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Tradición Haltrich: una "dulce" familia arraigada en Neuquén

Fueron artísticas las tortas de su afamada confitería." Aroma de agua de azahar, chocolate y coco"

Les solicito a los Señores Concejales que le coloquen el nombre de Rolando Haltrich a algún espacio verde de nuestra naturaleza capitalina-plaza, plazoleta, costa- en donde él solía concurrir a pintar sus cuadros.

Don Rolando Haltrich nació el 15 de abril de 1910 en Bräd , Hungría, hoy Rumania; falleció el 26 de julio de 1980 . Era hijo de Gustavo Haltrich y de María Bajtos. Desde aquel lugar de la Transilvania, un país boscoso enclavado en el centro de Rumania y abrazado por los montes Cárpatos; sus hermanos Matilde y Helena. En ese lugar don Gustavo trabajaba con su esposa María: él creaba todo tipo de dulzuras y ella atendía en el mostrador.

Este oficio fue transmitido de generación en generación y traído a la Patagonia en la década del ’30. Llegaron luego de haber vivido los horrores de la Primera Guerra Mundial, la economía del continente se había complicado, y decidieron dejaron Europa.

En la Argentina se radicaron en Buenos Aires. Allí, don Gustavo trabajó en la confitería Jockey Club. Rolando era un niño de 11 años y disfrutaba de la ciudad, concurría a las funciones más baratas del teatro Colón y conocía un nuevo mundo.

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Confitería Haltrich, primera cuadra calle San Martín.

Posteriormente la familia se instaló en Bahía Blanca y transcurrido un tiempo recalaron en Neuquén. Era 1938, la capital provincial era un pueblo pequeño y polvoriento. Apenas llegaron, don Gustavo fue contratado por la panadería de Serrano.

Pero luego se independizó, y junto a su familia, desplegaron el arte de la confitería, repostería, panadería, decoración de tortas, etc. Tuvo como gran colaborador a un ciudadano checo don Pedro Zajag. Su primer local lo abrió en calle Láinez y luego se trasladó a la primera cuadra de San Martín. La especialidad de los Haltrich era la pastelería europea, también hacían unos exquisitos bombones y fueron grandes pasteleros.

Cuando falleció don Gustavo, su hijo Rolando continuó con la tarea. Disfrutaron padre e hijo trabajando y el joven Rolando atesoraba las recetas y secretos que luego tendría que poner en práctica. La confitería confitería era atendida por mujeres, mientras que los hombres estaban en la cocina.

Cada uno tenía su rol en esta empresa familiar y don Rolando hizo de este oficio un arte. En paralelo con las confituras desplegó una gran tarea como pintor de cuadros, en los cuales plasmó grandes paisajes neuquinos. Le gustaba la plástica, la música y era un gran lector, leía a Aristóteles a Platón.

Según el relato de su hija mayor Elena, cuando residió en Capital Federal, Rolando concurrió a talleres de arte y a la Escuela de Bellas Artes. En Bahía Blanca realizó cursos de dibujo y pintura. Además, manifestó que su padre fue un melómano con una cultura general muy sólida, que encontró en la plástica el lenguaje más apropiado para expresarse.

En la década del ’40 había formado su familia con María Borja, hija de José Borja y de Fermina Gómez. Los Borja tuvieron cinco hijos: María, Remedios, José (Pepe), Miguelito, que falleció de chiquito, y Victoria. Tenían un comercio en la calle San Martín y Jujuy.

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Torta Aniversario 75 años Neuquén capital.

Por razones de salud del señor Borja, se trasladaron a Punta Alta, que tenía un clima más benigno para él. Una de las hijas, Remedios, conoció a Manuel Morán en Bahía Blanca, se casaron y se mudaron a Neuquén e instalaron en calle San Martín 75. María vino a visitar a su hermana y así conoció a don Rolando Haltrich, que estaba emplazado en la confitería vecina, rápidamente se pusieron de novios y luego se casaron.

Rolando y María tuvieron cuatro hijos: Elena, Matilde, Teresa y Gustavo, y varios nietos. Elena tuvo a Marcos y Esteban; Matilde tiene a Federico, Juan y Emilia; Teresa tiene a Ana Valeria, Lara Mariana, María de las Mercedes, Cecilia Agustina. Gustavo tiene dos hijos, María Eugenia y Rolando.

"Fue un hombre íntegro y sensible que hacía magia con sus manos, laboriosas de las que salían rosas de mazapán, dibujos y diseños innovadores, sus célebres panes dulces, frutas confitadas y todas las exquisiteces. Era un creativo y un perfeccionista. Correcto y honesto, para él la palabra era un documento firmado", recordó su hija Teresa.

