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Tito y Julia fundaron el emblemático local de Avenida Argentina 135 en 1966. Generaciones de neuquinos, visitantes, artistas, disfrutaron de un espacio que se transformó en un pedazo de historia de Neuquén. Sus puertas cerraron en 1983.
Hay tiendas, confiterías, boliches, que han marcado a fuego a varias generaciones que crecieron en la ciudad de Neuquén, que desde hace décadas siempre se la ha denominado pujante. Muchos profesionales y familias que llegaron a esta tierra a probar suerte terminaron echando raíces y nunca se fueron ante su prosperidad laboral: un tema que sigue siendo moneda corriente por el ingreso de nuevos ciudadanos que la convierten en una capital cosmopolita. La Confitería Zoia formó parte de esa progresión y con el paso del tiempo se transformó en parte de la historia del Neuquén del ayer.
Fundada en 1966 por Gilberto Tito Menéndez y Julia, su inseparable esposa, el inmenso salón se ubicó en Avenida Argentina 135. Allí, se generaron anécdotas, se hicieron reuniones partidarias, las infaltables ‘rateadas’ de estudiantes, y hasta funcionó como base de planificación de lo que sería la facultad de Turismo en Universidad Nacional del Comahue.
Iniciada la década del ‘80 desató el boom por los pooles -llegó a tener 15 mesas- que convocó a cientos de personas cada fin de semana, siendo una salida obligada para el divertimento. Hasta el obispo Monteverde escogía Zoia para cruzar la avenida desde La Catedral y sentarse en una mesa a charlar de todo en un mano a mano con Tito Menéndez.
La historia de una de las confiterías más conocidas y concurridas de aquella época –junto a Tijuana, que estaba al lado- comenzó a escribirse en Cipolletti. Menéndez, hijo del corazón de Martín Zoia (casado con Adela Rivera), desde muy chico comenzó a empaparse en el mundo de la gastronomía. Sus primeros pasos los dio en una fonda de chapa, que se encontraba sobre Villegas casi Fernández Oro en el año 35. En ese periodo recibían a los trabajadores golondrinas provenientes del norte y de Chile.
Doce años después se trasladarían a la calle 25 de Mayo y Roca para poner en funcionamiento el Bar Italia. Tras un viaje que realiza Martín Zoia a Italia para ver a su familia (finalizada la segunda Guerra Mundial), Tito con 17 años se encargó de darle forma al bar junto a su madre. La familia luego haría otra mudanza y se mudaría a calle Roca –frente a la plaza, pegado al local de Badillo- para dar vida a la Confitería Zoia.
El negocio se convertiría en el predilecto de toda la sociedad del Alto Valle. Todo el mundo quería estar en Zoia porque era sinónimo de glamour y moda. Se sabe que el escritor Osvaldo Soriano, quien en su adolescencia vivió en Cipolletti, fue uno de los clientes que frecuentaba el local.
La familia Zoia residía en el chalet de Belgrano 343, en dónde Tito Menéndez, ya casado con Julia, vivió con sus primeros cuatro hijos. En esa propiedad también se encontraba la familia de Teresa –hija de Zoia- casada con Juan "El Negro" Perales, quien fue uno de los técnicos de fútbol que tuvo el Club Cipolletti.
Atento a lo que sucedía en Neuquén con el auge del petróleo y lo que podía llegar a despertar la actividad, Menéndez toma distancia del nono Martín y decide poner su propio emprendimiento en Neuquén, además de instalarse en su casa propia, que estaba unificada al negocio.
“Abrimos en el Neuquén del 66 y el frente era todo de vidrio, muy moderno para ese tiempo. Y recuerdo que mi mamá (Julia) miraba a la gente que pasaba. Y lo que hacía la gente era que se frenaba, miraba un poco para adentro y seguía caminando. No entraba nadie. Mi madre se agarraba la cabeza ‘Cómo vamos a pagar todas estas cosas’, decía. Recién en el cuarto día comenzó a entrar uno, después otro y no paramos más de trabajar. La gente después entraba como si fuese su casa”, recordó Alejandro Menéndez, el cuarto de los seis hijos de Tito.
Entre la década del ’60 y 70’ la provincia ya celebraba el auge del petróleo con el yacimiento Loma de lata, uno de los descubrimientos exploratorios más importantes de la historia de YPF. En tanto, la construcción del complejo hidroeléctrico El Chocón, que comenzó en 1968 y era considerada en aquel entonces la “obra del siglo”, era otra pieza que marcaría un hito para Neuquén.
