Con rastreadores satelitales, registraron por primera vez el viaje de Camarones a las Orcadas del Sur. Solo un ejemplar conservó el dispositivo hasta el final.
Un rastreador satelital colocado a un ejemplar de ballena jorobada en Chubut permitió registrar por primera vez su vertiginosa travesía desde las costas de la localidad de Camarones, a 240 kilómetros de Rawson, hasta las aguas de las islas Orcadas del Sur, en el mar de la Antártida, recorriendo tramos de hasta 200 kilómetros por día.
El rastreo tiene que ver con un proyecto científico iniciado en enero en el área natural protegida Patagonia Azul, en la costa de Chubut, cuando les pusieron rastreadores a tres ballenas jorobadas. Dos de los aparatos se desprendieron por lo cual se perdió contacto con los animales, pero el tercero permitió realizar este seguimiento hasta ahora inédito.
El marcaje fue realizado por un equipo científico del Proyecto Patagonia Azul, que trabaja en la protección y restauración de ecosistemas marinos, junto a investigadores de la Universidad de California.
Al principio, las ballenas permanecieron alimentándose casi exclusivamente dentro de los límites del Parque Provincial Patagonia Azul y en la zona de Puerto Visser, apenas más al sur para el lado de Comodoro Rivadavia.
Después de ese período de residencia alimentaria, el único animal que conservaba el transmisor empezó a adentrarse en el mar y a viajar hacia el sur cada vez más lejos.
"Lo hacía a una velocidad impresionante, incluso de 200 kilómetros de avance por el mar en un mismo día", contó Lucas Beltramino, biólogo del proyecto Patagonia Azul.
Fueron 15 días de viaje a toda velocidad. Despues, el patrón de nado se volvió errático, con idas y vueltas alrededor de una misma zona. Los científicos dedujeron inmediatamente que la ballena había llegado a una nueva zona de alimentación, en la Antártida.
Algunas semanas después, una coincidencia les dio la confirmación. Otro equipo de la Universidad de California que se encontraba realizando trabajo de campo en las Orcadas del Sur reportó el avistamiento de dos ejemplares que habían sido registrados antes en la costa de Chubut.
Menos frecuentes que la ballena franca austral o la sei en las aguas argentinas, las jorobadas tienen atributos que las hacen únicas y convierten los avistajes en un privilegio.
Además de su tamaño imponente, poseen un repertorio distintivo de acrobacias y vocalizaciones. Son particularmente curiosas: no es raro verlas asomarse y quedarse observando, como estudiando a quienes las observan.
Saltan, giran, golpean la superficie con sus aletas —largas como alas— y se sumergen exponiendo la cola en un espectáculo visual que se aprecia de forma privilegiada en las aguas de Patagonia Azul.
No hace mucho tiempo, sin embargo, su presencia en la costa patagónica era considerada una rareza. Los datos históricos indicaban que su migración era directa entre Brasil -donde se reproducen- hacia la Antártida, a través de rutas oceánicas profundas.
Más de cuatro años de muestreos sirvieron para confirmar que la especie adoptó una marcada presencia en la Patagonia. Según precisó Beltramino, los ejemplares llegan a partir de fines de octubre o principios de noviembre y permanecen a través de marzo.
Después hay un pequeño pico de avistajes que se da en mayo y, de acuerdo a lo que por ahora suponen los investigadores, tiene que ver con el momento exacto en el cual las ballenas, tras alimentarse en el extremo sur, emprenden su viaje de retorno hacia Brasil.