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En el análisis de los libros copiadores del Archivo Histórico Municipal neuquino, pudimos leer la evolución del cementerio de nuestra ciudad que, ideado para estar “cerca del sol” ha quedado emplazado en el corazón de la ciudad.
A principios del siglo XX don Eduardo Talero escribió una de sus obras señeras, Voz del Desierto, en cuyo capítulo titulado “Hombres y Escuadras” describió la gigantesca tarea del trazado y bosquejo de nuestra ciudad.
Algo así comentaba por aquellas épocas: “Apenas año y medio ha transcurrido desde el día aquel en que encontré a Carlos Bouquet Roldán bajo su carpa […] Casas de comercio, chacras, banco, oficinas públicas, hoteles confortables, club de esgrima, todo posee hoy la más recién nacida de las poblaciones argentinas, principiando a cumplirse la profecía del Ministro González, cuando al fundarla saludó en magistral discurso a la grandiosa capital andina del futuro. […] Pero uno de los que hace año y medio armaron rebufiña hostil contra ella, aun alegaba no hace mucho al Sr. Bouquet Roldán:
-Aquí no se puede vivir. Usted ha olvidado algo indispensable…
-¿Y es…?
-¡El cementerio!
-En primer lugar- dijo Bouquet Roldán-, aquí no admito moribundos; en segundo lugar, si alguien cometiera el adefesio de morirse su ubicación está prevista.
-¿Dónde?
-Allá arriba: allá lejos; sobre aquella colina. Hemos resuelto que los que aquí se mueran suban a la tumba. Así quedamos bien: Nosotros junto al agua, y ellos cerca del sol.”
Este relato nos señala un entorno que es difícil de olvidar para los que nacimos en esta ciudad: en las décadas del ‘50 y del ‘60, el cementerio, ubicado entre las calles Córdoba por el sector oeste, Islas Malvinas por el norte, Tucumán por el este y por el sur la calle Talero, quedaba lejos del centro de la ciudad; estaba rodeado de bardas y de piedras entre las que vivían las más variadas especies animales y por donde aparecían los grandes cardos rusos “que volaban por sobre nuestra cabeza”.
En el libro antes mencionado, don Eduardo Talero define constantemente a la ciudad y el desierto; “en la ciudad el hombre lo tiene todo, pero no debe conformarse con ello porque allí no se apropia del aire, el sol y el agua, sino que los absorbe. En cambio, en el desierto debe apoderarse de ellos. El autor da cuenta, a lo largo de las páginas de su obra, el amor hacia el desierto y la enajenación que producían las grandes ciudades”.
Una vez que Bouquet Roldán obtuvo respuesta afirmativa del gobierno nacional acerca del traslado de la capital territoriana a Neuquén, se instaló en una carpa -en el desértico lugar donde hoy se emplaza el Monumento a San Martín- desde la que impartía órdenes a Eduardo Talero, por entonces Gobernador interino del territorio, quien cumplía sus funciones en Chos Malal.
En un papel, Bouquet Roldán había dibujado las plazas, las avenidas, los parques y jardines de la ciudad. Armó la ciudad en su mente, en sus sueños, y a partir de sus dibujos comenzó la titánica tarea de construirla, de distribuir el espacio urbano; el Alto y el Bajo.
Propietarios de las tierras en la zona de la Confluencia eran Casimiro Gómez, Francisco Villa Abrile y Ramón López Lecube; luego del traslado de la capital, el Sr. Gómez compró las tierras de Villa Abrile y posteriormente en sociedad con Bouquet Roldán, compró las pertenecientes a López Lecube., de acuerdo con lo establecido por el Sr. Ángel Edelman en su obra ejemplar Recuerdos Territorianos.
Neuquén fue ideada como una ciudad moderna. Pero ¿y el cementerio? Estudiosos de la historia neuquina han realizado múltiples análisis acerca del trazado de la capital, de sus edificios, de las relaciones entre los actores sociales que la habitaron, pero no encontramos material que haga referencia a la última morada de los hombres.
En actas de libros copiadores de la Municipalidad neuquina fechadas en 1906 y también en 1908 se contabilizaron impuestos al derecho de inhumación de restos, dividiéndolos de acuerdo con la edad (menor, adulto). Pero no hay más información que estos datos.
Las tierras neuquinas pertenecían a la Sociedad Nueva España; en el año 1912 Carlos Bouquet Roldán era el vicepresidente de esta sociedad. En julio de 1914 estableció el precio y condiciones de venta de la tierra destinada a la ubicación del nuevo cementerio, el que se estipula en 25 centavos el metro cuadrado de la manzana 10, con 5 a 6 años de plazo al interés del 8% anual.
Los registros de Libros Copiadores de la Municipalidad del Territorio neuquino a los cuales tuvimos acceso gracias al Archivo Histórico Municipal, nos dan cuenta de los siguiente:
En el año 1906 se dictaron ordenanzas de impuestos municipales en las que se consigna el precio a cobrar por permiso de inhumación, permisos para edificar sepulturas o bóvedas de material, entre tantas directivas.
En sesión del Concejo Deliberante de 1913 y bajo la presidencia de don Abel Chaneton, se trata la necesidad de solicitar al Sr. Gobernador a que autorice la donación de la chacra nº 51 para la construcción de un nuevo cementerio, la que es aprobada por unanimidad. En ese mismo año, se trata, también en sesión del Concejo Deliberante el presupuesto de molino y alambre tejido para el cerco del cementerio.
