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Gastón Arcas Manestar, uno de los dueños del emblemático kiosco de Diagonal Alvear contó cómo vivió el estallido del 19 y 20 de diciembre del 2001. En la mañana del jueves 20 de diciembre se respiraba un aire denso en el corazón de Neuquén. La ciudad estaba sitiada por la policía, en constante estado de alerta, mientras una calma enrarecida se apoderaba de las calles desiertas.
Horas antes, el país había sido testigo un estallido social sin precedentes en Buenos Aires, luego de que el entonces presidente Fernando De La Rúa decretara el estado de sitio. Como un efecto en cadena, el caos iba a llegar. Lo que no se sabía era de qué manera se manifestaría.
El paisaje cerca de la periferia era distinto. El corte de las principales vías de comunicación ya no estaba a cargo de las fuerzas de seguridad, sino de hombres encapuchados que, con sus cubiertas en llamas, incrementaban el clima de desconcierto y tensión.
Entre el humo negro de las barricadas, Gastón fue abriéndose camino para ir a buscar a Rigo, un empleado que ese día no tuvo colectivo para llegar al icónico Kiosco Alvear, emplazado desde 1967 en la diagonal frente a la Municipalidad, de cara al Monumento a San Martín. A las 7 de la mañana, cuando llegaron a destino, junto a Dina -su mamá- se dispusieron a emprender una nueva jornada de trabajo que terminó durando muy poco.
"Unos siete u ocho pibes, que estaban quemando cubiertas frente a la municipalidad, se acercaron para decirnos que cerremos. Les expliqué que tenía que abrir para trabajar. A los dos minutos cayeron dos más y nos dijeron: 'Muchachos cierren porque no los podemos controlar ni nosotros '", recordó Gastón. No se habló más, con dos cubiertas en la puerta, no les quedaron otra opción que guardar todo rápido y bajar la persiana.
Luego de asegurar que Dina regrese a salvo a su casa, Gastón montó guardia con su compañero, resguardándose como pudo de la batalla campal. "Aunque no abrimos, nos quedamos todo el día. Después vendimos alguna que otra agua porque teníamos el freezer adentro", comentó antes de compartir detalles del espectáculo aterrador de todos contra todos que signó esa fecha.
"Cuando explotó el despelote, volaba de todo: gas, piedras. Muchas pegaban en la chapa del kiosco. Había policías frente al Hotel del Comahue y, como tomado parte del Hospital (Castro Rendón) arriba, revoleaban con gomeras, hierros y tuercas. ", dijo.
"Fue descomunal. Para que te des una idea, del carro de panchos que estaba acá en la esquina, entraban los pedazos de hierro por las ventanas del cuarto piso de la Municipalidad. Fue descomunal", recalcó, tratando de dar cuenta del catastrófico escenario del que fue testigo.
"Flipper lo destrozaron, junto a varios negocios", lamentó, haciendo alusión a la emblemática juguetería que sufrió saqueos y destrozos. "También había un foco donde se hacía la verificación técnica vehicular en Alderete y Córdoba, en el 9 de julio y San Martín", apuntó.
"Después, como me encanta hacer fotos salí a recorrer con la cámara .... Fue un desastre", exclamó con una risa tragicómica Gastón, que en ese momento era un joven intrépido de 26 años. "Había una camioneta que abastecía de gases a la policía en diferentes barrios y también estaban los vagos que traían mochilas con tornillos, tuercas, hierros del ocho y del diez cortados para tirarlos con las gomeras", precisó dando cuenta de la municiones con las que se abastecían en cada bando.
Al analizar el fenómeno, Marcos conjeturó que los disturbios en Neuquén -como en otros lugares-, lejos de ser espontáneos, estaban organizados. "Siempre hay un retraso con Buenos Aires, aunque hoy la propagación es mucho más rápida por la comunicación actual no es la del 2001", postuló.
"Acá siempre hubo manifestaciones, aunque no tan grande y despelotada como esa a nivel inseguridad. Esa fue distinta a las otras porque había mucha más violencia", remarcó al tiempo que subrayó que, después, solo volvió a presenciar un episodio semejante tras un superclásico entre Boca y River. "Esta esquina te da enseñanzas de todo tipo, después te acostumbras ...", reflexionó sin perder el humor.
La crisis del 2001 no solo dejó huellas en las persianas del kiosco, sino también a nivel económico. "Creo que fue el peor año de toda la historia del kiosco, excepto el 2020 en la que se paró todo por la pandemia. Y nos costó recuperarnos, fácil, unos ocho o nueve añitos", concluyó.