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Una inusitada violencia está ganando las calles, y preocupa. Preocupan la exaltación y a agitación que hacen ciertos sectores de estas situaciones, que lo único que logran es grietar aún más la dividida sociedad en este país. Por momentos se me cruza por la cabeza que hay personajes que piensan que si explota todo, sería mejor. Que hay intereses, en este año político, quién lo duda.
Pero, además, es una violencia que alimenta puertas adentro en los hogares y lamentablemente se traduce en nuevos femicidios, por ejemplo, y el Estado parece no entender que es otra preocupante pandemia en la que no hay que buscar culpables -si el juez, si el fiscal, si la Policía- sino actuar y dejarse de tanto mensaje decorado y obsecuente del momento.
También es violencia que se traduce en un hombre condenado que tomó de rehén durante diez horas a un defensor público; o un padre que “durmió” de una piña al profesor de un club porque su hijo apenas jugó siete minutos en el partido.
Son pasajes aislados, pero todos unidos al mismo tiempo por una violencia que se alimenta día a día en una sociedad argentina cansada después de un año de pandemia, la que aún no superamos, por cierto.
Y muchos de estos episodios de violencia son producto de un Estado ausente o que llega tarde, además de una oposición que busca sacar réditos en lugar de sumar ideas para unir a la sociedad.
Ejemplos sobran. Está el diputado nacional neuquino que, sin titubeos, reivindicó las bolsas mortuorias en Casa Rosada. “Lo volvería a hacer”, dijo. O está la Policía reprimiendo a los manifestantes en Formosa por el regreso a la fase uno.
Ya está. No agiten que se agrieta más.