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Caso Ávalos: de Breaking Bad al caso Giubileo

A días de cumplirse 20 años de la desaparición recuperamos el experimento forense sobre la disolución de cadáveres en ácido y la teoría del tráfico de órganos. ¿Cuál fue para los forenses, el destino final del estudiante?

El 14 de junio se cumplen 20 años de la desaparición forzada del estudiante de la Universidad Nacional del Comahue Sergio Ávalos. El joven oriundo de Picún Leufú fue visto por última vez, con vida, dentro del boliche Las Palmas, que era propiedad de Pedro Nardanone y cuyo encargado era Patricio Sesnich.

Dentro de las variadas hipótesis que surgieron en el caso, hubo tres posibles destinos analizados por forenses neuquinos que solo se quedan con una opción. Es por eso que vamos a sumergirnos en las densas tinieblas del caso Ávalos y repasar su posible final.

caso avalos - las palmas

El último baile

Sergio Ávalos tenía 18 años, había llegado de Picún Leufú con la esperanza de graduarse en Administración de Empresas en la UNCo con la única finalidad de regresar a sus pagos y junto con su padre, Asunción, sacar adelante la chacra familiar. Su futuro era prometedor.

Lo cierto es que la madrugada del 14 de junio de 2003, tras comer un asado en la residencia estudiantil, fue con sus amigos al boliche Las Palmas.

Allí fue visto por última vez alrededor de las 7 de la madrugada. Minutos después, cuando salía, golpeó sin querer la ticketera (una champañera) en la que se dejaba el ticket de los vasos y los guardias de seguridad se lo llevaron por la fuerza hacia las fauces del boliche.

Ese testimonio figura en el expediente y lo brindó uno de los amigos que acudió esa noche a Las Palmas.

Todo su ser sucumbió a la extrema agresividad del personal de seguridad. La teoría principal indica que la golpiza se desmadró y lo mataron, luego sacaron el cuerpo en un vehículo y hasta la fecha no se sabe dónde lo ocultaron.

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Desaparecer

En Neuquén, como en todas las provincias, los accidentes geográficos son de gran utilidad a los fines criminales. A lo largo de los años, debido a los distintos crímenes que me ha tocado cubrir y a la interacción con investigadores, en algo nos hemos puesto de acuerdo: “La meseta y el río son los lugares más adecuados para descartar cualquier cadáver”.

En el caso del río, se sabe que el agua devuelve los cuerpos en la mayoría de los casos, ya sea por el proceso de descomposición o por las corrientes.

En Neuquén, el dato surge de la casuística, donde podemos mencionar los casos de Alejandra Zarza (2002) y Cielo López (2019), entre los principales.

Pero a esta observación hay que sumarle el hecho de que el homicida promedio neuquino es bastante desprolijo desde lo forense y no toma tantos recaudos.

De hecho, cuando intenta algo más elaborado, genera escenas de espanto y horror, como en el crimen de Fernanda Pereyra en Rincón de los Sauces (2017) o el doble femicidio de Norma y Luz en el oeste neuquino en febrero (2023).

Nuevamente, la muestra sigue marcando que los crímenes más atroces se cometen con mujeres y que el asesinato de hombres, salvo contadas ocasiones, no deja de ser un acto propio de una respuesta violenta: ajuste de cuentas o pelea de borrachos.

En el caso de Sergio Ávalos, se fue un paso más allá porque no se quiso descartar el cuerpo del estudiante, sino que hubo una voluntad manifiesta de ocultarlo para siempre. Hasta ahora, lo han logrado.

Este es un dato importante: quiere decir que hubo –y hay– una mente más entrenada, no solo con ciertas habilidades y recursos para realizarlo sino también con la disciplina para sostenerlo en el tiempo.

Y, como se sabe, en el boliche Las Palmas había militares en actividad, algo totalmente irregular, y policías de consigna. Es decir, había mano de obra completamente capacitada que sabía todo lo que estaba en juego si encontraban a Sergio Ávalos muerto en el boliche tras una golpiza desmadrada. Encima, contaban con un dueño y un encargado inescrupulosos y dispuestos a todo.

Es por todo esto que a 20 años todavía no se ha encontrado el cuerpo ni hay imputados. Todo es producto de una investigación que tiene groseras grietas.

Cabe recordar que para los investigadores (criminólogos y criminalistas) el crimen perfecto no existe, sino las malas investigaciones.

Breaking Bad.

