Un programa del CONICET documenta el regreso de la especie a las aguas de Tierra del Fuego con fotos que manda la gente. La cola como huella digital.
Cada vez que una ballena jorobada saca la cola del agua, deja expuesta su firma personal: un patrón único de coloración blanco y negro en la aleta caudal, irrepetible como una huella dactilar.
Ese rasgo biológico es la clave de un programa de ciencia participativa que un equipo del CONICET sostiene desde 2013 en el extremo sur de Argentina, con la colaboración de más de 500 personas que nunca estudiaron biología marina pero que, sin saberlo, se convirtieron en parte de la ciencia.
El proyecto se llama Jorobadas del Beagle y fue impulsado por las biólogas marinas Natalia Dellabianca y Mónica Torres, integrantes del Laboratorio de Investigaciones en Mamíferos Marinos Australes del Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC-CONICET), con sede en Ushuaia.
"Todo es gracias a las fotos que nos mandan las tripulaciones que visitan el canal y los mismos turistas. Ahora, lo que está pasando en el canal es que las ballenas están volviendo a antiguas áreas de alimentación", sintetizó Dellabianca en una nota de Mongabay, una red de medios independientes dedicada a difundir temas ambientales y de protección de especies.
El programa cuenta con el apoyo de WCS Argentina y el Comité de seguimiento del Compromiso Onashaga, que reúne a voluntarios de varias instituciones de Ushuaia interesadas en el turismo sustentable.
La mecánica es simple: turistas, guías, fotógrafos y tripulantes de embarcaciones que navegan el Canal Beagle, además de -por supuesto- habitantes locales envían sus fotos y videos por correo electrónico o redes sociales, con fecha y lugar del avistaje.
Posteriormente, las investigadoras comparan la imagen de la cola con el catálogo acumulado.
Si la ballena ya fue registrada, suman un nuevo avistaje a su historial.
Si no, incorporan un individuo nuevo y le asignan un nombre.
Pero ese aparente trámite burocrático es algo más que ello.
El programa establece que aquel colaborador que aportó la primera foto de una ballena jorobada, adquiere el derecho de bautizar al ejemplar: lo contactan y le preguntan cómo quiere llamarla.
El detonante del proyecto fue un avistaje inusual.
Entre febrero y abril de 2013, un pequeño grupo de jorobadas permaneció durante semanas en las aguas del Canal Beagle, cerca de Ushuaia.
"Si bien su presencia había sido registrada anteriormente, fue llamativo que permanecieran allí tanto tiempo", recordaron las co-autoras del catálogo.
Esa permanencia inesperada motivó el inicio del monitoreo sistemático.
Doce años después, el resultado es un catálogo de fotoidentificación con 208 ballenas jorobadas registradas entre 2013 y 2025.
La edición presentada en el Día Mundial de las Ballenas de 2025, el tercer domingo de febrero, había documento 191 individuos.
Luego, durante ese año se sumaron imágenes de 22 ejemplares en la zona del canal, de los cuales 17 fueron reconocidos por primera vez. De este modo, se llegó a la última cifra actualizada.
La presencia de las ballenas en el canal de Beagle no es casual.
Las jorobadas encuentran allí el alimento que necesitan: comen principalmente langostilla y sardina fueguina.
"A partir de febrero, normalmente tenemos una presencia permanente de la especie. Si bien puede haber avistajes desde noviembre hasta agosto en algunos casos, a partir de febrero y hasta junio normalmente tenemos presencia permanente", explicó Dellabianca.
El seguimiento sostenido en el tiempo permitió reconstruir historias individuales.
Shima, por ejemplo, es la ballena más fiel al canal: lleva ocho años consecutivos visitando estas aguas, en un caso de notable de fidelidad al sitio entre todas las jorobadas registradas.
Buddha, en cambio, no había sido vista desde 2021 pero reapareció en 2025, algo que el equipo científico calificó como algo "altamente positivo".
La comparación del catálogo del Beagle con registros realizados en otras regiones puede aportar información sobre rutas migratorias e historias de vida compartidas.
Las jorobadas son consideradas especies "centinelas" del océano: al ser sensibles a los cambios ambientales, el monitoreo de sus patrones de comportamiento permite detectar transformaciones en el ecosistema marino, según señaló Valeria Falabella, directora de conservación costero marina de WCS Argentina.
El crecimiento sostenido de la población en el canal desde 2018 se explica en parte por la recuperación global de los cetáceos tras décadas de prohibición de la caza comercial, que les permitió recolonizar antiguas áreas de alimentación.
Pero ese regreso también trae nuevos desafíos.
El Canal Beagle tiene apenas tres millas de ancho mínimo y conecta los océanos Pacífico y Atlántico.
Es un corredor angosto con tráfico marítimo creciente, impulsado en parte por los viajes hacia la Antártida.
"El ingreso creciente de ballenas al Beagle conlleva un aumento en la interacción entre estos animales y las embarcaciones", advirtió Dellabianca.
Solange Fermepin, de WCS Argentina, enumeró las amenazas que enfrenta la especie: colisiones con barcos, contaminación sonora, desechos en el mar, enmalles en redes pesqueras, pesca ilegal y cambio climático.
Desde el CADIC señalaron que "resulta necesario revisar y fortalecer pautas de navegación, como las velocidades de entrada y salida de los buques y las distancias de acercamiento para el avistaje de ballenas".
En el marco del proyecto, el equipo también realiza charlas informativas a la comunidad náutica y distribuye ejemplares impresos del catálogo como material de divulgación.