En Villa Puente Picún Leufú, Víctor Painemilla y su hijo Juan Cruz, de 13 años, le suman piscicultura a la tradición chivera y lanera.
Hay lugares donde el invierno congela el mallín y lo convierte en una pista de patinaje. Donde los chivos y las ovejas son herencia, casi un apellido. Donde la tierra es meseta arbustiva, quebrada y viento. Ahí, en medio del campo, alguien se animó a cambiar el libreto en Neuquén.
Sumarle a la producción ancestral de cabríos y lanares el rumor del agua corriendo por un estanque. Sumarle trucha arcoíris a la lana y al queso. Ese es el salto. No es solo criar peces: es diversificar para quedarse, es usar cada gota dos veces, es que un chico de 13 años aprenda que del mismo hilo de vertiente puede salir alimento y futuro.
Eso pasa hoy en Villa Puente Picún Leufú. Lo llevan adelante Víctor Abel Painemilla y su hijo Juan Cruz. Y lo describe el técnico agrónomo Ariel Bezoky, referente de Producción del área centro.
El paraje neuquino pertenece al departamento Zapala. Allí la geografía manda: meseta arbustiva, cañadones, quebradas y valles pequeños marcados por el arroyo Picún Leufú. La vegetación es dura, de monte bajo. Pero la formación geológica regala vertientes. Y donde hay vertiente, hay mallín.
Víctor nació y se crió en el puesto El Mallín. “En invierno pasaba todo con hielo, parecía una pista de patinaje”, contaron. Ahí, de chico, mamó la producción. Primero chivos, después lanares y vacunos, siempre con el foco en mejorar las pasturas.
Hoy el hombre es empleado público de la Comisión de Fomento local, pero -como dice Bezoky- “tiene el corazón puesto en la producción porque es lo que mamaron desde la cuna”. Junto a su señora, también chacarera e hija de los Romero de toda la vida, ordeñan una vaquita, elaboran quesos y dulces. La producción la llevan adentro.
El proyecto de las truchas arrancó hace cuatro años con el acompañamiento de Producción y del CEAN. La clave del criadero son dos vertientes importantes que el productor encausó en una sola caída.
El sistema es simple y genial: el agua de vertiente se capta en una primera etapa para la cría de trucha arcoíris. Ese mismo caudal, ya usado, no se pierde. Todo ese excedente va al mallín. “Producen truchas, pero también producen pasto. Eso es optimizar el recurso”, explicó Bezoky, quien llegó al sitio esta semana en compañía de LM Neuquén.
En plena meseta patagónica, el agua que nace de la roca cría peces y después riega. En un entorno donde cada gota vale, ese “golazo de media cancha” cambió la ecuación.
Víctor Painemilla fue siempre productor ganadero. Su hijo Juan Cruz crece hoy entre chivos, escuela y estanques. Entre los dos le suman piscicultura familiar a la tradición.
Es el desafío de esta época para el campo neuquino: no abandonar lo ancestral, pero animarse a diversificar. Que, en el mismo valle, influenciado por un arroyo, convivan el balido, el ordeñe y el salto de una trucha. En Villa Puente Picún Leufú ya lo están haciendo.
La vida en El Mallín era de trabajo y de escuela. Y para llegar a la escuela había que bajar. “En la chacra donde estoy ahora, era de mis abuelos paternos. Aquí antes nos quedábamos con mis hermanos toda la semana. Bajábamos los domingos e íbamos a la escuelita 81, que está a unos kilómetros más, cerca de la Ruta 40”, recordó Víctor.
La rutina estaba marcada por el calendario escolar: “Cada fin de semana volvíamos al puesto a seguir ayudando a nuestros padres”, agregó.
La chacra donde hoy vive Víctor tiene historia: era de Cornelia y Benjamín, sus abuelos paternos. De ellos heredó la tierra y el oficio. De sus padres, María Hortensia y Abel, la constancia de criar animales y cuidar las pasturas en El Mallín.