Precisamente, ese grueso de personas que trabajó en las obras pasaría a ser parte de Zoia. “Muchos petroleros vivían por un tiempo largo en el Hotel Royal o alquilaban casas. En el colegio, por ejemplo, tuve compañeros que provenían de México, Caleta Olivia, Comodoro Rivadavia. El tema es que la gente que llegaba al hotel después desayunaba en la confitería. Mi papá acordó con el dueño del Royal (Guillermo Cunningham Glen) para darle el servicio porque teníamos un salón amplio para la gente, que también tomaba su aperitivo o cenaba a la noche y se iba a dormir. Después recibimos más clientes ante el auge de El Chocón. Veíamos que muchas personas llegaban en tren a Neuquén para trabajar”, contó.
Una vez que la gente arribaba no tenía muchas opciones para elegir. O se dirigía a la parte del bajo neuquino o subía por la avenida: “Pasaban por el Hotel Confluencia –hoy casa central del Banco Provincia de Neuquén-, Banco Hipotecario, Casa Gotlip –local de electricidad e iluminación ubicada en Rivadavia y Av. Argentina- hasta llegar al Monumento a San Martín. Pegaban la vuelta y entraban a Zoia a tomarse un café”.
“Hay mucha gente que me ha contado que cuando llegó a Neuquén con un bolsito su primer café con leche se lo tomó en la confitería. También conocí –más acá en el tiempo- a un heladero de Cutral Co que hizo la colimba en Neuquén y me dijo que estuvo 30 días sin salir de franco. Y lo único que tenía en mente en ese momento era salir y tomarse un café con leche y medialunas. Y lo cumplió. Zoia era como un punto de referencia y tenía su atracción, tiene un gran significado en la vida de mucha gente”, agregó.
La vida familiar de los Menéndez siempre giró en torno al negocio. Los seis hermanos (Martín, Susana, Gilberto, Alejandro, Leo y José) supieron hacer todo lo que demandaba el local. Desde hacer café y pizza a servir helados, cargar heladeras, lavar copas, tickear y ponerse el traje de mozo.
“Hubo un tiempo que la ciudad no tenía su terminal de colectivo, solo estaba en San Luis y la Ruta 22 un local de la empresa El Petróleo. Y como no había nada, los colectivos paraban enfrente a Zoia y organizábamos todo para darles el desayuno o que comieran algo. También aprovechaban para ir al baño porque los micros en ese tiempo no tenían. Después se volvió común recibir uno o dos colectivos que pasaban por la ciudad”, aseguró Martín, el mayor de los hermanos.
Zoia tuvo dos históricos mozos: Roberto Almendra y Ángel Negro Moreno (más tarde se convertiría en el secretario general de Gastronómicos), dos trabajadores de fierro. Ellos se encargaron de atender a varios personajes que emergían de la política.
“Se reunía gente de todos los partidos políticos porque no tenían sede. Los peronistas, socialistas, comunistas, cuando se venían las elecciones, le pedían a Moreno que les reserva tanta cantidad de mesas. Así que que siempre como mínimo tenía a militantes de tres partidos distintos. Se agarraba la cabeza (Moreno) porque tenía miedo que se cruzaran. Antes en las reuniones se hablaba mucho a los gritos. A veces, como se conocían, compartían una mesa personas de distintos partidos. Era igual a lo que ocurría en el programa Polémica en el bar. Alguno siempre se enojaba o se peleaban y alguno se terminaba levantando y yendo de la mesa”, explicó.
Esos cónclaves sirvieron para que el local sea el disparador de proyectos: “Las primeras reuniones para planificar y darle forma al proyecto a la Universidad del Comahue se hicieron en la confitería. Luego se trasladaron a la escuela Piloto (actual 201). Mi papá decía con satisfacción ‘Al final participé en el inicio de lo que es hoy la Universidad’”, aseguró.
Las manifestaciones frente a Zoia fueron un problema para el negocio. “Hacían antorchas con latas de tomate, un palo de dos metros, ponían estopa y aceite quemado. Eran épocas bravas los ’70. Una vez bajó un sargento, se acercó hablar y se disolvió la manifestación. La confitería siempre estuvo abierta, nunca cerramos, porque iba el obrero, el gerente del banco, el que trabajaba en el correo, personal de Aerolíneas Argentinas hasta el obispo Monteverde. Pero de vez en cuando siempre terminábamos con un piedrazo en los vidrios. Una vez cayó Lanusse con su comitiva a tomar algo”, rememoró Alejandro, quienes mucho lo conocen por El Ojo.
