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La toma del terreno privado en Neuquén por dentro: quiénes son y qué buscan los usurpadores

LM Neuquén habló con las familias que están ocupando el predio de seis hectáreas. ¿Son todos extranjeros o neuquinos? Qué pasa con la orden de desalojo.

El terreno de la toma parece una laguna que cada tanto se llena de basura: un descampado de escombros dispersos en el verdadero lejano oeste de la ciudad de Neuquén. Pero hay un dato que cambia todo el panorama: ese predio de poco más de seis hectáreas sí tiene dueños —aunque algunos creían que habían muerto— y por eso pesa sobre él una orden de desalojo que hoy amenaza a unas 200 familias instaladas con carpas en las inmediaciones de las calles Padre Genco y Fogwill, en el barrio Los Hornitos.

Es la usurpación de terrenos privados más grande que se recuerda en mucho tiempo en una ciudad donde este tipo de situaciones parecían cosa del pasado. Neuquén recibe hoy 17 familias nuevas por día, y esta toma es, también, una de las consecuencias menos visibles del éxito de Vaca Muerta: un Estado que empieza por momentos a perder el control sobre la propiedad privada.

Entre las carpas, el frío húmedo obliga a cubrirse la cara con un pañuelo o una bufanda. Los efectivos policiales impiden el ingreso de ciertos elementos, como palos para construir alguna morada.

Solo agua y alimentos se pueden pasar en la toma de la calle Padre Genco.

Hay una orden de desalojo pendiente, hay menores "viviendo" ahí y hay policías que patrullan todo el tiempo a pie y con motos las calles internas, en un clima de tensión latente más que de conflicto abierto, más allá de las denuncias públicas que hicieron los vecinos. "A veces se pasan cosas, porque no siempre vigilan, el otro día encontramos a dos policías jugando al Free Fire en un patrullero", dice una mujer, y se escucharon algunas risas atrás.

Usurpación de tierras: "A mi jefe le molesta que yo esté acá"

Lucía tiene la boca tapada con un pañuelo por el frío y se le ven los ojos pardos. Está en la toma porque vive en la casa de su madre y necesita un terreno propio. "Gano un millón de pesos y con eso no me alcanza ni para una cuota de un terreno ni para alquilar, y menos para comer, por eso vivo con mi mamá", cuenta a LM Neuquén.

Pidió reserva de su identidad porque trabaja de cara al público y teme que su situación llegue a oídos de su empleador, que, según explicó, "le molesta que yo esté acá en la toma".

También circula fuerte la versión de que el asentamiento fue orquestado por familias bolivianas que viven en los alrededores, pero el panorama es más complejo: conviven familias neuquinas, jóvenes sin vivienda propia y personas llegadas de Salta, Jujuy y otros puntos del país, algunas radicadas en Neuquén desde hace cinco años o más, además de la comunidad boliviana, que ya tiene historias conflictivas en otros sectores de la ciudad, sobre todo en el barrio Las Flores.

La policía custodiando el ingreso al predio, sin embargo, se puede ingresar normalmente, aunque sin palo ni materiales de construcción.

A eso se suma un problema de fondo, según pudo saber LM Neuquén de fuentes oficiales del Instituto Provincial de la Vivienda y Urbanismo (IPVU): casi la totalidad de las personas que están en la toma no califica para ingresar al RUPROVI, el Registro Único de la Vivienda y el Hábitat.

Algunas no cumplen con los años de residencia exigidos en la provincia; otras figuran con bajas y altas en el sistema, lo que suele ser sinónimo de que ya vendieron lotes en algún momento.

Toma: una laguna sin nombre, aunque la tierra sea privada

Nadie, entre los que están ahí, sabe muy bien de quién es esa tierra. "En realidad no hay un propietario de las tierras, estas tierras aparecen como la laguna, donde no tienen nombre", cuenta una de las vecinas, casi como si describiera un lugar destinado desde siempre a que alguien lo reclamara, aunque en los papeles sea una tierra privada.

Varias familias empezaron a trabajar el suelo desmalezando en la toma.

Dice que la laguna "siempre estuvo" ahí, ignorada, igual que el vecino barrio San Lorenzo, levantado también sobre un espejo de agua que a nadie pareció importarle hasta que empezó a tener gente adentro: otra época en la que el Estado se terminó construyendo, en los hechos, sobre esas informalidades.

