{# #} {# #}
Reflejos, puertas que se abren y cierran, sillas que se mueven, son parte de los relatos que circularon durante años y se siguen escuchando en el edificio.
Una mujer y su hija de 5 años caminan por el pasillo largo y bien iluminado de Casa de las Leyes. Acaban de salir de un recital en el Anfiteatro que se construyó donde alguna vez estuvieron ubicadas las oficinas del personal de la Legislatura de Neuquén y ahora avanzan en dirección a calle Olascoaga. Son cerca de las 21 y ya no queda nadie en esa zona del edificio. Van charlando y riéndose. Pasan frente al Recinto Histórico, pasan por la antesala, van a abrir la puerta para ingresar a la recepción, pero antes la niña mira las fotos de la galería de los vicegobernadores y señalando a un hombre que ya no está, le dice:
–Mirá, mamá, ahí está tu amigo.
–¿Qué amigo, hija?
–Ese, mamá, el que está ahí atrás en el vidrio, saludándote.
La madre sonríe un poco aterrada, un poco encantada con la gentileza. Le da la mano a su hija y ambas salen por la entrada principal, cierran la puerta y continúan sus vidas. En pocos minutos el edificio entero quedará a oscuras y aparentemente en soledad, al menos en el plano de lo perceptible.
A la mañana siguiente, o cualquier otra, todo vuelve a comenzar. El personal de seguridad abre las puertas, llega la gente de limpieza para dejar reluciente cada sala y muy pronto todo se llenará de voces, personas, vida. Pero un día, Pao está abriendo la puerta de emergencia para ventilar el lugar, ve el reflejo de un hombre ancho en el vidrio, de bigote bien cortado, y al darse vuelta a saludar, la persona ha desaparecido. O Marcos escucha que alguien que está poniendo música en la antigua sala de audio, pero al subir las escaleras encuentra todo lleno de silencio. O Mel, que no consigue sacar una fotocopia, insulta en voz alta y un “shh” que sale del fondo de una antigua oficina de bloque le reprende la insolencia. Hay días, quizá segundos, que las memorias que habitan ese lugar nos recuerdan que somos parte de la historia y otros tantos, la mayoría, todo transcurre con normalidad en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad.
Casa de las Leyes fue construida en 1950 para ser una Escuela de Formación Justicialista, sin embargo, el golpe de Estado de la Revolución Libertadora la convirtió en una Escuela de Policías. Cuando Neuquén pudo votar a sus congresales constituyentes, allí se creó la primera Constitución Provincial y sus posteriores enmiendas. Por casi 50 años, fue la Legislatura de la Provincia de Neuquén, que sólo cerró sus puertas durante las dictaduras. Cincuenta años habitada una y otra vez por pasiones, tensiones, discusiones interminables, internas feroces, amoríos, tragedias, todo aquello que convive entre el poder y la vocación por transformarlo todo.
“¿Para cuantas generaciones de neuquinos y neuquinas se decidieron los rumbos en este lugar? Si hoy estamos aquí es por las personas que tomaron esas decisiones, buenas o malas. Algo quedó acá además de sus fotografías, libros, objetos. Hay una huella que queda en el mundo de lo invisible, de lo intangible”, explica el profesor y periodista Santiago Rosas, quien además afirma que en la historia también está la historia de los fantasmas, que “tienen nombre y apellido, tienen presencia y si siguen manifestándose es porque nos están diciendo algo, no necesariamente malo, por más que nosotros nos asustemos”.
Entre esas decisiones, alguien resolvió que ese edificio ya no era lo suficientemente grande para cumplir esa función y entonces las puertas de Olascoaga 560 volvieron a cerrarse como en los años más tristes, con todos sus recuerdos adentro.
Cuando la Legislatura se mudó a la calle Leloir en 2007, la Casa quedó a resguardo de un grupo de trabajadores que, celosos, cuidaron del lugar que alguna vez habían visto brillar y que había sido parte de su vida. Entre ellos estaban y se fueron sumando Rolando “Rodi” Ibáñez, “Pinocho” Guzmán, Luisa Pérez, Enrique Romero, Celeste Manríquez, Raquel Pino, Héctor Olave, Carlos Odone, entre otros.
En el recuerdo de los compañeros de ese entonces como Rodi o Laura Serrano, hay algo de nostalgia, de solemnidad, de respeto a la institución y también hacia ese gesto colectivo en apariencia casual, que los convirtió en guardianes de la historia.
Rodi, que había entrado a trabajar a la Legislatura a fines de 1994, jamás dejó el edificio. Mientras la mayoría de los compañeros se iban, él pidió quedarse; mientras el de la Leloir entraba en pleno funcionamiento, él vio como todo allí iba lentamente quedando en el silencio y cubriéndose de una fina, pero implacable capa de olvido. Y así como tiene la increíble capacidad de reconocer en un manojo de decenas de llaves cuál corresponde a cada puerta, recuerda con precisión cada sala, cada movimiento, cada conexión del edificio antes de que comenzaran a demoler una pared tras otra para transformar el diseño original en lo que hoy es Casa de las Leyes. Y aunque él y todos sepamos muy bien que las cosas no sienten, cada mazazo en el cemento le helaba el pecho.
