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Luis Cuadro se quedó solo en la calle a los 14 años y, entre los rebusques para sobrevivir, aprendió a coser pelotas de fútbol a mano. A los 52, cuando lo despidieron de la empresa en la que trabajaba, lo convirtió en su oficio y le puso tanta dedicación que le llueven los encargos. Lo llaman hasta de Zapala y Piedra del Águila.
A sus 60 años, Luis se convirtió en el "señor del fútbol", al que recurren los clubes de barrio y las familias que viajan kilómetros hasta su casa, en el barrio Progreso, para que les devuelva una sonrisa a sus hijos. Es tal la demanda que adaptó una sala para trabajar y llegó a tener 200 pelotas en reparación.
Él, humilde, se resiste a hacer reparaciones superficiales con máquina de coser, mantiene su técnica de parchado a mano y hasta le enseñó algunos trucos a un joven de Plottier, al que le deriva trabajos cuando está sobrepasado. "Mi filosofía es que el sol sale para todos", explicó, conmovido, en una entrevista con LMN.
A principios de 2020, en la primera etapa de la pandemia, a Luis le amputaron una pierna por su diabetes, pero no se desanimó y siguió adelante. Como siempre regala balones a los chicos que no pueden pagar, esa solidaridad volvió multiplicada y sus amigos de Afuven (Asociación de Fútbol Veteranos de Neuquén) hicieron una colecta para que se compre una prótesis, que hoy le permite caminar.
Hace poco, sacó el sofá-cama de la sala de trabajo y se instaló un sommier. Ese es su taller de costura, donde pasa todo el día, desde la mañana hasta casi medianoche, rodeado de pelotas de fútbol, rugby, vóleibol y básquet. Empezó a tramitar una pensión por su pierna, que quizás salga para fin de año, pero no piensa dejar el oficio.
Confió que quiere seguir "porque me gusta y es parte de mi vida; a veces estoy acostado y pienso que van a ven ir a buscar un fútbol a la tarde y, entre el sueño, me veo cómo voy a coser con las agujas".
Contó que nació en Mendoza pero se mudó de chico a Córdoba y aprendió la técnica "por un vecino". En 1976, a los 16 años, vino a Neuquén. Acá trabajó en todos los rubros hasta que, en 2003, ingresó como chofer en una empresa de alquiler de vehículos. Viajó por el país durante una década, hasta que reclamó por el pago y lo despidieron.
"Ahí empecé a arreglar el fútbol o me compraba un autito usado que arreglaba y lo vendía, hasta que me cortaron la pierna abajo de la rodilla y esto pasó a ser mi fuerte; primero venía la gente del barrio y después, a principios de año, lo publiqué en el Face y me empezaron a llamarme un montón, me hice conocido", relató.
Por estos días, le dieron 34 pelotas de Zapala para reparar, pero también recibe encargos con frecuencia de Cutral Co, Plottier y Cinco Saltos. Tiene como clientes a los clubes Maronese y Alta Barda y varias canchas de fútbol 5, aunque la demanda principal proviene de las familias que acuden a él para salvar un balón que un nene se resiste a descartar.
"El otro día, vino un señor de Cipolletti con una pelota que era pura tela arriba de la cámara, pero sentimentalmente valía mucho, que me dijo que la traía porque con esa jugaba su hijo de chiquito, hacía 30 años, así que la emparché y volvió a buscarla", detalló.
Agregó que también "hay muchas pelotas que se rompen en las rejas o las muerden los perros" y, hace poco, una semana después del Día del Niño, le llegaron varios pedidos por unos balones que se vendían baratos en un local y, en dos o tres jugadas, se pincharon o les aparecieron rajaduras.
Luis se volvió tan conocido que le llevan hasta inflables o piletas de goma para parchar, pero rechaza esos trabajos porque no tiene máquina de coser, hace todo a mano. El elemento más sofisticado de su taller es un motor de heladera con una manguera que usa como inflador, porque no le alcanza para comprar un compresor.
La vida de Luis nunca fue fácil, lleva sobre sus espaldas tantos parches como muchas de las pelotas que lo rodean. "Desde los 14 años que estoy solo, no tuve nunca ni padre ni madre, me crié en la calle y sé qué es lo malo y lo bueno; por eso sé que, si tengo mucho trabajo, es porque tengo muchos amigos",resaltó.
En pandemia, le tocó pasar por el COVID con 20 días de internación en el DUAM y lleva ocho años, desde que perdió el último empleo, en un laberinto de trámites para acceder a una pensión. Él no se desanima y resalta que tiene siempre a su familia que lo sostiene. Indicó que su esposa "es la pierna que me falta" y juntos criaron ocho hijos, "cuatro que están afuera y cuatro en el nido".
En las canchas, cuando compran pelotas nuevas, le dejan las reparadas y él las regala a las escuelitas de fútbol. También junta cámaras y arma para donar. Remarcó que lo hace porque se acuerda de su propia infancia, "porque hay chiquitos que no tienen ni para pagar un arreglo y a mí no me cuesta nada".