Don Rolando fue un ciudadano hacedor de vida sobria, digna y austera, participó en actividades sociales para perfilar la ciudad neuquina; impulsó con otros destacados vecinos la actividad en la Biblioteca Alberdi; fundó el Círculo de Ajedrez, formó parte de esos primeros plásticos neuquinos que pintaron la ciudad con su paleta de colores; donó al Municipio el óleo “Rancho de la familia Ríos”; también pintó el óleo de la Avenida Olascoaga. Cuando los hijos de Rolando eran pequeños su madre, María, se mudó a Neuquén.

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Torta 25 de mayo.

“El repostero pintor” lo llamaba Amaranto Suárez cuando veía pasar a don Rolando con todos sus pinceles y pinturas rumbo al río –calle Linares al fondo- a plasmar paisajes neuquinos en sus cuadros.

Su hija Teresa, continuó con el relato, acompañó a su padre, durante tres meses, a Europa; pero no pudo llegar a su pueblo; cuando llegaron a Budapest y los sometieron a un interrogatorio, les quitaron los pasaportes, no quiso seguir. Tuvo un shock”. Posteriormente viajarían.

Rolando, desde su exquisito oficio de pastelero hizo un canto de amor a la madre, a la quinceañera, a los novios y en los días patrios a la Argentinidad, plasmó su arte en su oficio. Realizó la Torta del 75º Aniversario de la ciudad con la réplica del Monolito Fundacional, pinto con chocolate la obra “Cabildo Abierto” para un 25 de mayo, todo en deliciosas y cuidadas tortas.

Teresita fue la continuadora de la obra de su abuelo y su padre, hoy lo hace su hija Agustina. Herederas de aquel aroma a agua de azahar, chocolate, y coco, crecieron entre esos exquisitos sabores, conocieron siempre la textura cálida del chocolate y la consistencia de una masa para cada tipo de factura. Teresita recordaba que antes se amasaba a mano, era trabajo de hombres. Hoy hay máquinas realizan el trabajo.

Este tipo de trabajo se fue transmitiendo de generación en generación. Primero fue su hermano que continuó con la confitería iniciada por don Rolando, pero posteriormente cerró el negocio y Teresa tomó la posta, la vida le fue abriendo los caminos. Uno de los colaboradores de su padre, Rodolfo Baeza, le enseño cuando comenzó con esta tarea legada.

“Usar la mejor materia prima, no escatimar en la cantidad y hacer todo con mucho, mucho amor"

Durante 25 años fue ama de casa, tuvo cuatro hijas: Valeria, Mariana, Mercedes y Agustina. Hasta que llegó un día en que una amiga la invitó a hacer un curso de bombones. Los primeros bombones los hizo cuando nació su primer nieto y fue tal la aceptación, que la gente le preguntaba por qué no vendía. Allí comenzó a gestarse la idea y comenzó a experimentar.

Ofreció bombones para regalar en el día de la Secretaria, de la Madre, todo artesanal y muy personalizada. Luego viajó a Barcelona para perfeccionarse y finalmente abrió la fábrica en la cocina de su casa.

Una gran sorpresa tuvo cuando vino gente de General Roca a comprar sus bombones, y eso se debe a que los abuelos de esos clientes compraban en la confitería de su papá. Teresa continuó con su actividad, donde creó y soñó. Una de sus hijas Agustina está hoy al frente de esta hermosa creatividad heredada de su abuelo y su madre.

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Torta 70 años Neuquén.

“Usar la mejor materia prima, no escatimar en la cantidad y hacer todo con mucho, mucho amor", ese es el secreto que Teresa repitió como receta de familia para lograr que la confitería esté en el mejor recuerdo de los neuquinos.

Afirmó con orgullo que la herencia de sus padres son los “valores de honestidad, la moral y la ética, el amor por el trabajo, la dedicación”, entre otros.

Los aromas que emana su cocina se expanden por la cuadra de su casa ubicada en Córdoba 348 de la capital neuquina, con producción limitada deben acercarse a solicitarlos. Su hija Agustina continúa con esa delicada labor.

La Primera cuadra calle San Martín

Los libros y revistas del siglo pasado siempre muestran una fotografía de esta cuadra hecha en la década del ’30: enfrente estaban las colonias ferroviarias (hoy Parque Central). Hoy siglo XXI apenas quedan recuerdos como el surtidor de nafta Wico Stándard en el frente.

Ésta es la historia de una familia de inmigrantes que, con su tesonera labor, continuada por sus hijos, le imprimió a la ciudad exquisitos momentos de historia.

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