¡Buen día, bienvenidos otra vez!
En 2010 se inauguró el Paseo Casa de las Leyes y de alguna forma el lugar volvió a llenarse de luz. Pero lo real, es que recién en 2011, cuando abrió la Biblioteca Gregorio Álvarez, el edificio volvió a brillar.
El día de la inauguración nadie quiso perdérselo, absolutamente nadie. Un antiguo guardia dijo presente, pero antes pasó por el baño a arreglarse el traje en el espejo. Desde el baño de mujeres del frente, una voz gastada por los años y el tabaco le habló:
–¿Cómo estás, Miguelito?
–¡Hola! –le contestó él con alegría. Cómo no reconocerla, tantos años compartidos. –Qué lindo escucharte. ¿Cómo estás vos?
–Bien, querido, bien, bien.
Cuando el hombre llegó a la Biblioteca, después del protocolo y los abrazos, a la hora de buscar las huellas de cada antiguo compañero, comentó con quién se había encontrado en el baño. Pero cuando alguien explicó que aquella tan querida diputada mandato cumplido había partido, palideció y guardó silencio el resto del día.
Santiago Rosas utiliza una metáfora astronómica para explicar las presencias. Muchas de las estrellas del cielo ya no están, y lo que vemos fue la luz que emitieron en realidad hace millones de años. “Así como esas luces, hay energías que siguen persistiendo, incluso más allá de nuestra percepción. Hay personas que tienen una energía muy fuerte, o que las circunstancia en las que se fue esa persona es muy fuerte, entonces queda grabada. Hay huellas que permanecen”, explica.
Laura Serrano cuenta que por esas épocas fue a fichar el ingreso a su trabajo, pero el reloj marcaba error. Pao, que estaba atrás esperando su turno, afirma que la compañera probó una y otra vez, hasta que, en un momento, perdió la paciencia y empezó a despotricar contra la máquina y contra todos. De pronto, escucharon gritar a una mujer desde el mismísimo fichador: “¡Laura!”. Las chicas empezaron a reírse, un poco por el tono evidentemente enojado de la voz, otro porque la escena era por demás absurda.
Cecilia baja por las escaleras de ingreso a Casa de las Leyes, espera a que pasen los autos para cruzar la calle, pero antes de cruzar alguien le tira de la campera hacia abajo. La mujer se da vuelta, pero no hay nadie. En ese mismo instante, quizá un año antes, un día de sol sin viento, Santiago ve como se abre y se cierra sola una persiana vertical de madera. Y Mauro, como la silla de su oficina se mueve de una punta a otra de la mesa sin que nadie la haya tocado ¿o quizá sí?
Trabajadoras, antiguos compañeros, funcionarios, gente de la Casa saben que aquí hay fantasmas. Y aunque muchos jamás vieron, ni sintieron nada, todos tienen una historia para contar.
“El folklore es algo vivo que acompaña a las sociedades, a las comunidades, a las personas. Ahí también están esos grandes temas que son la vida y la muerte. Los fantasmas son parte de nuestras leyendas y tradiciones. En nuestras ansias de modernidad no debemos despojar a la cultura de algo que tiene una gran riqueza. Las historias de fantasmas son parte de la memoria, le pertenecen a la gente, le pertenecen al pueblo y nos encantan porque siempre tienen el dinamismo de lo auténtico, lo popular”, explica Rosas.
Lisa está enjuagando el trapo de piso en el sector de limpieza, una pequeña oficina al lado de la puerta que divide al Casco Histórico inaugurado en 2014, de las antiguas oficinas de bloque que hoy ofician de depósito. Escucha que alguien viene caminando por el pasillo, los pasos son muy claros y se acercan hacia ella. Piensa que es su compañero y sigue en su tarea, pero al llegar a la puerta los pasos de detienen. Lisa gira la vista para ver quien la observa, pero allí sólo hay una la pared. Alguna vez en esa pared hubo una puerta. Alguna vez otras compañeras se sintieron observadas desde esa puerta que conectaba a la oficina de la Presidencia. Pero esa es otra historia. Aunque esté horrorizada y el miedo le paralices las piernas, sube la música de los auriculares y piensa que ya falta muy poco para terminar el día y que ella sí podrá volver a su casa.
¿Qué es un fantasma? Una vida que se detuvo. El esfuerzo permanente por decir “aquí estoy, no me olviden”. Un lugar vacío en la mesa de la familia. Un testigo silente que mira como regalan su ropa preferido, como van a la basura los papeles de tantos años. Un pequeño intervalo del tiempo que observa como la vida se impone a pesar de su ausencia. La imposibilidad de consolar a los queridos, de saborear el té, de darle un beso en la frente a los hijos. Ese puñado de frío y tristeza que cubre una sábana blanca. Lo que permanece, lo impalpable.
Recordar es reconocernos parte de una historia construida por tantas otras personas en su más compleja y humana diversidad. Una historia para respetar, pero también para agradecer y cuidar. Nuestros fantasmas son también nuestra identidad. Estas formas de la memoria sólo vienen a susurrarnos al oído que nunca caminamos solos.