Breaking Bad

A principios de 2008 se estrenó la serie Breaking Bad, que cuenta la historia de un profesor de química que descubre que tiene cáncer de pulmón y que el tratamiento dejará en ruinas a su familia. Por ese motivo, junto con un viejo alumno suyo, Jesse Pinkman, comenzará a cocinar metanfetaminas en la desértica Albuquerque.

La pareja narco atraviesa situaciones límite, con muertes incluidas, y es allí donde aparece la disolución de cadáveres en tachos de 200 litros.

A partir del éxito de esta serie, algunos investigadores, en charlas informales, y un gran número de personas comenzaron a darle mayor fuerza a la teoría de que Sergio podría haber corrido una suerte similar.

Pero todos llegaron tarde a dicha suposición.

En el Cuerpo Médico Forense neuquino, un viejo y sabio especialista contempló esa posibilidad sin que la fiscalía se lo pidiera y realizaron un ensayo.

Fue muy interesante la conversación, bajo reserva, porque ya se habían dado otros casos en los que habían recurrido a este tipo de experimentos para tener mayor certeza en la respuesta.

- Recuerdo que me contó que hicieron un ensayo con dos tipos de ácido…

- Sí, lo hicimos. Compramos dos piezas de osobuco del mismo peso aproximadamente y a una la metimos ácido clorhídrico y a la otra en sulfúrico para analizar el tiempo de descomposición.

- ¿Y qué resultados obtuvieron?

- La pieza que estaba en el clorhídrico tardó 72 horas en descomponerse y la que estaba en el sulfúrico, solo 24. El sulfúrico no solo fue más rápido, sino que degradaba gran parte de los huesos, quedando toda una materia gelatinosa.

- ¿Y creen que podrían haber hecho algo así con Sergio Ávalos?

- Sinceramente, no. Para disolver a una persona, es necesaria una cantidad importante de ácido, cuya venta llamaría mucho la atención. Además, se necesita un tacho grande para introducirlo desmembrado.

Así resumió el especialista la prueba que hicieron casi al año de la desaparición de Sergio Ávalos.

Cierto es que la disolución de cuerpos en ácido ha sido utilizada por carteles mexicanos y en Argentina hay un antecedente muy interesante que rescató el periodista Reynaldo Sietecase en su libro Un crimen argentino, que escaló a la pantalla grande el año pasado.

Dicho caso ocurrió 1980 en Rosario, cuando el abogado Juan Carlos Masciaro secuestró y asesinó al empresario Jorge Sauan, integrante de una familia adinerada que se dedicada al negocio textil. Masciaro entendió que, para no levantar sospechas, el cuerpo debía desaparecer, como para simular que lo había hecho la dictadura. Por eso, redujo a Sauan en ácido sulfúrico. Luego, el pedido de rescate fracasó y la pericia de un judicial permitió dar con el detalle de un par de damajuanas que, al ser analizadas, develaron que habían contenido ácido sulfúrico, y así fue que dieron vuelta un macetón de fibrocemento del cual salieron un líquido viscoso y la cadenita de Sauan.

Por ese entonces, sin cuerpo no había delito, pero esos indicios sirvieron para condenar a Masciaro por privación ilegítima de la libertad seguida de muerte.

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El tráfico de órganos

En los meses que siguieron a la desaparición de Sergio Ávalos, se fueron sumando distintas teorías sobre lo que le había ocurrido al joven estudiante oriundo de Picún Leufú.

Una que caló hondo en don Asunción Ávalos fue la del tráfico de órganos.

La versión daba cuenta de que Sergio había sido seducido por una viuda negra dentro del local, quien se lo llevó para entregarlo a una organización dedicada al tráfico de órganos.

Por esos años, ya había algunos estudios que ponían esta tarea clandestina dentro de lo que se denominan mitos urbanos.

En Argentina, el mito se instaló a partir de la desaparición de la doctora Cecilia Giubileo en Colonia Montes de Oca, una clínica psiquiátrica ubicada en Torres, un pueblo cercano a Luján en Buenos Aires.

El caso de Giubileo tiene varias irregularidades similares al de Ávalos.

La noche del 16 de junio de 1985 fue la última vez que se la vio con vida a la doctora Giubileo. Esa noche, atendió a un par de pacientes y la vieron tres empleados. Todo fue muy sospechoso, porque dos médicos que tenían que hacer guardia faltaron y otra médica que estaba de guardia se fue sin avisar.

Giubileo quedó sola para atender las urgencias de la clínica y encima había quedado fuera de servicio el conmutador telefónico. La doctora estaba aislada en una noche brumosa y fría dentro de una colonia que tenía 12 pabellones y 1200 pacientes.

