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Las seis cartas de amor que estuvieron guardadas cien años en Chos Malal

Las halló una de las descendientes de Luis Francisco Dewey en la icónica casa de la localidad del Norte neuquino.

Pocas cosas apasionaban más a Luis Francisco Dewey que escribir. Quizá la música, los gatos y Rosa Herminia Berra. Allá muy lejos, a principios del Siglo XX, en la primera capital del territorio neuquino, todas las partes conjugaron una historia de amor que alguien guardó en una cartera por más de 100 años.

Un tiempo antes de que el viejo almacén de ramos generales pasara al Estado neuquino y se convirtiera en la “Casa Dewey” de Chos Malal, Alicia recorría las habitaciones de su infancia para poner a resguardo el legado familiar. Su madre, Rosenia, había sido muy clara en ese límite: de un lado la historia, del otro el corazón.

Los Dewey habían llegado desde Capital Federal a territorio neuquino en 1891, de la mano del Coronel Manuel José Olascoaga. Además de la función pública, se dedicaron al comercio, primero en un almacén que compraron y luego desde la emblemática casa que construyeron entre 1894 y 1903, con los primeros ladrillos realizados en la zona. Pero sobre todo, fundaron una familia que amó a su pueblo y al murmullo del Río Curi Leuvú.

Luis Francisco Dewey familia historia cartas amor

Documentos, antiguas propagandas y productos de consumo, coqueterías de época, las grandes estanterías construidas con madera importada: todo lo valora la historia. Las lágrimas de lo irreparable que guardan los papeles; los pequeños rituales de las fiestas familiares; la botella donde Don Luis dejaba el mercurio de sus registros meteorológicos y con la que años más tarde jugarían los nietos a total riesgo en las siestas eternas; las latas de sardina que abría solo para felicitar a los gatos, sólo le importan a la familia. Alicia supo conservar ese polvo íntimo del tiempo, aún disputándole a alguna rata los tesoros de papel.

"Es tan triste el amor a las cosas; las cosas no saben que uno existe", dijo el gran Borges, pero esa tarde Alicia oyó un reloj de péndulo, con su peso oscilante, llamarla desde un arcón. Al abrirlo encontró una pequeña cartera de cuero crudo con un bulto en su interior. Era un sobre de papel madera perfectamente doblado que contenía seis cartas de amor de puño y letra de Luis F. Dewey.

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Luis era un hombre serio, pintón, de sonrisas breves pero encantadoras, alto y fuerte como un álamo. Un políglota exquisito y ávido de saber, que intercambiaba sus saberes para incorporar nuevos. A los salesianos les enseñó Francés, a cambio de Latín; al señor de la juguetería, Inglés por Alemán y así. Era, además, un cronista nato que todo lo registraba: las velas que usaban, los caminos que recorría y hasta cariñosos obituarios para sus amados gatos. Con una pluma fresca e inteligente volcó en cientos de cartas un aguafuerte de la joven Neuquén que encontró en él un apasionado pionero.

Disfrutaba de la música, su guitarra lo llevó a ser parte de una de las primeras orquestas neuquinas y también a la mayor hazaña de su vida: instruir a la muy joven Rosa Berra en el arte de las cuerdas.

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Una de esas tardes de clase, en un aparente descuido, olvidó su guitarra en casa de los Berra, no sin antes dejar esta carta en su interior:

“Mi adorada Rosa: (...) Las horas pasadas cerca de usted me parecen minutos, y lo único que me mortifica en esos ratos tan felices es tener que disimular mis sentimientos, a fin de no comprometerla (...) Hasta ahora no me ha parecido conveniente manifestarle a su familia cuáles son mis deseos, porque han de considerar tal vez que Ud. es todavía demasiado joven para casarse y podría parecerles mal. Y después, ¿cómo puedo decir nada tampoco si aún no sé fijamente lo que piensa Ud? (...) Vuelvo a rogarle que me conteste y si no tiene como mandarme esa contestación, puede echarla dentro de mi guitarra, que iré a buscar mañana a la noche. ¡Sea compasiva con su enamorado! Luis F.Dewey”.

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No hay registro de las respuestas de Rosa. Sólo existen esas seis cartas que encontró Alicia y que guardan en cada hoja las complicidades que Don Luis arrojaba a la guitarra.

Se casaron en 1904 y tuvieron 8 hijos: Alberto, Jorge, María, Nélida, Rosenia, Ricardo, Roberto y Olga. Quienes conocieron su amor de cerca, afirman que brillaba como el sol en los álamos. Un recuerdo por allí dice que cuando ya siendo abuela, Rosa llegaba de las veranadas, hermosa y firme sobre su vieja montura de Amazonas, Luis hacía volar al inmenso gato naranja de su regazo y corría hacia ella como si fuese aquel galante profesor de guitarra.

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El Archivo Municipal, Provincial y los libros de historia podrán afirmar que Luis F. Dewey mantuvo la tradición epistolar hasta sus últimos días; que viajó miles de kilómetros como comerciante, comisario o escribiente del gobernador; que escribió cientos de cartas a autoridades y artículos para la prensa; que hizo brillar la Casa Dewey y a toda Chos Malal.

Pero el destino y el capricho de las cosas, nos empujan a afirmar que fue un hombre con la valentía de vivir un gran amor.

Mi bisabuelo murió la madrugada del 16 de mayo de 1957, acompañado por su Rosa y un gato negro.

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