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Un cura ahogado en el río en vísperas de un 9 de Julio

El hecho ocurrió cerca de Chos Malal en 1896. Un escritor misionero relató lo sucedido aquel día en un libro histórico.

Fue una tragedia inesperada que ocurrió en un minuto en las turbulentas aguas del río Neuquén. La muerte del padre Domingo Agosta, ocurrida el 8 de julio de 1896, generó un fuerte impacto en la comunidad de Chos Malal, que lo esperaba para celebrar el tedeum al día siguiente.

Fue un pequeño descuido cuando el caballo que lo cruzaba de costa a costa no alcanzó a poner las patas traseras en la orilla y el sacerdote cayó en medio de la correntada y el agua se lo llevó.

El misionero Raúl Entraigas, reconocido escritor de la historia patagónica, relató lo sucedido aquel trágico día en su libro Pinceles de fuego, donde cuenta con detalle parte del viaje que realizaron Agosta y el padre Gavotto a Chos Malal cuando los sorprendió la bravura del río.

“El 1° de junio de 1896, el padre Domingo Agosta había partido de Roca en compañía del P. Gavotto hacia Chos Malal, fortalecidos ambos con la bendición del patriarca de la Patagonia, monseñor Cagliero. Misionando sobre las riberas del río Agrio, llegaron el día 8 de julio a pocas leguas de la meta.

Los acompañaba un tal Pedro Zúñiga, muy conocedor de aquellos lugares. A las 4 del día 8 ya estaban en pie en Taquimilán, lugar situado a unas cinco leguas de Chos Malal. El buen padre Agosta, que iba destinado como superior de aquella misión, tenía premura por llegar, pues quería ensayar el tedeum que se cantaría el día siguiente, 9 de Julio. Por eso galopaba adelante. Y así fue el primero en llegar a una colina desde donde se divisaba Chos Malal. Fue entonces cuando, desatando sus juveniles entusiasmos, gritó a voz en cuello:

—¡Salud, Neuquén! Por fin vuelvo a verte, después de tanto tiempo.

¡Cuán lejos estaba de suponer que el río Neuquén lo esperaba con la tumba abierta! A las 7:25 entraban en el río. Primero entró el caballo del padre Gavotto, luego el de Zúñiga y por último el del padre Agosta. Cuando los cascos de las bestias comenzaban a chapotear el agua de la orilla, Zúñiga preguntó al P. Agosta:

—¿Se marea Ud., Padre?

—No sé —responde él muy tranquilamente—, porque he pasado muy pocas veces el río en esta forma.

Debido a la creciente, el río había socavado unos cuatro metros antes de llegar a la orilla opuesta, produciendo una zanja profunda. De modo que cuando llegaron a ese punto, los caballos perdieron pie y comenzaron a nadar. Como el P. Agosta llevaba el mejor caballo, nadó rápidamente y del último lugar pasó al primero. Y ya estaba por tocar la ribera cuando, poco práctico del manejo de la cabalgadura y preso de evidente nerviosidad, comenzó a tirar de las riendas. Entonces el P. Gavotto le gritó:

—Suelte las riendas, padre...

Pero él, con los ojos clavados en Zúñiga, parecía no entender. Al ver hundirse entre las aguas al P. Gavotto se había seguramente impresionado. Luego la corriente, el frío invernal, el viento que soplaba furiosamente acabaron por marearlo. El hecho fue que cuando el caballo tenía ya las patas delanteras sobre la barranca, el infortunado padre dio un tirón de riendas y el animal cayó hacia atrás, en lo más profundo de la vorágine. Al caer hacia atrás, el jinete fue despedido de la silla y arrebatado por la impetuosa correntada. A poco apareció unos metros más abajo. Zúñiga, que estaba ya en tierra firme, le arrojó un cabestro. El padre quiso asirse, pero no alcanzó. El buen hombre recogió rápidamente la soga y la enrolló para arrojarla de nuevo; pero no tuvo tiempo; ya el misionero se había sumergido. El P. Gavotto, entretanto, se debatía valientemente entre las ondas. Había nadado unos ciento cincuenta metros. Zúñiga, que lo vio, corrió hacia él y a la primera ocasión que apareció a flor de agua, le arrojó la soga diciéndole:

—¡ Agárrese, P. Gavotto!

Afortunadamente, el P. Gavotto logró asirse de la cuerda y fue levantado casi en vilo por el campesino. Estaba a salvo. En ese momento, ambos vieron que pasaba por el medio del río, arrastrado por la corriente, el pobre P. Agosta, haciendo gestos de angustia. Ambos siguieron con el alma en los labios la corriente traicionera. Lo vieron una vez más que aparecía sobre la superficie. Luego ya no lo pudieron ver más...

El P. Gavotto, con los ojos empañados por el llanto, dibujó sobre el río, que seguía murmurando, la señal de la santa cruz: la absolución postrera para el esforzado salesiano que por primero caía en el campo del trabajo”.

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