Alrededor de las 23:45, se fue a su dormitorio de la casa médica que había en el predio de 200 hectáreas. En la puerta estaba estacionado su Renault 6 blanco, al que justo esa tarde le había llenado el tanque.

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La mañana del 17 de junio, le golpearon la puerta de la habitación, pero no contestó, por lo que ingresaron y se encontraron con que solo estaba un par de zapatos de la doctora, del resto de sus cosas no había nada, salvo el auto que continuaba estacionado. Luego, la Policía descubriría que le habían vaciado el tanque.

En el único lugar donde la Policía no buscó a Giubileo fue dentro de una ciénaga de 20 hectáreas, porque no tenía fondos para drenarla.

De acuerdo con la investigación, lo último que Cecilia Giubileo le dijo a su familia fue: “Mamá, tengo que contarte algo terrible”.

El caso tuvo repercusión nacional y, al igual que en el de Ávalos, se barajaron todo tipo de hipótesis. La principal, que en la colonia morían los pacientes de ojos claros y se vendían sus córneas.

La instalación mediática del tráfico de órganos generó pánico. Luego, pululó bajo el relato del muchacho o muchacha que tras una noche de juerga amanecía en una bañadera llena de hielo y con un corte en la espalda porque le habían extraído un riñón o el hígado.

Lo cierto es que hubo distintos trabajos de investigación en los que se intentó dar con la persona que sufrió esa situación y nunca se pudo llegar a ella porque siempre era “el amigo de un amigo”.

El forense con el que dialogó LMN estuvo en las primeras ablaciones de órganos que se realizaron en la provincia y echó por tierra esta teoría en el caso Ávalos. “Es imposible. La fantasía del robo de órganos no deja de estar en ese lugar, el de la fantasía. Para poder hacer un trasplante, primero que nada necesitás compatibilidad entre donante y receptor. Además, una ablación necesita una cantidad de cuidados de parte de los médicos que es imposible que se realicen en forma clandestina”, confió el médico a este periodista.

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¿Por qué alimentaron esa teoría?

En el caso de Sergio Ávalos, esta hipótesis fue a la que se aferró don Asunción durante 15 años.

Cuando conocí a Asunción en 2008, me habló de esta teoría y, en 2013, cuando armé un especial por los 10 años de la desaparición, Asunción llegó a la redacción del diario con una bolsa de una casa de electrodomésticos en la que traía una notebook y una serie de artículos sobre el tráfico de órganos: “Estos me los dio el gobernador (Jorge Sapag) en una charla que tuvimos”.

¿Por qué Sapag, un político de un amplio conocimiento, alimentaría este mito urbano en don Ávalos?

Supongo que todos tienen una respuesta más o menos coincidente.

De hecho, cuando los abogados Sergio Heredia y Leandro Aparicio aceptaron tomar la querella del caso, lo primero que le dijeron a Asunción fue: “Que no viniera con la hipótesis del tráfico de órganos porque, si no, no tomábamos el caso. Esa es una teoría muy poco seria”.

A partir de la contundencia del letrado salteño Sergio Heredia fue que Asunción desechó esa suerte para su hijo y lentamente sospechó que lo habían querido mantener distraído con lo del tráfico de órganos, como cuando le financiaron el viaje a la triple frontera porque supuestamente a Sergio se lo habían llevado para hacerlo trabajar de mula.

Sergio Ávalos desapareció el 14 de junio de 2003 del boliche Las Palmas.
Sergio Ávalos desapareció el 14 de junio de 2003 del boliche Las Palmas.

La hipótesis forense

Finalmente, después de tantas charlas con mi fuente forense, sumamente confiable, le pregunté cuál era su teoría de lo que había pasado con Ávalos.

El experto indicó la que para él es la más lógica.

“Si Las Palmas tiraba parte de sus residuos en una chanchería de Confluencia, lo más lógico es que lo pudieran haber tirado ahí, porque los chanchos comen de todo”, confió el especialista.

A 20 años de la desaparición de Sergio Ávalos, su destino final es pura especulación. Lo único que se puede dar por cierto es que tanto para la familia como para la querella y la Justicia Federal, Sergio fue asesinado en Las Palmas y luego desaparecido, tarea para la cual actuó personal calificado.

Por eso mismo es que los querellantes avanzan con la redacción de la imputación del dueño y encargado de Las Palmas, como así también de todo el personal de ese entonces, comenzando por los de seguridad.

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