El fenómeno del pool se dio en la Argentina recién iniciados los ‘80. En Neuquén, eran pocos los sitios en donde se podía jugar. Uno fue un local en calle Sarmiento. “Quedaba arriba de Papá Noel, en el segundo piso. Con mi hermano Gilberto íbamos a jugar unas fichas”, reveló.
“Después los pooles llegaron a Tijuana, la confitería que estaba pegada. Un señor de Bahía Blanca, que era el que ofrecía las mesas, le preguntó a mi papá si quería. Probamos con cuatro mesas y todos los días estaban llenas. Le pidió más mesas hasta que llegamos a tener unas 15. Fue una locura y un boom. Old Melody fue otro de los negocios que tenía pooles. Y también una de las primeras pantallas gigantes donde pasaban películas o musicales”, contó Alejandro.
“El negocio fue punto de encuentro para hacerse ‘la rata’ y de vez en cuando caía el director de algún colegio con dos o tres mamás a buscar a sus hijos. En realidad, se quedaban charlando o jugando al pool un par de horas y se iban. Pero se iban cuatro estudiantes y entraban otros cuatros. Después directamente algunos padres llamaban por teléfono para saber si su hijo estaba en Zoia. ‘Quédese tranquila que está acá’, les decía mi padre. Igual, sabina que en Zoia había siempre un ambiente familiar”, reveló Martín.
Por otro lado, un hecho anecdótico que aún permanece en Leo Menéndez (integrante y saxofonista del grupo Yeso en los ’80, banda que se destacó en el circuito local) fue cuando recibieron la visita de Riff. “Fue una banda de heavy metal que lideraba Pappo. Creo que habían venido para tocar en la ENET 1 (actualmente EPET 8) y cayeron a jugar al pool. No estaba Pappo pero estaban todos vestidos de cuero y esa imagen no se me fue más. Yo tenía 13 años”, contó el quinto hermano de la familia.
Además de Riff, otras figuras como Alberto Castillo, Juan Carlos Baglieto, Guillermito Fernández, León Gieco, pasaron por la confitería. En el plano deportivo, el campeón mundial de boxeo Sergio Víctor Palma fue otras de los personajes que visitó Zoia.
Previo al arribo de las mesas de pool, funcionó allí la Asociación de Ajedrez de Neuquén, que tenía al frente a Tino Vidal. “Se habían quedado sin espacio físico y Tito les cedió una parte del salón. Muchos chicos y jóvenes aprendieron a jugar en Zoia y hasta hoy recuerdan cuando se encuentran con alguna foto en las redes”, contó José, el menor de los hermanos.
Si algo tenía Zoia eras que los chops salían totalmente helados y eran una garantía. Además, las papas de copetín de gran tamaño eran elaboradas en la misma confitería. Un lujo. “Llegue a llevar en una bandeja hasta 12 balones de chops. Cargaban cerca de 750ml. La cerveza salía bien fría porque mi papá modificó el sistema. Cada serpentina de la chopera tenía su placa entonces hizo hacer un puente para que la cerveza entre por una placa –pasando por la otra placa- y salga por una sola canilla. De esa forma tenía más capacidad de cerveza enfriándose. Además, a la chopera se le ponía una barra de hielo que con mi mamá siempre íbamos en el Ford Fairlane o en un 404 a comprar en un frigorífico de Cipolletti. Las barras tenían forma de prisma y después había que picarlas para mantener la chopera siempre fría”, contó Ojo.
“En las noche de temporada de verano mi papá nos hacía sacar las mesas afuera. Era tanta la gente que venía que los fines de semana las mesas se colocaban hasta la esquina, en donde ahora funciona Montagne. Con mi hermano el Gordo (Gilbetro) nos quedábamos paraditos por los pedidos y haciendo guardia por los que se iban sin pagar (risas)”, describió.
El proveedor y distribuidor de los barriles de cerveza Quilmes era Pipo Mandalari, quien tenía su sodería que se identificaba por sus sifones azules. El local se ubicaba en Alcorta y Pampa y su competencia era sodería Mafrici.
Se podría estar horas y hasta días enteros describiendo cada episodio de los tantos que sucedieron en Zoia. Cada neuquino, visitante, personaje, que llegó apostando a esta ciudad entre la década del 70 y ’80 tendrá en su memoria una postal, un capítulo de esa confitería. “Tito y Julia fueron los que hicieron toda esta historia. Nosotros aprendimos y ayudamos. Zoia representa mucho para la gente de Neuquén porque era su lugar de pertenencia”, concluyó José Menéndez.