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Pizza, vino y barrio: dejó el petróleo para darle vida al bodegón que enamora a Neuquén

Ricardo Chiappero renunció a su trabajo un mes antes de la pandemia. Contra todo pronóstico, fue por su sueño y hoy Casa León enciende las noches de Villa Farrell y Santa Genoveva.

Sentado en la vereda de Alderete 1607, en el límite entre Villa Farrell y Santa Genoveva, está Ricardo Chiappero: neuquino, licenciado en Administración y capitán de Casa León, el bodegón que llegó a su vida casi por cuestiones del destino y que hoy es el corazón social del Este neuquino. Pasan los autos y le tocan bocina; las personas que cruzan caminando se detienen a saludarlo. Muchos lo conocen del barrio, de cuando de pibe llegó a vivir a la calle Río Quinto, pero la mayoría son clientes habituales, para los que Ricardo es algo parecido a la familia.

Casa León es un bodegón hecho y derecho, quizá no en apariencia, pero sí en alma. Buenos vinos, una carta contundente con opciones para toda la familia y un equipo de laburo amable y servicial. También están el perro y el gato de la cuadra, que llegan a la puerta a buscar un plato de comida; una buena cantidad de palomas comiendo miguitas en el cordón; una vereda que durante todo el verano se llena de charlas y risas. Pero sobre todo tiene el reconocimiento de su comunidad.

Además de la lealtad de los habitués, hace unos días Casa León se consagró como campeón total de la Semana de la Pizza que organiza el municipio neuquino, un certamen que depende del voto de la gente. La noticia se celebró puertas adentro como un gol de media cancha y un logro colectivo. Y aunque el bodegón es mucho más que buenas pizzas, para Ricardo es un premio que celebra la calidad y la calidez del espacio, y también lo que hay allí de tradición familiar que lo conecta con su esencia.

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Ir por un sueño

A Ricardo siempre le gustó la cocina: el ritual de cocinar, el placer de compartir y una suerte de hedonismo de todo lo que ese mundo envuelve. Cuando terminó la secundaria lo tentaba la idea de estudiar para chef, pero la idea lo asustó un poco y terminó estudiando administración de empresas. Durante años trabajó en relación de dependencia, aunque se imaginaba a los 40 apostando a su propio negocio. En ese momento era todavía una idea lejana.

Años después conoció a su esposa en una fiesta. Aunque habían sido vecinos del barrio, nunca antes se habían cruzado. Cuando llegó la noticia de que iban a tener a su primera hija, la idea de que tuviera un padre que trabajara todos los días lejos de su casa, llegara agotado y poco feliz, empezó a perturbarlo. En paralelo, la empresa donde trabajaba estaba reduciendo personal ante una crisis del petróleo. Él tenía 20 personas a cargo y se venían los recortes.

“¿Y si me voy yo?”, planteó. Entonces dio el salto.

En un lapso de tres meses, la vida de Ricardo cambió para siempre. En enero de 2020 renunció, poniendo fin a 12 años de trabajo para multinacionales. En marzo, cuando iba a comenzar a darle forma a su proyecto de abrir una cervecería artesanal, estalló la pandemia. Y en abril, en medio de estrictos controles y un sistema de salud colapsado, nació su hija.

La pandemia avanzaba y, en medio de la incertidumbre, tenía sólo algunas certezas: era feliz con el tiempo que podía compartir con su bebé; la cerveza ya no era una opción; y aunque tenía todo en contra, sentía que había tomado la decisión correcta.

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Casa León

Para salir del paso armó un negocio online apoyado en lo que conocía y amaba: el vino. Compró un lote de vinos salteños de mediana y alta gama que había degustado en un viaje a Cafayate —muy difíciles de conseguir en Neuquén—, armó un depósito en la casa de su papá, que aún vive en la Río Quinto, y empezó a comercializarlos.

La propuesta no venía sola. También se inventó unas catas virtuales y colectivas en las que llegaron a participar sommeliers y enólogos de las bodegas. Cuando bajaron las restricciones abrió la vinoteca Casa León en la calle Alderete, y entonces comenzó la magia.

