Ernesto Andenmatten lleva cuatro años como director del Centro Regional Patagonia Norte del INTA, que cubre las áreas de Neuquén y Río Negro. A través de las estaciones experimentales y las distintas delegaciones, el organismo nacional asesora desde el punto de vista tecnológico a los productores. En los últimos años, extendió sus acciones al desarrollo organizacional y social.
En diálogo con E&E, Andenmatten se refirió a la actual situación de la fruticultura. Dijo que es necesaria una ley de transparencia y sostuvo que es posible mejorar la productividad del sector, aunque señaló que es necesario que el mercado funcione y que haya financiamiento para que se pueda incorporar nueva tecnología a las chacras.
¿Cómo analiza el funcionamiento del INTA en la era K?
Tenemos claro que formamos parte de instituciones que tienen que hacer al desarrollo. Esto está marcado por ley. Pero no somos los que hacemos el desarrollo, eso va por los gobiernos nacional, provinciales y municipales. Tenemos que sumarnos a eso. Antes, la tecnología se relacionaba con lo duro, con el artefacto; ahora ampliamos la mirada a lo organizacional, lo social. De todas formas el INTA es un organismo descentralizado del Ministerio de Agricultura. Obviamente estamos dentro del gobierno. Dentro del comité directivo están las asociaciones agropecuarias, pero también está el poder político a través de la asignación del presidente.
Una de las patas más fuertes del modelo K fueron las retenciones al agro, que tuvo un salto cuantitativo y cualitativo muy importante. ¿Se acompañó eso con desarrollo tecnológico?
Sí, hay una visión de una agricultura que está cambiando permanentemente. El salto en la producción es enorme para la Argentina y, coincido, fue uno de los soportes del crecimiento acelerado que tuvo el país en los últimos años, todo en un contexto internacional favorable. Ese proceso fue acompañado desde el INTA, apuntando a la producción, por ejemplo, a través del desarrollo de maquinaria.
Pasando a la región, ¿cómo ve la realidad de la fruticultura en el Alto Valle?
En 2008, cuando empecé en este cargo, estaba terminado el ciclo positivo. Ahora vemos que hay problemas en el sector. Es un momento de cambios donde se registra un paquete de causas internacionales y también nacionales.
En el diagnóstico sobre la fruta se coincide en la pérdida de competitividad por los costos más altos y un tipo de cambio no favorable. A la hora de plantear respuestas se habla de corregir el valor del dólar, pero también aumentar la productividad. ¿Es posible eso último?
Sí, se puede aumentar y estamos discutiendo este tema. Esto va a tener que ir acompañado de la posibilidad real de los productores de acceder a tecnología y aplicaciones que hagan falta. Se necesita confianza, un horizonte más largo y crédito, una cantidad de cosas que permitan que una persona ponga mallas antigranizo o riego por aspersión por ejemplo. No son decisiones fáciles, tenemos también una gran variedad de productores. Estos son los elementos a tomar al momento de esa definición. Es necesario aumentar la búsqueda de la calidad de la fruta. Pero cualquiera de estas definiciones estarán dadas en un marco donde la actividad pueda desarrollarse. Ese es un trabajo que se tiene que dar en conjunto. Nosotros podemos dar un aporte desde lo tecnológico o lo organizacional. Hace pocos días, por ejemplo, estuvimos reunidos con gente de la Secretaría de Fruticultura de Río Negro para retomar temas como pautas tecnológicas. También trabajamos en los costos de referencia y en el balance anual de la temporada junto a la universidad. Son elementos que dieron pie a que se genere el observatorio de la pera y la manzana, por ejemplo, donde el aporte estuvo centrado en ese aspecto.
¿Qué opinión tiene del observatorio de precios?
Es inédito que cuatro ministerios trabajen detrás de esto. Con la llegada de fin de año, en medio de un período electoral, se finalizó el trabajo y no se retomó. Es un ámbito donde deberían empezar a dilucidarse respuestas. El tema cambiario atraviesa todo el país y eso es complejo, no se puede acomodar a una sola cadena.
¿Es necesaria una ley de transparencia?
Sí, porque un mercado perfecto debe ser transparente. Hay intereses y capacidades diferentes en cualquier cadena productiva. La ley de transparencia busca hacer más fácil la convivencia entre actores de tan distinta dimensión. Si eso se empieza a lograr a través de la intervención de Gobierno -ojalá que con el consenso general- obviamente vamos a estar mucho mejor. Puede generar miedo en algunos sectores por la pérdida de pequeñas o grandes ventajas, pero es necesaria.
¿Cómo ve las experiencias de recambio productivo con maíz o soja en la región?
Tenemos una larga experiencia en el tema de producción a través de otros cultivos. En el caso de la soja, no se ve en principio una rentabilidad acorde a los niveles actuales. La posición nuestra, por ejemplo, en el caso del convenio de Río Negro con China, fue muy clara. Se analizó, y desde el punto de vista técnico se le hicieron planteos al Gobierno y se le dijo que hay otras producciones más factibles con menos resistencia social. En un proceso bien elaborado, incluso podría llegarse a la producción de carne, que agrega mayor valor agregado.
La soja demanda poca mano de obra.
Sí, no se puede comparar con la fruta o las hortalizas, pero hay que ir con cuidado. Los procesos de buscar eficiencia y rentabilidad nos van llevando puesto a todos. La soja estará impactando poco en cantidad de mano obra ocupada, pero también impacta en otros sectores que seguramente demandan más. Obviamente buscamos que la mano de obra ligada a estas producciones sea genuina y no un refugio.
Retomando el convenio con China, más allá de la producción que se decida encarar, ¿cómo analiza ese modelo de puesta en valor de las tierras, con una fuerte presencia privada?
Cualquier modelo productivo siempre me va a interesar en tanto tenga consenso, sea sustentable y tenga el menor impacto ambiental posible. La cuestión de si es masivo o no es central: ¿queremos un campo manejado por cuatro personas o queremos un campo poblado? Esa es una decisión política clara. Nadie conocía bien el convenio con China y se barajaron múltiples versiones.
Este tipo de proyectos suele cargar con un legado del reparto de la tierra bastante desigual en la región.
Emprendimientos de este tipo hubo muchos, algunos exitosos en Alto Valle, con el IDEVI, o en Colonia 25 de mayo. El desarrollo vitivinícola de Neuquén, por ejemplo, está poniendo énfasis en pequeños productores. Los del Chañar fueron emprendimientos mayores que tuvieron impacto positivo. Ahora estamos acompañando el proceso de pequeños productores en el sector.
Teniendo en cuenta su formación forestal, ¿cómo ve la experiencia neuquina?
Corfone está llegando a la producción integrada. Es interesante que tenga continuidad, mientras otras provincias han comenzado y han frenado. Este es un sector que necesita una acumulación de 30 años y a partir de allí tiene su propia dinámica. Genera además mucha cantidad de mano de obra. Creo que va a ser explosivo lo que ocurre. Esto lleva un período largo donde no se ven resultados y 30 años más tarde empiezan a tener un resultado fabuloso y hay que tener las previsiones en ese sentido.