Esa cadena no se cortó. Hoy Víctor y su esposa Sandra Romero siguen produciendo. Tienen chivos, lanares, vacunos, hacen queso, dulces y ahora también crían truchas arcoíris con agua de vertiente. Y su hijo menor, Juan Cruz, de 13, ya se metió de lleno en el proyecto.
Para Víctor, El Mallín no es solo un punto en el mapa de Neuquén. Es donde nacieron y se criaron él y sus 8 hermanos. Donde el invierno helaba todo y el verano obligaba a cuidar el agua. Donde aprendió de sus viejos a vivir del campo.
Víctor Abel Painemilla tiene 54 años, cuatro hijos (Javier, Yamila, Luciano y Juan Cruz) y una vida atada al campo. Nació y se crió en el puesto El Mallín, en Villa Puente Picún Leufú, donde sus padres María Hortensia y Abel criaron animales y pasturas toda la vida. Hoy, desde la chacra de sus abuelos, cuenta su historia.
“Ahí me estaría quedando”, dijo, y en esa frase resume todo: el pasado en el puesto, el presente en la chacra de los abuelos y el futuro que arma con sus hijos.
En El Mallín empezó su historia. Y esa historia sigue.
En 2026, el emprendimiento familiar de Víctor cumple cuatro años criando trucha arcoíris. Con agua cristalina que aflora de la tierra, alimentan la “pileta” y después riegan el mallinal. Por ahora es para consumo propio, pero el horizonte es agregar valor y salir al mercado.
“Quiero agradecer al señor Ariel Bezoki, quien fue uno de los impulsores siempre. Hace muchos años que se estaba queriendo hacer esto”, dijo el productor.
La oportunidad llegó hace cuatro años. “Se puso en contacto con mi hijo mayor, Javier, el de 32 años, cuando salió la posibilidad de traer y sembrar truchas. Entre él y mi hijo hicieron los trámites para empezar con la primera siembra”, siguió relatando.
Bezoky era el técnico en esa época. “Siempre vio el potencial que tenía el lugar, por el tipo de agua y también para el aprovechamiento de poder hacer la cría de truchas. Bueno, ahora se nos dio y en primer lugar agradecer a él”. Sumó el agradecimiento al CEAN y a la familia.
“Al CEAN por podernos proveer las truchas y bueno, también a la familia que ayuda bastante en esto y se compromete con la causa”, añadió Víctor. “Y agradecer al diario por visitarnos y poder difundir y dar a conocer lo que se hace en nuestra localidad, con la esperanza en la alternativa de mejorar en muchos puntos. No tan solo en la cría de truchas, sino en otros emprendimientos y tareas que se hacen en nuestra zona”, explicó.
En cuanto a la utilización del vital recurso, Painemilla reiteró. “Producimos truchas, pero también producimos pasto. Es un doble propósito de uso del agua”.
“En la primera cosecha, la trucha que más pesó fue de 1,8 kg. Y bueno, el promedio fue de 1,5 kg. Ese es el registro que hemos venido teniendo”, contó Víctor. En cuanto al consumo, precisó que, por ahora, todo va a la mesa. “Nosotros los consumimos en la casa. Por ende, no estamos haciendo valor agregado, pero sí estamos haciendo las consultas para en un futuro hacer paté o el disecado de la trucha”, expresó con expectativas.
En medio de la meseta patagónica, en un valle pequeño de Villa Puente Picún Leufú, el agua de vertiente que nace de la roca ya cría truchas y engorda pasturas. El desafío ahora es que también genere ingresos.
La capacitación para agregar valor todavía no llegó, pero existe la intención. “Las ganas están de hacerlo. Así que por ahora la estamos consumiendo en familia”, afirmó.
No obstante, hay un horizonte claro: ampliar la producción y salir al mercado.
La cuarta temporada en 2026 consolida la experiencia. El agua está, la técnica se ajusta año a año, y la familia está comprometida. El paso siguiente es capacitarse para el faenado, el ahumado o el paté, y pensar en la ansiada escala comercial.