Acaloradas discusiones continuaron en las sesiones del Concejo Deliberante: en 1914 se puso de manifiesto la necesidad de ampliar o trasladar el cementerio local por ser insuficiente el actual.
En 1916 el director de la cárcel, Rafael Castilla, solicita un solar en el cementerio para erigir el panteón-monumento a los caídos en la jornada del 23 de mayo por los hechos de la Evasión de Sainuco.
Ya hay registros de tarifas cobradas por construcciones de bóvedas y panteones. Pero, al mismo tiempo, se cedían las tierras gratuitamente por cinco años a los pobres de solemnidad (Pobre de Solemnidad: Todos aquellos cuya pobreza era conocida (pública), toda persona cuya notoria pobreza reunía los requisitos para recibir diversos beneficios). Pasado ese tiempo, los restos serían depositados en el osario común, salvo que los deudos comprasen el terreno, el que sería considerado de sexta categoría.
El Mausoleo de la familia Taillefer –antiguos vecinos del poblado-señala junto con otros panteones el acceso al cementerio, creando una avenida troncal guiada por cipreses, árboles característicos de los cementerios de las grandes ciudades. El resto del cementerio está formado por tumbas sobre tierra y pabellones de nichos.
También se encuentra, entre otros, el mausoleo de la familia Mango-Intendente de la ciudad-, en un estado de avanzado deterioro.
Los mausoleos de las familias más antiguas de Neuquén datan a partir del año 1914.
En la sesión del 23 de septiembre de 1922 presidida por don Enrique Carro –Intendente de la ciudad-se leyó una Resolución del Gobernador del Territorios Cnel. Francisco Denis por la que notifica la cesión de un coche de 4 ruedas, en perfectas condiciones, con el único y exclusivo objeto de que sea transformado en coche fúnebre. Se resolvió aceptar.
Don Pedro Orejas era un carpintero que trabajaba en su domicilio de la calle Carlos H. Rodríguez al 200, en el domicilio particular de la familia, en el que se encontraba el taller de carpintería y un galpón de trabajo de obra para. Fue el dueño de la pompa fúnebre más antigua de esta capital, según testimonios y fotografías que suministró su nieta Norma.
En su taller se fabricaban los ataúdes y con la carroza que muestra la fotografía familiar y cuyo testimonio también está en el Archivo Histórico Municipal, se realizaba el traslado de los muertos al cementerio. Esta carroza era guardada en la parte trasera de la carpintería.
Ya en el año 1923 el concejal Amaranto Suárez manifestaba que se pusiera un peón a trabajar en el cementerio y que se llevara una cañería de agua corriente al mismo. Pero se habló de la dificultad de transportar el agua hasta tanto se realizara el proyecto de agua corriente. Esto se esperaba poder llevarlo a cabo junto con una usina eléctrica cuya propuesta era de la Compañía Westhingouse Electric Internacional, por lo que se aplazó en ese momento la moción.
Se trató en sesión del 9 de noviembre de 1932 la necesidad de la construcción de un osario en el Cementerio.
En sesión de diciembre de 1938, bajo la presidencia de Francisco Benedetti, la Sociedad Italiana solicitó, a fin de construir varios nichos en el cementerio local, que se les concediera gratuitamente un terreno suficiente y a beneficio de los asociados.
Fue preocupación de distintos ediles, como José Carol, que solicitaban que por medio de talleres se facilitara, para las familias carentes de recursos, la confección de ataúdes. También Cortez Rearte estableció un servicio fúnebre gratis para indigentes.
En sesión de junio de 1954 se informa que, gracias a las gestiones realizadas por el delegado al Honorable Congreso Nacional, don Pedro San Martín, en poco tiempo se conseguirá una camioneta “justicialista”, con destino al servicio fúnebre para personas indigentes en esta ciudad. En esta sesión también el encargado del cementerio solicitó por nota que se contemple la ampliación del cementerio y la confección de nichos por estar llegando a su fin. Debido a esto se iniciaron gestiones para la ampliación.
En sesión del año 1955 se trató la ampliación del cementerio. Se conversó con el Sr. Vidal, de la “Nueva España” con quien se acordó permutar tierras para la ampliación.
En mayo de 1957 bajo la presidencia de don Salvador Oses se trató la solicitud del encargado del Cementerio por la instalación de luz en el cementerio, pero fue postergado el permiso.
El edil Ricardo Rosa también solicitó al Consejo la construcción del paredón de la parte sud del cementerio, como así también una determinada cantidad de nichos.
El horno crematorio fue habilitado por Ordenanza 4174/89. La cremación de los restos puede ser voluntaria u obligatoria.
Indudablemente que el cementerio fue proyectado e ideado para situarlo en las afueras de la ciudad, sin imaginar que en un futuro no muy lejano quedaría incluido en el paisaje urbano de una ciudad que crece de forma constante.
Fue preocupación de los primeros hombres habitantes de estas tierras legislar para poder repartir, alquilar y arrendar las tierras que ocuparía el camposanto.
Asimismo, fue necesario reglamentar su administración para que con el cobro de sus impuestos devengados pudieran hacerse obras para el ejido urbano.
Esta es una breve síntesis de los inicios del cementerio central.
Honramos a todas las personas que formaron y forman parte de esta labor.