El periodista fue asesinado en el Bar La Alegría el 18 de enero de 1917. La masacre de Zainuco y la necesidad de contar la verdad.
Hace 107 años el periodista Abel Chaneton caía asesinado en un bar de mala muerte de Neuquén. Así, comenzaba a escribirse un capítulo más de la historia trágica y sangrienta del pueblo en sus comienzos como nueva capital del territorio. El desencadenante de todo había sido la fuga de presos de la cárcel y la posterior masacre de Zainuco.
Una bala le atravesó el corazón la noche del 18 de enero de 1917 después de un acalorado encuentro con otro periodista y gente que lo odiaba y que él también odiaba. Y todo ocurrió en un bar cuyo nombre era una gran paradoja: "La Alegría".
Esa noche de verano Chaneton había concurrido al cine con su esposa Amalia. En un intervalo la pareja salió a tomar aire a la vereda cuando apareció Cesareo Fernández, jefe de redacción del “Neuquén”- diario que el periodista dirigía- le contó que en la fonda que estaba a pocas cuadras de allí se encontraban Carlos Palacios y René Bunster, dos hombres que escribían en “El Regional”, un pasquín instalado en Allen, ciudad que por entonces pertenecía al territorio neuquino.
Las broncas mutuas que se tenían los hombres de prensa iban más allá de cualquier supuesta competencia periodística.
Palacios era el director de “El Regional” y defendía con uñas y dientes la actuación de la Policía en el paraje Zainuco, lugar donde el año anterior la policía había encontrado a 17 presos evadidos de la cárcel de Neuquén y había matado a 8 de ellos. El comisario Adalberto Staub, a cargo del operativo, le informó al gobernador Eduardo Elordi que la matanza había sido producto de un enfrentamiento policial con los reclusos. Sin embargo, Félix San Martín, un vecino de la zona encontró los cuerpos de los presos atados y con un disparo en la cabeza y le contó la novedad a Chaneton, que inmediatamente se hizo eco de lo que él consideraba una injusticia.
Y así comenzó una virtual guerra entre ambos matutinos. El de Neuquén, criticando el accionar de la Policía y el gobierno del territorio, y el de Allen, avalando la versión oficial de lo ocurrido en el desolado paraje del interior.
Las editoriales que se cruzaban ambos periodistas a través de los diarios eran cada vez más incisivas y las denuncias pasaron a ser prácticamente personales. Y en aquellos tiempos, las ofensas y los agravios se pagaban caro.
Chaneton se sorprendió cuando su amigo le informó la presencia cercana de aquellos hombres. No hizo caso a los ruegos de su esposa para que se calmara. Palpó el revólver que siempre lo acompañaba y salió corriendo hasta el lugar donde estaban sus enemigos. Iba furioso, desbocado, pensando en aquellas publicaciones difamatorias, como si no le hubiese importado nada más en el mundo que aplicar su propia justicia contra aquellos insolentes sin moral y sin honra que lo desafiaban desde la impunidad. En los últimos metros corrió más rápido, alimentado por su bronca, enceguecido.
El bar La Alegría era un sucucho que frecuentaba gente de toda calaña. Quedaba cerca de las vías del ferrocarril, en la intersección de la Avenida Olascoaga y la calle Mitre. En ese espacio los infelices ahogaban las penas con aguardiente, los jornaleros buscaban algo de distracción después de la agotadora rutina laboral, y los tipos de mala vida intentaban sacar provecho de cualquier situación para ganar algunas monedas. En varias oportunidades se habían desatado peleas a golpes y a cuchillo que terminaron de la peor manera. Cualquier razón parecía buena, especialmente cuando avanzaba la noche y el alcohol se hacía poco. Así era el bar La Alegría.
Chaneton abrió la puerta del boliche con un golpe, entró y buscó con la mirada a sus enemigos. Los divisó en un rincón; y ellos a él. Los insultó a los gritos, les dijo de todo, delante de todos.
Palacios sacó de entre sus ropas un revólver calibre 32 y disparó cuatro tiros, pero su mano temblorosa le jugó una mala pasada. Las balas pasaron cerca de su blanco y se incrustaron en la pared. La respuesta del periodista neuquino fue similar, pero certera: tres plomos impactaron en el cuerpo de su enemigo, que cayó herido de muerte.
Bunster miró aterrado a su amigo moribundo. Desenfundó su arma y disparó tres veces. Tal vez por la rabia, la sorpresa o el miedo, su puntería también falló. Y en un segundo se zambulló en busca de refugio.
El bar que hasta ese momento era un lugar tranquilo donde sólo se escuchaban charlas y risas, se convirtió de golpe en un caos. Los parroquianos se tiraron al suelo, mesas y sillas quedaron patas para arriba, vasos y botellas terminaron destrozados en el suelo. Nadie entendía qué estaba pasando.
Chaneton intentó salir del lugar, pero desde afuera un sargento de apellido Luna, que oficiaba de guardaespaldas de Palacios y Bunster, también le disparó tres balazos sin acertarle.