Montó en la vereda una barra con un puñado de banquetas y un cartel que decía: birra al paso. La gente que iba a comprar vino, o simplemente pasaba por ahí, se terminaba quedando. Habían pasado sólo unos días cuando apareció la pregunta inevitable: si no tenía nada para acompañar. Entonces empezó a preparar algunas picadas muy caseras y, unas semanas después, a comprar pizzas a un vecino que vendía a la vuelta del negocio y a montarlas en Casa León.

Las mesas empezaron a multiplicarse por demanda de los vecinos y las vecinas, a quienes ahora les preocupaba qué pasaría durante el invierno, ya que veían que adentro no había lugar para ellos. Ricardo habló con el dueño del local y le dijo:

“Voy a necesitar el local de al lado, pero no tengo dinero para acondicionarlo con todo lo que exige Bromatología para habilitarlo. Si vos lo hacés, yo estoy seguro de que vamos a recuperarlo”.

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Y así fue. Aunque la construcción de los baños y la cocina tardaron larguísimos meses, el público se mantuvo fiel a las propuestas y a los artilugios que Ricardo fue inventando.

No era sólo el vino ni la cerveza. Casa León invitaba a compartir de una forma diferente. Era la música, lo bien que se estaba cerca de casa, las luces de colores que alegraban la noche, tener un espacio de charla y la amabilidad de Ricardo, que como todos también la estaba peleando.

Entonces aparecieron las primeras mesas adentro, una carta modesta y, con el tiempo y el cariño de la gente, todo se fue multiplicando. Casi sin darse cuenta —pero después de mucho trabajo y de apostar por un sueño— Ricardo había logrado crear un bodegón para los amigos, las familias, los vecinos y los amores: un espacio cálido para celebrar la vida.

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Lo que se hereda

El nombre viene de su abuelo paterno. León no era un tipo fácil de tratar, pero de alguna forma todos terminaban reunidos en su casa cada domingo. Ese recuerdo de tardes de hermanos y primos siempre estuvo presente.

De esa familia italiana también surgió la receta de la pizza. Su papá no era un cocinero de todos los días, pero sus pizzas y sus paellas eran inolvidables. De chico se interesó en aprender y fue incorporando las formas y secretos que le heredó su padre. Esa misma receta es la que llevó a Casa León. Con los años la fue moldeando a sus gustos y para eso también se apoyó en las técnicas de oficio que le enseñaron los cocineros que pasaron por el lugar.

Y aunque hoy tiene un equipo gastronómico conformado, durante bastante tiempo fue él quien amasaba las pizzas y quien hoy intenta darles una impronta que retome esos sabores de infancia.

“Estoy superagradecido con el barrio, porque Casa León tuvo muchísima aceptación y mucho de lo que somos dependió de eso. Obviamente, nosotros trabajamos para que la propuesta sea buena desde la materia prima. Yo soy quien va al Mercado Concentrador, el que elige cada verdura, la carne. Hoy tengo mi cartera de proveedores, pero al principio fue un trabajo de hormiga. También tenemos un equipo de trabajo consolidado, que se capacitó para dar lo mejor, para que Neuquén tenga un espacio donde te traten bien cuando salís a comer. Acá vas a encontrar buena vibra. Sabemos los nombres de nuestros clientes, de sus hijos. Esta es una familia para quienes lo elijan”, dice.

Hace un año nació la segunda hija de Ricardo. Lo cuenta con la alegría de quien puede mirar su camino con orgullo, aunque no haya sido tarea fácil, pero sí una decisión tomada con convicción.

El sol comienza a bajar en Villa Farrell y las luces de la vereda empiezan a encenderse. Hace horas que chefs, ayudantes y mozas trabajan para que esté todo listo. En unos minutos las mesas se llenarán de risas, encuentros y soledades compartidas. Esa gran nave de historias que es un bodegón: unas horas para encontrarse con el placer de un buen plato de comida, la compañía del vino y un refugio frente a la espesura de los días.

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