamentos. Pero eso nos permite mostrar con orgullo algo que, aunque resulte nuevo para otros, es totalmente nuestro; nos permite representar Neuquén, contar una realidad, algo de lo que somos”, dice Isaid. Pero lo más emocionante para Zulema es la recepción de la gente, que “al vernos bailar se acerca a decirnos que los transportamos a su juventud, a su historia. Eso, eso nos llena de orgullo”.
Como muchos otros ritmos argentinos mestizos, la cueca neuquina tiene su origen en “la esclavitud negra del Perú, donde nace la zamacueca, introducida en Chile y Mendoza por el guitarrero Libertador José de San Martín. Esta antigua zamacueca, cueca después, hermana de la zamba y la cueca cuyana, se fue estableciendo silenciosamente en el Alto Neuquén, en las "ramadas" de descanso y acampes de veranada y engordes del ganado pampino bonaerense, arreado por los primitivos mercaderes, pehuenches, maloneros y ganaderos del mercado de Chillan”, explica el escritor Hector Alegría en su libro “La Cueca”, donde narra extraordinarios pasajes que dan cuenta de cómo fue tomando acento hasta volverse más neuquina que la Cordillera del viento.
Además de llevarla por diferentes escenarios de Neuquén y del país, Zulema e Isaid promueven la cueca neuquina cada vez que tienen la posibilidad de enseñarla. Este año, con los talleres que dieron por toda la provincia, capacitaron a más de 500 personas. En septiembre, fueron disertantes en el VI Simposio Nacional de Danza Folklórica que se realizó en Cipolletti, lo que implicó que cientos de personas de todo el país conocieran más sobre este ritmo, como así también les generó la posibilidad de viajar en noviembre a capacitar a nuevas generaciones de bailarines en academias folklóricas de Mar del Plata, Tandil, La Plata, entre otras localidades bonaerenses.
Como todo hecho de la cultura viva, la cueca no es un asunto acabado, ni estanco, sino que aún con raíz en el suelo está en constante movimiento y transformación. Desde las épocas en que el Dr. Gregorio Álvarez la atesoraba en sus investigaciones del folklore neuquino, hasta el hoy, la han habitado, danzado, cantado y aprendido muchas generaciones de paisanos del Alto Neuquén. La cueca neuquina está vigente, por lo que el trabajo que llevan adelante Isaid y Zulema resulta fundamental. No hay nada más feliz que afirmar que este pueblo tiene identidad.
Días atrás, Isaid y Zulema ganaron los preselectivos para el Pre Cosquín y el Festival Nacional de Malambo de Laborde como pareja de danza tradicional, por supuesto, presentando un cuadro de cueca neuquina. Esto implica que, en enero, subirán a los dos escenarios emblemáticos, representando a Neuquén.
“Estamos súper felices con todo lo que nos está pasado, poder participar en los dos certámenes más importantes del país, en los dos lugares en que todos los bailarines deseamos estar, representando a nuestra provincia”, cuenta Zulema. Y la emoción es doble, porque no sólo ellos celebran ese logro, sino que también lo hace Sureras, la compañía de danza de mujeres, dirigida por su hija Luján González Retamal, con una propuesta escénica que hace cuerpo el paisaje y la historia de las cantoras campesinas, de una calidad artística sobresaliente ejecutada por bailarinas de toda la Patagonia.
Llegar a esas instancias es muy movilizante para cualquier grupo de danza o de música folklórica. Hay una Argentina federal que vibra, se emociona y ama la música popular de raíz. Para el músico más consagrado o para el que recién está empezando, subirse al escenario de Cosquín es un desafío, no sólo por la magia e historia de la Plaza Próspero Molina, sino porque hay una comunión, un sentirse pueblo.
Algo similar sucede con el Festival Nacional de Malambo de Laborde, al que hace algunos años el locutor neuquino Lorenzo Lorente bautizó como “corazón palpitante del país”, por el latir del bombo, el repique y el de los cientos de jóvenes, bailarines, compañías que llegan allí para para mostrar lo que aman: la danza y la música que honran cada día. “Para mi es el Festival más argentino y tradicional, por lo federal, lo participativo. Un festival donde hace más de 53 años, las 23 provincias argentinas dicen presente, para hacerse celebración en cada plaza del pueblo, cada paseo, cada escuela que alberga a los grupos. Un festival genuino, al que llegué de la mano de Carozo Albornoz, Isaid Gonzalez y Zulema retamal y del que fui locutor oficial por 18 años”, explica Lorenzo. Y se emociona al afirmar: “Isaid y Zulema son trabajadores incansables de nuestra cultura, de nuestra danza. Buscan siempre la perfección y la consiguen a través de su entrega, profesionalismo, de su conocimiento, estudios, trayectoria, seriedad. Pero sobre todo a través de su trabajo sincero y humilde”.
En Neuquén la cueca es pueblo: se viste elegante para las fiestas de santo y sencillita para el fogón. En Neuquén la cueca se hizo mujer en la voz de las cantoras campesinas, en sus alegrías y desencuentros, en sus miradas llenas de cerros y horizontes. En Neuquén la cueca se baila distinto, sobre el balseo que propone la dama con su pañuelo sencillo. En Neuquén la cueca tiene a Isaid González y a Zulema Retamal que la sacan a bailar, enamorados.