Todo hacía parecer que la suerte estaba del lado del neuquino. Le habían gatillado unas diez veces sin haber sufrido siquiera un rasguño. Pero no tenía mucho que festejar. Y las preguntas le llegaban como una catarata. ¿Qué pasaría con él a partir de ese momento? Había asesinado a una persona que, encima, todos sabían que era su enemigo. ¿Sería motivo suficiente para que las autoridades de gobierno que él tanto había criticado lo pusieran tras las rejas? ¿Qué sería de su familia si lo encarcelaban?
Confundido y asustado, Chaneton atravesó todo el salón esquivando mesas y sillas para llegar a los fondos del boliche, que tenía una salida alternativa por otro lugar. Avanzó por un pasillo exterior hasta llegar a la calle y por un momento se calmó y aspiró un poco del aire fresco que llegaba de afuera. Luego se asomó a la derecha y vio a toda la gente saliendo del bar en estampida por lo que había pasado. Cuando giró su cabeza hacia la izquierda para ver si podía seguir su ruta por allí, divisó una silueta entre las penumbras. El sargento Luna había adivinado su escape y lo estaba esperando agazapado en la vereda. No tuvo tiempo para nada. El policía le apoyó el revólver calibre 38 en el pecho y disparó: un plomo le atravesó el corazón. Aquella suerte pasajera se había terminado para siempre, a los 40 años.
El crimen de Chaneton fue un cimbronazo no sólo para Neuquén sino también para la opinión pública nacional. Días después de que lo mataran, el periodista tenía previsto reunirse con el presidente Hipólito Yrigoyen para denunciar estas irregularidades. Avergonzado por el escándalo, su amigo Eduardo Talero renunció a la Jefatura de Policía ya que muchas responsabilidades de lo ocurrido pesaban sobre sus espaldas.
Chaneton: el recuerdo de su nieto Juan Carlos
A 107 años de la muerte del periodista, su nieto Juan Carlos Chaneton mantiene vivos los recuerdos de su abuelo y los hechos que le contaron a partir de aquel trágico suceso.
¿Qué siente en cada aniversario de la muerte de Abel Chaneton?
Siento que a la Escuela de Policía de la provincia de Neuquén se le debería cambiar el nombre de Adalberto Staub por el de Eduardo Talero, cuya ejemplaridad, al frente de la institución, es indiscutible.
¿Cómo era la personalidad de Abel Chaneton?
Sobre eso no tengo mucho para decirte, pues sólo cuento con el recuerdo de un recuerdo, es decir, con lo que me contaba su esposa (mi abuela) que evocaba a Abel Chaneton cuando yo era muy niño y de un modo que ahora me resulta un tanto borroso. Ella enfatizaba mucho la indignación que acometía a Chaneton ante la injusticia, sobre todo ante la injusticia contra el pobre, contra el débil, contra el que no se podía defender. Creo recordar que también me decía que Chaneton, en esos casos, era un hombre incluso violento. También me decía que no le tenía miedo a nada ni a nadie y tal vez esa osadía haya sido su fatalidad.
Chaneton defendió los Derechos Humanos cuando de eso casi no se hablaba ¿era un humanista?
Creo que, sin proponérselo, fue un precursor en la defensa y promoción de los Derechos Humanos.
¿Cómo vivió la familia después del crimen?
Estupor, temor y aprietos económicos, creo que son las palabras que sintetizan un poco lo que ocurrió en la familia a partir de aquel enero de 1917. En el diario, el dolor fue muy intenso. Cesáreo Fernández, el jefe de redacción, lo lloró mucho. Talero se manifestó muy conmovido ante doña Amalia, mi abuela. Supongo que los niños que dejaba fueron los que más sufrieron.
Siempre se recuerda a Chaneton por la masacre de Zainuco. ¿Cómo se destacó como funcionario y periodista?
Creo que tengo escrito por ahí que Chaneton no fue sólo ni principalmente Zainuco. Sin Zainuco hubiera vibrado en él la cuerda de su obsesión primaria como hombre público: que Neuquén llegara a ser, algún día, una ciudad importante en un pie de igualdad con las más importantes del país. Y algo de eso ha sucedido. Y no se trata de la reciente irrupción de la "quimera del oro" en Añelo. La gestión y el sistema político a pesar de sus insuficiencias y defecciones, también ha hecho lo suyo para que Neuquén sea hoy la realidad que es.
¿Cree que él abrazaba el sueño de la ciudad moderna como tantos otros pioneros? ¿Qué legado cree que dejó para las generaciones que llegaron después?
Creo que la rutinaria recordación de una ausencia termina por cifrar en el signo encubridor lo que alguna vez fue presencia ejemplar y capital propio del Territorio. Pero parece inevitable. El legado es, con claridad, la política no como prebenda sino como servicio.
(Algunas imágenes que ilustran esta nota pertenecen al documental “Chaneton”, de Fabio Rodríguez Tappa e Iñaki Echeverría, interpretado por el actor Dardo Sánchez. Otras, de la colección de familiares de Emilio Fix y del Archivo Histórico Municipal)
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