Otra vecina da una versión distinta: sostiene que el terreno perteneció a alguien que murió hace veinte años. Ni siquiera se ponen de acuerdo, por ahora, en la historia de la tierra que hoy los cobija.

Y después está la pregunta que más se repite, como un eco, desde que empezó todo: ¿hay o no una orden de desalojo? "Supuestamente dicen que hay una orden de desalojo, pero no nos quieren traer el papel", responden los vecinos.

Vivir con lo justo, y ni eso alcanza

Las historias que se escuchan en la toma hablan menos de un terreno que de una cuenta que nunca cierra. Una vecina que hace años vive en Neuquén cuenta que consiguió trabajo, pero que ni así logra despegarse de la casa de su madre, donde vive con sus dos hijos.

"Para pagar un alquiler es muchísimo", dice, y explica que hoy un terreno en la zona no baja de los 900.000 pesos, una cifra que parece hablar más del mercado informal que del oficial. "Entre los servicios y todo, no hacés nada, prácticamente se va a nada", resume, con la calma de quien ya hizo esa cuenta demasiadas veces.

Como no pueden construir, los ocupantes instalaron carpas en el medio de la laguna.

Otra vecina, que sí tiene vivienda propia, cuenta que hace tres años convive con su sobrina y los tres hijos de esta bajo el mismo techo, porque separar dos hogares es un lujo que no está al alcance. Son historias distintas que terminan diciendo lo mismo: en Neuquén, tener un lugar propio dejó de ser algo que se da por sentado.

La laguna, cuentan los vecinos, no forma parte de la toma en sí, aunque muchos de los que se acercaron a apoyar a sus familiares describen la zona como un lugar históricamente relegado, de esos de los que "nadie se hace cargo". Ahí, dicen, "le roban a los chicos que van a la escuela", y mencionan también hechos "gravísimos" que, hasta el momento, este medio no pudo confirmar de manera independiente.

LM Neuquén acudió al predio para hablar con los ocupantes.

A esa sensación de abandono se suma la basura: "la otra vez la limpiaron toda y al otro día estaba todo lleno de basura de vuelta", se lamenta una vecina, cansada de ver que el esfuerzo colectivo se borra de un día para el otro.

"No tenemos un título, pero valemos lo mismo"

Si hay una herida abierta en la toma, es la relación con la policía. Los vecinos denuncian al menos tres incidentes con la fuerza, a la que acusan de llevarse pertenencias sin siquiera pedirlas: "Le sacan a la gente las cosas arrebatándolas, no pidiéndoselas", cuestiona una de ellas. Y después llega la frase que resume, mejor que cualquier otra, lo que sienten que está en juego. "No tenemos un título, pero valemos lo mismo y merecemos respeto", cuenta.

Los terrenos privados que fueron ocupados por las familias.

El caso que más indignación generó fue el de una mujer embarazada, con un bebé y un niño a cargo, que la noche anterior había llevado un colchón para instalarse en el predio mientras estaba en una consulta médica.

Según el relato de los vecinos, que intentaron explicarle a la policía la situación de la mujer, la respuesta fue tajante. "A nosotros no nos importa", les dijeron.

La discusión con los policías

Y después, más duro todavía: "A mí no me importa, yo no te mandé a tomar un terreno a vos". Una frase que, cuentan, todavía se repite entre los vecinos como sinónimo de todo lo que sienten que no los dejan explicar.

Ni siquiera adentro de la toma hay una sola mirada. Algunos vecinos apuntan, con enojo, contra las familias de nacionalidad boliviana instaladas en un sector puntual: "Da bronca que tome gente que no es de este país o que no es de la provincia y que nadie le diga nada", dice uno de ellos.

Pero otra vecina pone un número sobre la mesa para correr esa idea. "El setenta por ciento de la gente que tomó la toma son neuquinos", sostiene, y aclara que el treinta por ciento restante se reparte entre extranjeros y personas de otras provincias, un grupo que, según su cuenta, es "el que menos está" ocupando terrenos en proporción al resto.

Entre el barro, los colchones y las preguntas sin responder, la toma de Padre Genco y Fogwill sigue creciendo. Y con ella crece también la pregunta que ninguna de las partes involucradas (ni los vecinos, ni las autoridades, ni los dueños del predio) terminó de responder todavía: ¿qué va a pasar con las 200 familias que, mientras tanto, ya encontraron ahí un lugar, aunque sea provisorio?

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